La sangre ansía respirar - Capítulo 15
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15: Capítulo 15 15: Capítulo 15 El rostro del agua El amanecer se filtraba en tonos dorados por los ventanales altos del palacio.
Los relieves tallados en piedra se volvían ríos de luz que se movían lentos sobre los muros, y los sonidos de la ciudad empezaban a crecer más allá: martillos, ruedas, pasos, campanas que marcaban el inicio de las labores.
Itzel, inclinada sobre los cántaros de agua, lavaba con gesto distraído.
Desde hacía días, sentía que algo había cambiado.
El silencio de Ekbalán, antes tan distante, se había vuelto otra cosa: más atento, más tenso, más lleno de preguntas que ella podía percibir sin oírlas.
La cuerda que había escondido seguía bajo su estera, junto a un pequeño pedazo de tela quemada que había guardado como recuerdo de su hermano.
Cada noche la tocaba para recordar quién era.
Cada mañana, cuando salía el sol, volvía a ponerse la máscara del deber.
A esa hora, el aire aún olía a piedra fría.
Se escuchaban los ecos de los pasos de los guerreros en el patio, el roce del metal de las lanzas, el murmullo de las cocineras preparando los alimentos para los líderes.
Ella seguía su rutina, sin imaginar que ese día la vida le daría un vuelco.
Cuando sintió la sombra a sus espaldas, supo quién era.
Ekbalán no necesitaba anunciarse; su sola presencia tenía peso.
Se giró lentamente.
El heredero estaba frente a ella, con el cabello recogido en una trenza alta, sin armadura, solo una túnica clara que dejaba ver la forma poderosa de sus hombros.
Sus ojos oscuros la observaban con una intensidad que la hizo retroceder un paso.
El aire se volvió más denso entre ambos.
—Itzel —dijo por primera vez su nombre.
Su voz era grave, serena, pero había algo más detrás, una corriente oculta.
Ella alzó apenas la vista.
No respondió.
Él dio un paso más, hasta quedar tan cerca que podía sentir su respiración.
—He notado —continuó él— que miras mucho los muros, las puertas, los pasillos…
—Sus ojos se estrecharon apenas, analíticos—.
Como quien mide distancias.
Como quien planea.
Su tono no era de acusación, pero tampoco de simple curiosidad.
Era una pregunta escondida entre palabras.
Itzel tragó saliva.
Sintió el pulso subirle a la garganta.
—Yo…
—balbuceó, buscando una excusa que no delatara su propósito.
Entonces él extendió la mano y la sujetó suavemente del brazo.
Fue un toque firme, controlado, pero que a ella le atravesó el cuerpo como un rayo.
Era la primera vez que la tocaba.
—Dime la verdad —susurró Ekbalán—.
¿Qué piensas hacer?
El silencio se volvió espeso.
El ruido del agua y de los trabajadores se desvaneció, como si el mundo entero aguardara su respuesta.
Itzel lo miró a los ojos, tratando de leer si había ira o simplemente duda.
Lo único que vio fue intensidad.
—Solo…
—dijo al fin— solo quiero ver la ciudad.
Él la miró, sin soltarla.
—¿Verla?
—Sí.
—Su voz recuperó un hilo de calma—.
Nunca había visto algo así.
Las torres, los canales, los templos…
todo es distinto a mi hogar.
Quisiera conocerlo.
No era una mentira total, pero tampoco la verdad completa.
Ekbalán la soltó despacio, sin apartar la mirada.
Algo en ella lo desconcertaba: su voz no temblaba como la de una esclava.
Había en su forma de hablar una dignidad natural, algo que no provenía del miedo sino de la certeza.
—¿Quieres ver la ciudad?
—repitió él, más para sí que para ella.
Itzel asintió apenas.
Un largo silencio siguió, interrumpido solo por el canto de un ave que se posó en el dintel.
Finalmente, Ekbalán sonrió, con esa calma que precede a una decisión.
—Entonces la verás —dijo—.
Pero iré contigo.
Ella se quedó inmóvil, incapaz de comprender del todo si era una concesión o una vigilancia.
—¿Conmigo?
—preguntó, desconcertada.
—No permitiré que salgas sola.
No sería digno.
Si vas a conocer la ciudad…
será bajo mi guía.
—La seriedad en su voz no admitía réplica.
Sin decir más, Ekbalán la condujo a través del corredor hasta los aposentos donde se guardaban las vestimentas de lino y algodón fino.
Mandó traer una túnica blanca bordada con hilos azules, y un manto de algodón suave que caía como agua.
—Póntela —le dijo—.
No puedes salir así.
Ella miró la prenda con asombro.
Nunca había tocado una tela tan ligera, tan perfectamente tejida.
—No me pertenece…
—susurró.
—Hoy sí, como mi futura compañera —respondió él, y se volvió hacia la ventana mientras ella se cambiaba detrás de un biombo de madera tallada.
Cuando salió, el sol caía sobre su piel con un brillo nuevo.
El blanco de la túnica resaltaba la tonalidad dorada de su rostro, y sus ojos, grandes y oscuros, parecían absorber toda la luz.
Ekbalán la miró y por un instante olvidó que era su compañera impuesta.
Era simplemente una presencia que lo inquietaba.
—Ven —dijo, recuperando su tono de mando—.
No tenemos mucho tiempo antes de que el mercado se llene.
Caminaron juntos por los amplios corredores del palacio.
Los sirvientes se detenían a su paso, inclinándose.
Nadie se atrevía a comentar que el heredero salía acompañado de la joven forastera.
Atravesaron los pórticos de piedra, bajaron por una escalinata monumental y salieron al corazón de la ciudad.
El mundo que se desplegó ante los ojos de Itzel era una sinfonía de maravillas.
Calles pavimentadas con piedra lisa; canales de agua que corrían entre las avenidas, reflejando el cielo; puentes curvos y terrazas donde crecían jardines flotantes.
Sobre las azoteas, ruedas de madera giraban lentamente, movidas por corrientes de aire que captaban el agua del rocío matinal.
Había torres con espejos de obsidiana que capturaban la luz del sol y la dirigían hacia los templos, y sistemas de acueductos que transportaban el agua desde montañas distantes hasta los barrios bajos.
Itzel se detuvo a cada paso, maravillada.
—Es…
imposible —susurró.
—Nada es imposible si se aprende a escuchar a la tierra —dijo Ekbalán.
—En mi hogar —replicó ella— el agua bajaba por los ríos.
Aquí…
la hacen subir al cielo.
Él sonrió apenas.
—Así somos.
No nos conformamos con lo que la tierra da.
Le pedimos más.
Mientras caminaban, el murmullo de la ciudad los rodeaba.
Mujeres con vestidos de colores vendían flores y granos, niños corrían detrás de pequeños carros de madera, los guerreros se entrenaban en patios donde el sonido de los golpes resonaba como un tambor ritual.
Itzel sentía que estaba dentro de un sueño, uno que la asombraba y la entristecía a la vez.
“Todo lo que mi pueblo podría haber sido…
si no hubiera ardido.” Se detuvo junto a un canal donde el agua corría transparente sobre una estructura de piedra pulida.
Pequeños conductos se ramificaban como venas, y cada casa tenía su propio depósito.
—¿Cómo logran que el agua llegue hasta aquí?
—preguntó, con genuina fascinación.
—Por los respiraderos de las montañas —explicó Ekbalán—.
Nuestros ingenieros las abren y las sellan con piedras talladas.
Cuando el agua del deshielo desciende, se canaliza y se almacena.
Luego usamos presión y poleas.
—Sus ojos se iluminaron al explicarlo.
—Como si el corazón de la tierra latiera y ustedes aprendieran a escuchar su pulso —murmuró Itzel.
Él la miró sorprendido.
Nadie en su círculo hablaba así.
Nadie entendía el mundo con esa mezcla de poesía y lógica.
Caminaron un largo rato.
Pasaron por el mercado de los metales, donde los artesanos moldeaban el bronce con precisión matemática; por la plaza de los escribas, donde jóvenes registraban los tributos en tablas de arcilla; y por los jardines de los ancianos, donde el aire olía a flores de cacao y humo.
Itzel miraba todo con la expresión de quien ve por primera vez el mar.
Ekbalán, a su vez, la miraba a ella.
No entendía cómo alguien que había perdido todo podía mirar con tanta vida.
Cada vez que se detenía para tocar una piedra, o para observar el vuelo de un pájaro sobre las torres, él sentía una punzada en el pecho.
Ella le devolvía significado a lo que él había dado por sentado.
—¿Siempre fuiste así?
—preguntó de pronto.
—¿Así cómo?
—replicó ella sin dejar de mirar un mural que representaba las estaciones del año.
—Capaz de ver belleza en todo.
Itzel lo miró y sonrió apenas.
—Cuando uno pierde un mundo, aprende a ver con más cuidado el siguiente.
Esa respuesta lo dejó sin palabras.
Siguieron caminando hasta llegar a la Plaza de los Espejos, donde una gran fuente reflejaba el cielo entero.
Era el punto más alto de la ciudad.
Desde allí, Itzel pudo ver las murallas, los campos de cultivo, los caminos que se perdían hacia los valles.
El viento movía su túnica y le despeinaba el cabello.
Por un instante, Ekbalán pensó que nunca había visto algo tan puro.
Ella se inclinó sobre el borde del agua y vio su reflejo.
El rostro que le devolvió la mirada no era el de una sierva ni el de una prometida: era el de alguien que comenzaba a despertar.
Ekbalán la observó en silencio, y comprendió algo que no había querido aceptar: no podía seguir viéndola solo como parte de un destino impuesto.
Era una vida aparte, una fuerza en sí misma.
—Itzel —dijo suavemente—, ¿piensas en tu hogar?
Ella asintió.
—Siempre.
—¿Por qué no hablas de él?
—Porque aún duele.
Él bajó la vista.
—Dicen que fuiste encontrada entre las cenizas.
—Así fue.
—¿Y no odias a quienes te trajeron?
Ella tardó en responder.
—Odiar consume.
Prefiero esperar…
y entender.
Ekbalán la miró con un respeto que no sabía cómo disimular.
Caminó hacia ella y se detuvo a su lado, observando el reflejo de ambos en el agua.
—Tal vez el presagio de la anciana no hablaba de poder ni de dominio —dijo él al fin—, sino de algo distinto.
—¿De qué?
—De cambio.
—Sus ojos se encontraron—.
Y el cambio puede venir incluso de una sola persona.
El viento sopló, deshaciendo los reflejos en la fuente.
El sonido de las campanas del templo mayor los devolvió al presente: era hora del mediodía, y debían regresar antes de que el consejo notara su ausencia.
De regreso, Itzel caminaba en silencio, guardando cada imagen como un tesoro.
No era una fuga, pero era lo más cerca que había estado de la libertad desde su captura.
Ekbalán, por su parte, no dejó de mirarla de reojo.
La curiosidad que lo había llevado a acompañarla se transformaba lentamente en otra cosa: en una admiración silenciosa, en un deseo de comprenderla.
Cuando cruzaron de nuevo las puertas del palacio, el sol caía en ángulo, tiñendo todo de rojo.
Antes de despedirse, Ekbalán se detuvo.
—Itzel —dijo—, mañana te mostraré los jardines del norte.
Allí el agua canta diferente.
Ella asintió, sin saber si era una orden o una promesa.
Y mientras lo veía alejarse, comprendió que algo en él también había empezado a despertar.
El destino que los había unido seguía siendo incierto, pero el aire entre ambos ya no era el mismo.
En su pecho, Itzel sintió por primera vez desde la quema de su hogar una chispa de paz, un respiro… como si el viento del mundo antiguo le susurrara que no todo estaba perdido.
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