La sangre ansía respirar - Capítulo 18
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18: Capítulo 18 18: Capítulo 18 El rescate del silencio El palacio estaba en calma tensa aquella mañana, pero la tranquilidad era solo apariencia.
Las paredes de piedra blanca guardaban ecos de violencia y de órdenes imperiosas.
Itzel había sido llevada de regreso por los soldados que la capturaron en el pantano.
Sus ojos, llenos de determinación unos días atrás, ahora mostraban el cansancio absoluto de quien ha sido empujado al límite.
La neblina de sus propios recuerdos y de la travesía la acompañaba, y su cuerpo estaba magullado, lleno de moretones y cortaduras.
El gobernante supremo, padre de Ekbalán, la esperaba en la sala principal.
No había gesto de compasión en su rostro; solo autoridad y un aire de frío juicio que parecía capaz de quebrar montañas.
—Esta insolencia no quedará impune —dijo, con voz grave—.
Hoy aprenderás lo que significa desafiar a quien gobierna.
Itzel apenas podía sostenerse en pie.
Su túnica blanca estaba manchada de barro, sangre seca en los brazos y piernas, los nudillos arañados por la cuerda, la espalda marcada por la tensión de la zoga que la había sostenido boca abajo en el pantano.
Sus labios temblaban, pero no pronunció palabra.
—¡Azótala!
—ordenó el gobernante—.
Y que la guinden boca abajo, un día entero.
Que entienda que quien desafía al poder, paga.
Los soldados la tomaron sin piedad.
La voz de Itzel intentó salir, pero solo logró un jadeo.
El primer golpe cayó sobre su espalda, y un dolor punzante recorrió cada vértebra.
Se contuvo de gritar, aunque la sangre empezaba a empapar la túnica.
Cada azote que caía era un recordatorio de la fuerza de aquel hombre y de la injusticia que la rodeaba.
El tiempo se volvió un bucle de dolor: azotes tras azotes, su cuerpo temblaba y sus ojos lloraban, la cuerda tirando de su cuerpo mientras era colgada boca abajo, el mundo girando alrededor de su cabeza.
Sus brazos se agarrotaban, sus piernas se tensaban contra el suelo, y el corazón le golpeaba con fuerza.
En su mente, solo un pensamiento: “Etzel, necesito encontrarte.
No puedo rendirme”.
Horas pasaron como siglos.
El sol se movía en el cielo sin que ella pudiera verlo, y la oscuridad nocturna la alcanzó mientras seguía colgada, sus músculos doloridos, los dedos sangrantes por sostenerse en la cuerda, la espalda marcada por los azotes.
Cada golpe era un eco que resonaba en su cuerpo y en su espíritu.
Finalmente, cuando la fuerza de su cuerpo parecía extinguirse por completo, la soltaron y la arrastraron por los pasillos hasta el calabozo donde Ekbalán permanecía encadenado.
La dejaron caer con brusquedad sobre el suelo frío de piedra, y la túnica manchada se pegó a su piel por la sangre y la suciedad.
Ekbalán estaba allí, encadenado, pero sus ojos se abrieron de par en par al verla.
La visión de Itzel en ese estado lo estremeció hasta los huesos.
Su respiración se aceleró, su corazón latía con fuerza desmedida.
Quiso romper las cadenas que lo ataban, pero no podía; los soldados habían previsto que no sería fácil, pero él era demasiado fuerte para que unos pocos hombres lo detuvieran por completo.
Ekbalán no pudo con lo que veía.
Finalmente, con un esfuerzo brutal y preciso, rompió los grilletes que lo mantenían atado.
Sin mirar atrás, se lanzó hacia Itzel y la sostuvo con delicadeza, acariciando su cabello, su rostro, tratando de hacer que todo el dolor que sentía se disipara en ese contacto.
—Itzel… —susurró, con la voz rota—, ¿estás viva?
Ella abrió los ojos lentamente.
Todo estaba nublado: dolor, miedo, cansancio.
Sus labios apenas murmuraron.
—E-Ekbalán… Él se inclinó, tratando de tocarla con cuidado.
Su furia contenida explotó al ver las marcas en su espalda, los cortes en sus brazos y piernas, la sangre manchando la tela blanca.
Sintió un odio concentrado hacia su padre y hacia los soldados, pero más fuerte era su miedo por ella.
—Maldita sea… —murmuró—.
Esto… esto no era necesario.
Ella respiraba con dificultad, pero sus ojos se encontraron y, por un instante, el mundo dejó de existir.
—Ekbalán… —susurró, la voz débil pero llena de vida.
—Así no quería verte nunca —dijo él, con voz suave—.
Nunca así.
Con cuidado, la acomodó en sus brazos y comenzó a limpiar la sangre y el barro.
Cada gesto era lento, meticuloso, como si al tocarla pudiera borrar el sufrimiento que le habían infligido.
Ella permaneció en silencio, agotada, dejando que él la sostuviera, permitiéndose sentir seguridad después de todo lo vivido.
—Debemos salir de aquí —dijo Ekbalán finalmente—.
No podemos quedarnos, no después de esto.
Itzel lo miro.
Su cuerpo estaba débil, pero su determinación seguía intacta.
Su mente se llenó de recuerdos de su hermano Etzel, y por un momento cerró los ojos, soñando con él, con su risa, con los árboles de su hogar y la sensación de estar protegida.
La esperanza que la había sostenido durante tanto tiempo no desaparecía, incluso en medio del dolor.
Ekbalán la llevó a través de los túneles secretos del palacio, esos que había explorado y utilizado en su juventud durante entrenamientos y ejercicios de escape.
Cada paso era cuidadoso: él vigilaba, atento a cualquier guardia, y ella se apoyaba en su fuerza para avanzar.
—¿Puedo caminar?
—susurró ella, recuperando algo de fuerza.
—Si quieres —respondió Ekbalán—.
Pero no te apresures.
Estamos juntos, y no dejaremos que nadie nos detenga.
Caminaron horas a través de pasadizos que parecían infinitos, hasta llegar a un escondite subterráneo, una cueva que Ekbalán había preparado años atrás.
Allí había suministros, agua y lechos improvisados.
Era seguro, al menos por el momento.
Ekbalán la ayudó a sentarse y le ofreció agua y alimento.
Itzel, por primera vez en días, permitió que su cuerpo respondiera.
Comió poco, con manos temblorosas, mientras Ekbalán la observaba, preocupado pero calmado.
Cada gesto suyo era un recordatorio de que no estaba sola, de que alguien la protegía.
—Debemos limpiar tus heridas —dijo él, y con cuidado comenzó a lavar la sangre y la suciedad.
Sus manos eran firmes y gentiles al mismo tiempo.
—Gracias… —murmuró Itzel, con voz débil, apenas audible.
—No digas nada —respondió Ekbalán—.
Solo déjame cuidarte.
Pasaron las horas, y el silencio de la cueva era sólo interrumpido por el sonido del agua que goteaba de las paredes y el viento que se filtraba por alguna grieta.
Por primera vez desde su captura, Itzel permitió que su mente descansara.
Su cuerpo estaba exhausto, sus músculos doloridos, pero sentía la protección de Ekbalán, y eso le daba fuerzas para soportar lo que había sufrido.
Ekbalán, mientras la observaba descansar, comenzaba a planear.
Sabía que no podían quedarse allí mucho tiempo; el palacio, su padre, los soldados que los buscarían, todos estaban al acecho.
Tenía que moverse rápido, pero no quería apresurarla.
—Mañana —susurró él mientras la ayudaba a recostarse sobre un lecho improvisado—, empezaremos a movernos de nuevo.
Pero hoy, solo descansa.
Itzel cerró los ojos, y en su sueño volvió a ver los árboles de su hogar, la risa de su hermano, la sensación del viento en su rostro.
Por un momento, el miedo y el dolor se diluyeron, reemplazados por esperanza.
Y cuando despertó, Ekbalán seguía allí, velando por ella, recordándole que incluso en el abismo de la traición y el dolor, aún había alguien que la protegería, alguien dispuesto a desafiar al mundo entero por su seguridad.
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