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La sangre ansía respirar - Capítulo 17

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17: Capítulo 17 17: Capítulo 17 El Grito Ahogado El amanecer apenas iluminaba los muros de piedra blanca cuando la noticia de la fuga de Itzel recorrió el palacio como un fuego.

Las trompetas de bronce resonaron en los corredores y los guardias se movieron con una rapidez que no era común.

Cada vigilante, cada centinela, cada sirviente parecía haber recibido la orden de buscarla.

La ciudad entera, hasta las torres más altas, se llenaba de un aire de tensión desconocido.

El padre de Ekbalán, el gobernante supremo, apareció en la sala central, sus pasos resonando sobre el mármol pulido.

La ira se reflejaba en sus ojos oscuros y fríos, y su voz cortante rompió el silencio.

—¿Dónde está tu prometida?

—preguntó, con un filo de amenaza en cada palabra.

Ekbalán, aún pálido por la emoción que lo había invadido la noche anterior, se levantó de la silla, firme, pero con los hombros tensos.

—No lo sé —dijo, con la calma de quien intenta ocultar la verdad—.

Estaba dormido cuando desapareció.

No la vi salir.

El gobernante frunció el ceño.

Su mirada se volvió más penetrante, evaluadora.

—No me mientas, hijo.

He visto en tus ojos durante días que algo extraño ocurre.

Te he observado.

¿Acaso has sido cómplice de su fuga?

Ekbalán guardó silencio.

Sabía que un murmullo, una palabra o un gesto podría delatarlo.

Su respiración se hizo lenta, firme, mientras el padre avanzaba un paso más.

—Ekbalán —dijo con voz grave, baja, pero cargada de amenaza—, te ordeno que la encuentres.

Irás tú mismo.

¡Ahora!

—No —respondió el joven, con un tono que heló la sangre del gobernante—.

No quiero ir.

Que ella se vaya.

No me interesa.

Déjala ir.

El silencio que siguió fue pesado, casi insoportable.

El padre de Ekbalán estudió cada línea del rostro del heredero, y en ese instante comprendió.

La mirada de su hijo, la firmeza de su postura, la resistencia en su voz: Ekbalán había permitido que ella escapara, y de algún modo la apoyaba.

—Así que esto es lo que hay —dijo finalmente, con voz gélida.

Su mano se posó sobre el borde de la mesa, golpeando con fuerza—.

Has sido cómplice.

Muy bien.

Si no vas tú, entonces te encerraré.

Y mientras estés confinado, la búsqueda la dirigirán otros.

Ekbalán sintió un escalofrío recorrer su espalda.

Pero no mostró miedo.

—No podrán detenerme, me opongo —dijo, con una calma que contrastaba con la rabia de su padre.

El gobernante sonrió, frío, y con un gesto de la mano, varios guardias entraron a la sala.

Entre ellos, cuatro hombres fuertes, curtidos en combate, recibieron la orden de sujetar al joven.

Ekbalán luchó, moviéndose como un tigre atrapado, pero no podía enfrentarse a la estrategia de los cinco que lo rodeaban.

Cada intento de liberarse era bloqueado con precisión.

Finalmente, su padre dio la orden: —Encadénenlo.

Que sirva de advertencia mientras buscamos a la fugitiva.

Los grilletes de hierro frío se cerraron alrededor de sus muñecas y tobillos, y Ekbalán, pese a su fuerza, quedó inmóvil.

Su mirada, sin embargo, permaneció firme, como un fuego que nadie podía apagar.

Mientras los guardias salían para ejecutar la búsqueda, el joven observaba, impotente, el vacío que había dejado Itzel.

Mientras tanto, en el bosque desconocido, Itzel avanzaba tambaleante.

Cada paso era un esfuerzo titánico.

Los árboles no tenían la familiaridad de su tierra natal: sus hojas eran más oscuras, sus ramas se entrelazaban con maleza que parecía querer atraparla.

La niebla baja cubría el suelo como una sábana húmeda, y la luz del sol apenas penetraba el dosel.

El aire olía a humedad rancia y a madera podrida.

Cada crujido entre las ramas la hacía tensar los músculos; cada sombra parecía observarla con ojos invisibles.

—No… no puedo detenerme —susurró, mientras se limpiaba el barro de la frente y los brazos arañados—.

Etzel… debo encontrarlo.

El bosque parecía responder con rechazo.

El barro pegajoso la atrapaba en cada paso, los troncos secos le raspaban los brazos y piernas, y los insectos zumbaban cerca de sus oídos, como si la juzgaran por haberse atrevido a entrar en su dominio.

La vegetación se volvía cada vez más hostil: helechos afilados cortaban su piel, raíces que sobresalían del suelo la hacían caer, y la humedad pegajosa la agotaba más rápido.

Sin embargo, cada caída, cada corte y cada raspón eran superados por un pensamiento fijo en su corazón: su hermano estaba allí afuera, y debía encontrarlo.

Después de horas de avance, llegó a un terreno pantanoso oculto entre la niebla.

El agua negra parecía inmóvil, pero al acercarse, un hervor inquietante recorría la superficie.

El pantano estaba rodeado de juncos altos y raíces que se extendían como tentáculos.

—Debo pasar… —murmuró Itzel, tomando impulso—.

No hay otra opción.

Intentó pisar la tierra firme oculta bajo el agua, pero pronto sintió cómo sus pies se hundían hasta la rodilla, luego más profundo.

Su respiración se aceleró mientras luchaba por mantener la calma.

Recordó las palabras de Etzel: “Respira y siente, no luches contra el mundo, aprende a moverte con él”.

Trató de relajarse, de dejar que su cuerpo flotara, pero el barro la arrastraba hacia abajo, implacable.

Entonces, algo la tomó del tobillo.

Una serpiente larga y oscura surgió de entre los juncos y la haló hacia las profundidades.

Sus ojos se abrieron con terror, su cuerpo luchaba en vano contra el poder de la criatura y la viscosidad del pantano.

El agua le llegaba hasta la garganta; la sensación de ahogo era absoluta.

—¡Etzel!

—gritó, mientras la garganta le ardía—.

¡Ayuda…!

Estuvo entre la vida y la muerte, luchando por no hundirse.

Sus brazos arañaban el barro, sus piernas pateaban con todas sus fuerzas.

En medio de la desesperación, comenzó a oír voces, difusas al principio, pero cada vez más cercanas.

—¡Auxilio!

—gritó, tratando de mantener la cabeza fuera del agua—.

¡Etzel, por favor!

Las voces se hicieron claras.

No eran ecos de su imaginación: eran soldados.

Su cuerpo estaba agotado, y la fuerza comenzaba a abandonarla.

—¡Socorro!

—gritó, con la voz rota por el agua y la desesperación—.

¡Por favor, ayúdenme!

Pero nadie se acercaba.

La serpiente, con movimientos sinuosos, la arrastraba cada vez más hacia la profundidad del pantano.

Itzel comenzó a sentir cómo la vida le escapaba, cómo sus ojos se nublaban, y cómo el recuerdo de Etzel, su hermano, la sostenía apenas.

—Etzel… —susurró, mientras la neblina y el barro la rodeaban—…te encontraré… El pánico, la desesperación y la nostalgia la envolvieron.

Estaba sola, luchando contra un bosque que parecía rechazarlas, contra el agua que parecía querer tragársela, contra la serpiente que no le daba tregua.

Su cuerpo flotaba entre la vida y la muerte, mientras los gritos, las sombras y los recuerdos se mezclaban.

La última cosa que percibió fue la mirada burlona de los soldados que se acercaban, y la certeza de que su lucha apenas comenzaba.

Entre el barro, la serpiente y la oscuridad del pantano, Itzel comprendió que no podía confiar en nadie, y que su fuerza debía surgir de su propio corazón, de su amor por Etzel y de su voluntad de sobrevivir.

Su grito se ahogó en el agua, pero en su interior, una chispa seguía viva: la promesa de encontrar a su hermano y no rendirse jamás.

Y así quedó el bosque, silencioso y amenazante, mientras la ciudad de Ekbalán se agitaba con la noticia de su huida, y los soldados avanzaban, ignorando que la joven a la que perseguían estaba en el límite entre la vida y la muerte.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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