La sangre ansía respirar - Capítulo 13
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13: Capítulo 13 13: Capítulo 13 Fuego que forja destino El aire cálido del subsuelo se movía pesado entre los túneles iluminados por ríos de lava que corrían tranquilos, como arterias incandescentes del corazón de la tierra.
El rugido constante del volcán se sentía más como un suspiro que como una amenaza.
Todo ahí tenía un orden, una armonía primitiva que Zat, Rui, Kai y Toti apenas empezaban a comprender.
Habían pasado días desde su llegada, y aunque Etzel se mantenía cerca de Metzi y los ancianos, los demás muchachos se habían mezclado con la tribu.
Los cazadores y los artesanos no los trataban como forasteros, sino como aprendices, curiosos venidos de otro mundo.
Una mañana, Zat siguió a un grupo de jóvenes hacia una cámara amplia, donde el aire era espeso por el calor.
En el centro, un enorme yunque de piedra negra reposaba sobre un pedestal, rodeado por herramientas talladas en obsidiana.
Los artesanos golpeaban metal rojizo mientras cantaban una melodía rítmica, gutural, como si marcaran el pulso del volcán.
—¿Qué hacen?
—preguntó Zat, empapado en sudor.
Uno de los herreros levantó la vista.
Tenía los brazos tatuados con espirales y círculos que se movían al reflejo del fuego.
—El volcán habla —dijo—.
Nosotros solo seguimos su ritmo.
Aquí el fuego no destruye, crea y transforma.
Zat, fascinado, tomó una herramienta y empezó a imitar sus movimientos.
Pronto se le unió Toti, quien observaba cada detalle con esa curiosidad casi científica que lo caracterizaba.
Entre ambos, aprendieron a templar hojas finas, a unir piedra y metal con un arte que parecía ancestral.
—¿Cómo logran que no se quiebre el metal?
—preguntó Toti, viendo cómo la mujer herrera doblaba una hoja al rojo vivo.
—La lava es madre y juez —respondió ella—.
Si el fuego te acepta, la hoja vive.
Si no, se parte.
Zat sonrió, comprendiendo el simbolismo.
Aquel no era solo un acto de un forjador, era un ritual.
Cada arma representaba el vínculo entre los elementos y el espíritu del guerrero que la blandiría.
Mientras tanto, Rui y Kai exploraban un túnel lateral que llevaba a una caverna aún más profunda.
Allí, la lava se deslizaba por canales de piedra tallada, iluminando murales antiguos.
Las figuras mostraban seres mitad humanos, mitad animales: jaguares, serpientes y aves, danzando junto a los hombres.
—Parece que cuentan una historia —murmuró Kai, tocando los grabados con sus dedos.
Una anciana que los había seguido en silencio habló con voz suave: —Es la historia de los primeros guardianes.
Ellos escuchaban a la tierra.
No dominaban los elementos; convivían con ellos.
Cuando el hombre olvidó ese equilibrio, la tierra lloró fuego.
Rui la miró con atención.
—Entonces ustedes… ¿son descendientes de esos guardianes?
La anciana sonrió con una serenidad ancestral.
—Todos lo somos, aunque pocos lo recuerdan.
Ambos se miraron con respeto y silencio.
Había algo en ese lugar que hacía imposible la soberbia.
Todo vibraba con propósito.
Horas después, los cuatro amigos se reunieron en una galería donde los niños de la tribu practicaban con lanzas y arcos.
Kai, que había crecido cazando, tomó un arco para probar su tensión.
La cuerda era gruesa, hecha de fibra de raíz, y la punta de la flecha brillaba como cristal oscuro.
—No es madera común —comentó—.
Tiene vida.
Un cazador joven asintió.
—Las ramas provienen del árbol que bebe lava.
Solo florece una vez cada veinte lunas.
Si tomas su madera sin respeto, el árbol se apaga y mueres con él.
Kai tragó saliva.
—Entonces cazar con esto debe ser un honor.
—No cazamos por hambre —respondió el joven—.
Cazamos por equilibrio.
Si el bosque entrega una vida, otra debe renacer.
Zat observó en silencio; las palabras lo tocaron más de lo que quiso admitir.
Había vivido viendo el bosque como un recurso, no como un ser vivo.
Ahora, en aquel mundo bajo la tierra, empezaba a entender lo que Etzel siempre decía sobre “escuchar la voz de los árboles”.
Toti se acercó a un grupo de mujeres que trabajaban con minerales y polvo de roca, creando pigmentos que servían tanto para pintura como para medicina.
Una de ellas, con el rostro cubierto de puntos de carbón, le mostró cómo mezclaban los polvos con agua de lava enfriada.
—Cada color tiene un propósito —explicó ella—.
El rojo cura el cuerpo, el azul calma el espíritu, el negro protege el alma.
Toti tomó nota mental de todo, maravillado.
—Ustedes han encontrado un modo de vivir sin destruir lo que los rodea —dijo en voz baja.
—La tierra no pertenece a nadie —respondió la mujer—.
Nosotros pertenecemos a ella.
En esa frase, Toti sintió un eco profundo, una verdad que lo hizo mirar al suelo con humildad.
Cuando la noche —o lo que ellos llamaban noche— llegó, las luces del volcán titilaron más intensas.
El aire vibraba con un zumbido casi imperceptible.
Los miembros de la tribu se reunieron en un anfiteatro natural, y los visitantes fueron invitados a sentarse entre ellos.
Los ancianos comenzaron a cantar.
Las voces eran graves, como el rugido de la tierra antes de un temblor.
En el centro, una danza se desplegó: hombres y mujeres moviéndose al compás del tambor hecho de piel de venado y madera de cortez blanco.
Rui susurró: —Parece una ofrenda.
Kai, con los ojos fijos en el fuego, respondió: —No, parece gratitud.
Los danzantes levantaron las manos, y de entre el público surgieron destellos de polvo brillante: ceniza mezclada con mineral dorado, que caía como lluvia sobre todos.
Toti sorprendido lo tocó y sintió una energía recorrerle los dedos.
Entonces uno de los ancianos habló: —El fuego forja, pero también revela.
Lo que ustedes buscan no está en la superficie.
Está en su espíritu.
El volcán les mostrará si son dignos de portar el equilibrio.
Zat bajó la mirada.
—¿Y si no lo somos?
El anciano sonrió.
—Entonces el fuego los moldeará hasta que lo sean.
El silencio cayó sobre ellos como un manto.
Ninguno supo qué responder.
Cada uno, en su interior, comprendía que aquel viaje no era solo una aventura: era una purificación y revelación.
Al retirarse a descansar en las cuevas asignadas, los cuatro permanecieron un rato despiertos, observando el resplandor del magma filtrarse entre las grietas.
—¿Te diste cuenta?
—dijo Rui—.
No usan el sol como tiempo, no tienen calendarios.
Se guían por el pulso de la tierra.
—Y sin embargo, viven mejor que nosotros —añadió Toti.
Kai suspiró.
—Etzel tenía razón… el equilibrio no se impone, se aprende.
Zat miró las brasas, pensativo.
—Quizás este lugar sea el comienzo.
Tal vez de aquí salga la respuesta que necesitamos para salvar lo que queda del mundo.
El volcán rugió suavemente, como si respondiera a sus palabras.
Y en ese instante, una chispa se elevó del magma y flotó frente a ellos antes de apagarse en el aire.
Rui sonrió.
—Tal vez nos escuchó.
Y aunque nadie lo dijo en voz alta, todos sintieron lo mismo: la tierra, de algún modo, les estaba hablando y les estaba enseñando con tiempo acerca de como vivir en equilibrio con ella misma.
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