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La sangre ansía respirar - Capítulo 14

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14: Capítulo 14 14: Capítulo 14 El eco del fuego La ciudad se erguía como una joya tallada entre montañas y ríos domesticados.

Desde lejos parecía un cuerpo vivo: terrazas escalonadas, columnas con relieves que mostraban grandiosos árboles, canales que llevaban agua a los huertos elevados, y una red de torres donde el aire resonaba con tambores metálicos.

Era una civilización avanzada, de mentes calculadoras y manos maestras en ingeniería.

Allí, la antigua sabiduría mesoamericana —la de los calendarios, las estrellas y los metales— se había unido con el orden de una sociedad rigurosa.

Todo parecía funcionar con precisión, todo tenía su sitio… salvo Itzel.

A ella la trajeron envuelta en humo y ceniza.

Su tribu había sido quemada por un grupo de guerreros que, mientras cazaban venados, toparon con su pueblo.

Eran hombres de otra región, curtidos por la guerra y el saqueo, que vieron en aquella comunidad pacífica una oportunidad para imponer dominio.

Las casas ardieron rápido; los tambores, el espíritu y los cantos se ahogaron entre el fuego.

Itzel, que ya estaba enferma, cayó en un sueño profundo, un coma silencioso que la apartó del horror.

Sus abuelos, protectores incansables, no se apartaron de su lado.

La envolvieron con mantas sagradas, oraron sobre su cuerpo y resistieron todo lo que pudieron.

Cuando los invasores irrumpieron y los vieron aferrados a la joven con tanto ímpetu, supusieron que era alguien importante, quizá una princesa, una elegida o una curandera valiosa.

Por eso la tomaron.

No como prisionera común, sino como trofeo.

Cuando despertó, la guerra había pasado y su mundo había desaparecido.

Se encontraba en un palacio de piedra blanca, con ventanas amplias y una claridad que dolía.

No entendía las voces, los rostros ni los símbolos.

Todo olía distinto: el incienso, las telas, el metal, el aire mismo.

El líder de aquella civilización —un hombre envejecido, de rostro firme y mirada estratégica— decidió que la joven sería entregada a su hijo, Ekbalán, el heredero del trono.

Lo hizo movido por superstición y cálculo político: si aquella mujer era valiosa, su unión con el futuro gobernante traería buen augurio; si no lo era, al menos serviría de símbolo de dominio sobre los pueblos sometidos.

Así, sin consultarle, la prometieron.

Desde ese día, Itzel vivió entre el fuego y la piedra.

Su tarea era servir en la casa de Ekbalán, preparar los alimentos, limpiar los altares, cuidar las ofrendas y servir la mesa del heredero.

Nadie hablaba de su origen; sólo la vieja del altar de más de 100 amaneceres —la consejera más anciana de la ciudad— murmuraba que Itzel “cumplía un presagio”, que traía la sombra doble y que su destino estaba ligado al del joven guerrero.

Esa creencia se expandió rápido, como una raíz oculta entre los muros.

Ekbalán era todo lo que su pueblo admiraba: fuerte, disciplinado, el mejor en combate y en estrategia, y además poseía una belleza que despertaba admiración y deseo entre las mujeres de su civilización.

Su figura era símbolo de equilibrio entre la mente y el cuerpo, y su sola presencia imponía respeto.

Pero cuando Itzel llegó, algo en él se quebró en silencio.

No le habló.

Desde el primer día, cuando la vio arrodillada sirviéndole la bebida, el guerrero se quedó inmóvil.

Su belleza era diferente: no era arrogante ni ostentosa, sino una calma que desarmaba y lo conmovía.

Había algo en sus ojos —una sombra antigua, una tristeza sin nombre— que lo perturbó.

Por eso evitó dirigirle palabra.

Venía, comía, y se marchaba apenas ella terminaba de servir.

No hacía falta más.

Era su forma de defenderse de lo que no entendía.

Itzel lo observaba con la distancia de quien está aprendiendo a moverse entre fieras.

Sabía que no podía provocar, pero tampoco desaparecer.

Cada día analizaba los gestos, las rutas de los vigías, los sonidos del palacio.

No tenía prisa, sólo propósito.

Su mente, aunque en apariencia sumisa, trabajaba en silencio: registraba cada horario, cada cambio de guardia, cada grieta en las rutinas.

Era paciente; la libertad exige memoria.

En la cocina, el aire se llenaba de humo y voces.

Las otras sirvientas hablaban de Ekbalán como si fuera un mito, un líder de admiración.

Decían que entrenaba con lanzas de jade y que su espada tenía el filo de los rayos.

Itzel sólo escuchaba y callaba.

Dentro de ella ardía otro fuego, un recuerdo constante: el de su hermano gemelo, Etzel.

No sabía si había sobrevivido a la invasión.

Recordaba su rostro ennegrecido por el humo, sus manos intentando arrastrarla lejos de las llamas antes de que su cuerpo cediera al desmayo.

Pensaba en él cada noche, en su risa cuando eran niños, en cómo trepaban juntos a los árboles para ver las estrellas.

Sentía en su pecho una conexión invisible, como si algo dentro de ella aún le susurrara que él vivía, que respiraba en algún lugar del mundo.

Esa esperanza era su refugio.

Mientras tanto, Ekbalán observaba a Itzel sin atreverse a cruzar el umbral del silencio.

No era frialdad lo que lo detenía, sino el desconcierto.

Nunca había visto a alguien mirar con tanta serenidad a pesar del encierro.

Ella no pedía compasión ni obedecía con servilismo.

Cumplía, sí, pero con dignidad.

Había en ella una presencia que lo hacía dudar del destino impuesto por su padre.

A veces, después de las prácticas de combate, se acercaba a la cocina con el torso aún cubierto de polvo y la respiración agitada.

Se sentaba en silencio mientras ella servía.

Ella bajaba la mirada, pero podía sentirlo, como si el aire se espesara alrededor.

Luego, cuando él se marchaba, dejaba tras de sí un olor a piedra caliente y madera.

Nunca una palabra.

La anciana del altar lo veía todo con ojos de serpiente vieja.

“El fuego y el agua no se hablan”, decía a veces, “pero juntos hacen nacer la niebla.” Y tenía razón.

Entre Itzel y Ekbalán crecía algo que ninguno comprendía: una mezcla de atracción, respeto y temor.

Itzel, sin embargo, no se permitía distracciones.

Su mente seguía analizando.

Sabía que la edificación tenía tres salidas: la principal, vigilada día y noche; la lateral, que usaban los comerciantes; y la trasera, junto al almacén de granos, custodiada sólo por un par de guardias cansados.

Más allá, un corredor llevaba a la torre del agua, donde las sombras eran más densas.

Si lograba llegar hasta allí, podría descender por la ladera durante la niebla nocturna.

Cada día, mientras limpiaba o cocinaba, repetía mentalmente los pasos que debería dar para escapar.

Pero el destino rara vez sigue planes.

Una noche de luna azul, el palacio celebró el Rito del Primer Maíz, una festividad donde el pueblo agradecía a los espíritus por la cosecha.

Hubo tambores, danzas, atoles fermentados y fuego en los patios.

Todos estaban distraídos.

Itzel, desde la cocina, sintió el momento propicio.

Guardó una cuerda del almacén y esperó.

Sin embargo, cuando iba a salir, lo vio.

Ekbalán estaba de pie en el patio, bajo la luz de la luna, sin su armadura.

Vestía solo una túnica sencilla.

Miraba el cielo con expresión ausente, como si escuchara voces antiguas.

Ella se detuvo.

Su cuerpo tembló.

Él giró apenas el rostro, como si hubiera sentido su presencia.

Por primera vez, sus miradas se encontraron.

No hubo palabras, ni gestos, ni movimiento.

Pero en esos segundos se dijeron más que en cualquier conversación.

Itzel sintió que el silencio pesaba más que una cadena.

Ekbalán bajó la vista primero, como si comprendiera que ella no pertenecía a ese lugar, y se alejó.

No la detuvo.

Itzel se quedó inmóvil, respirando el aire tibio de la noche.

En su mente, el rostro de su hermano brilló entre las sombras, como un faro.

“Espera por mí”, susurró para sí misma.

Volvió a su rincón, apretando entre los dedos la cuerda que sería su llave de escape.

No huiría esa noche.

Aún no.

Primero debía entender qué era lo que Ekbalán escondía tras su silencio.

Había en su mirada algo más que orgullo, más que desdén: una duda que podía volverse su aliada.

Mientras el fuego de las antorchas iluminaba los muros tallados con los espíritus del tiempo, Itzel comprendió que su destino ya no dependía de los presagios de una anciana ni de la decisión de un líder supremo.

Era suyo.

Y aunque el pasado ardía todavía en su memoria —las llamas devorando su hogar, el eco de los gritos, el cuerpo de Etzel desapareciendo entre el humo—, en ese instante sintió una chispa distinta: la certeza de que, incluso en la prisión más dorada, podía nacer un plan, una venganza o una esperanza.

Itzel levantó la vista hacia la torre de agua, la misma que pensaba escalar.

El viento nocturno le llevó el olor del maíz y la piedra mojada.

“Pronto”, se dijo.

Y en el silencio que siguió al canto de los últimos tambores, juró que cuando escapara, lo haría no solo por ella, sino también por su hermano y por la tierra que ardió junto a su nombre y su familia.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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