La sangre ansía respirar - Capítulo 16
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16: Capítulo 16 16: Capítulo 16 El Puente De La Sombra La luna colgaba baja, como un espejo blanco sobre el palacio, bañando los muros de piedra en un resplandor fantasmal.
Itzel se encontraba de pie junto a la torre del agua, la cuerda que había guardado durante semanas colgando de su cintura.
Cada fibra de aquel hilo parecía vibrar con la urgencia de su corazón.
Había observado los movimientos de los guardias durante días, había memorizado cada paso, cada cambio de turno, cada ángulo de las murallas.
Y ahora, la oportunidad estaba frente a ella.
Ekbalán apareció en silencio a su lado, la túnica ligera moviéndose apenas con la brisa nocturna.
Su mirada era intensa, cargada de algo más que curiosidad o respeto: era un dolor contenido, un anhelo de retener algo que sabía que debía dejar ir.
—No sabía si… —comenzó, y se detuvo, buscando la palabra correcta— que esto es lo que quieres.
Itzel no giró.
Su respiración era controlada, el pulso acelerado.
Su voz, firme pero suave, apenas rompió el silencio.
—No tienes que decir nada.
Pero… para mí es la única manera.
Ekbalán asintió lentamente.
Sus ojos brillaban con una luz que la noche no podía apagar.
Extendió la mano y, con un gesto silencioso, le entregó un pequeño colgante de obsidiana.
—Para que recuerdes… que no todos los vínculos son cadenas.
Recuérdame, por favor…
Itzel lo tomó con reverencia.
Sabía que, en su corazón, Ekbalán no la veía como una prisionera, sino como alguien que debía elegir su destino.
Y por primera vez, ella sintió que él comprendía la profundidad de su dolor, el vacío que la invasión y la pérdida de su hogar habían dejado en su alma.
—Gracias —susurró, y por un instante, ambos compartieron un silencio nostálgico que hablaba más que cualquier palabra.
Ekbalán respiró hondo y bajó la voz.
—El puente de la sombra… es el único camino.
Después de eso, los valles y el bosque de los guardianes estarán a tu alcance.
Pero… debes ser cautelosa.
Itzel asintió.
Recordó las historias de los ancianos, los bosques que recorrió con Etzel y los primeros guardianes que convivían con la tierra y escuchaban sus ritmos, y comprendió que su viaje no solo era físico, sino también espiritual.
—Lo sé —dijo—.
He escuchado la tierra y he aprendido de sus silencios.
Ahora debo seguir su voz.
Ekbalán se acercó un paso más, lo suficiente para que ella sintiera el calor de su presencia.
Sus dedos rozaron los de ella y rozó su rostro con sus dedos sin querer asustarla, Itzel lo miró al soltar la cuerda que colgaba sobre la baranda de la torre.
Por un instante, todo pareció detenerse: la ciudad, los tambores lejanos, el brillo del agua en los canales.
—Te miraré ir —dijo Ekbalán con voz temblorosa, pero controlada—, pero no volveré a detenerte.
Debes ser libre.
Itzel lo miró.
Podía ver la tristeza que intentaba ocultar tras la compostura, la nostalgia de alguien que dejaba ir lo que más deseaba retener.
Por primera vez, Ekbalán no era un heredero distante; era un hombre capaz de sentir pérdida.
—Prometo que nos volveremos a ver —dijo ella, y aunque la frase no era literal, llevaba consigo la certeza de que no olvidaría a aquellos que la habían mostrado compasión, aunque fuera en circunstancias imposibles.
Sin más, comenzó a descender por la cuerda.
El corazón le latía con fuerza, el pulso de la tierra parecía acompañarla, recordándole cada lección de los guardianes, cada ritual de fuego que había presenciado en las profundidades del volcán.
Las sombras de los muros la envolvieron como un manto protector mientras avanzaba con cautela hacia el puente que Ekbalán le había señalado.
Desde la torre, él la observaba.
Cada movimiento suyo estaba marcado por precisión y decisión.
Cada paso firme de Itzel era un recordatorio de que la libertad podía tener precio, pero también recompensa.
Sus ojos se humedecieron ligeramente, y por un instante recordó lo que había visto en su propia ciudad, en los jardines de la infancia, antes de que la vida lo convirtiera en heredero: la belleza pura que no podía poseer, solo admirar y verla huir.
Itzel llegó al puente de la sombra, un estrecho pasadizo suspendido sobre el río que brillaba bajo la luna como plata líquida.
Cada tablón de madera parecía viejo, pero fuerte; cada sombra de los pilares parecía un guardián silencioso.
Ella respiró profundo y avanzó.
Mientras caminaba, un recuerdo invadió su mente: el rostro de Etzel, su gemelo.
Su risa entre los árboles, sus manos tirando de las suyas para trepar más alto, sus gritos de emoción al descubrir el cielo nocturno lleno de estrellas.
La imagen la hizo vacilar por un instante.
—Etzel… —susurró en la brisa—, espera por mí.
La memoria se mezcló con el presente.
Sintió la fuerza de su hermano en cada paso, la determinación que lo caracterizaba en su juventud, su curiosidad sin miedo y su capacidad de asombro.
Todo eso se convirtió en un motor que la impulsó hacia adelante, sin mirar atrás.
De pronto, un crujido leve resonó sobre el puente.
Itzel contuvo la respiración.
Sus sentidos, agudizados por los días de cautiverio y observación, le permitieron distinguir el sonido de un guardia que pasaba cerca.
Se ocultó detrás de un pilar, el corazón golpeando en su pecho como un tambor de guerra.
“Paciencia”, pensó.
“Cada movimiento cuenta.” Cuando el peligro pasó, retomó el camino.
Los últimos metros la separaban de la ladera que descendía hacia el bosque.
Allí, la niebla nocturna cubría los senderos como un manto protector.
Su túnica blanca se movía suavemente con el viento, reflejando la luz de la luna como un halo alrededor de su figura.
Finalmente, tocó tierra firme.
Respiró profundo.
La libertad estaba al alcance de sus manos.
Cerró los ojos un instante y recordó la voz de su abuela en su aldea: “La tierra siempre protege a quienes buscan el equilibrio.” Sintió que, incluso en medio del miedo, la tierra la abrazaba.
Ekbalán permaneció en la torre, su silueta recortada por la luna.
Observó cómo Itzel se alejaba entre las sombras.
Cada paso suyo era un recordatorio de que el destino no podía ser impuesto, solo elegido.
Un suspiro se escapó de sus labios, mezcla de tristeza, orgullo y deseo.
—Ve —susurró, con un nudo en la garganta—.
Ve y vuelve algún día.
Itzel no escuchó las palabras, esas palabras se las llevo el viento.
Itzel en su ruta, en el bosque que la esperaba, en los ríos y senderos que podrían guiarla hacia Etzel.
Cada sonido del viento, cada rama que crujía bajo sus pies, le recordaba que su mundo había cambiado, y que debía adaptarse para sobrevivir.
Horas después, cuando encontró un claro cubierto de niebla, Itzel se permitió descansar.
Su cuerpo estaba agotado, pero su espíritu vibraba con fuerza.
Cerró los ojos, y por primera vez en días, soñó con su hogar.
En su sueño, Etzel estaba allí, esperándola junto al árbol más alto de su tribu.
Sonreía, con las manos abiertas y los ojos brillantes de alegría.
La llamaba por su nombre, pero cada vez que intentaba correr hacia él, la niebla del sueño lo alejaba, lo transformaba en sombras que desaparecían.
Itzel se despertó sobresaltada, con lágrimas recorriendo su rostro.
Su respiración era agitada, pero en el fondo, una determinación férrea se había encendido: debía encontrar a su hermano, sin importar los obstáculos.
La visión de Etzel, aunque fragmentada, le recordó por qué había arriesgado todo.
Se incorporó, ajustando la cuerda y revisando su túnica.
La niebla matinal comenzaba a disiparse, y con ella, la ciudad quedaba atrás.
Cada paso hacia adelante era un acto de libertad, cada respiración, un recordatorio de su propósito.
La tierra a su alrededor no era la de su hogar, pero la reconocía: el bosque, los ríos, los caminos que se abrían ante ella hablaban el mismo idioma que había aprendido Zat, Rui, Kai y Toti: un lenguaje de respeto, equilibrio y paciencia.
Itzel caminó hacia el horizonte, con la certeza de que cada decisión la acercaba a su hermano y al mundo que había perdido.
Y aunque la nostalgia por lo dejado atrás la golpeaba en momentos de silencio, también sentía que su historia apenas comenzaba.
Por primera vez desde la quema de su aldea, se permitió soñar despierta, imaginando la reunión con Etzel, los abrazos que repararían su dolor, y el futuro que podrían construir juntos.
La tierra bajo sus pies parecía acompañarla, guiándola a través de cada sombra, cada río y cada amanecer.
El puente de la sombra quedaba atrás, pero su eco resonaba en ella: un recuerdo de coraje, de despedida y de promesa.
El fuego que había purificado su alma y la memoria del agua que había reflejado su rostro la acompañaban mientras avanzaba hacia lo desconocido, hacia la esperanza que le permitiría reconstruir su mundo.
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