La sangre ansía respirar - Capítulo 19
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19: Capítulo 19 19: Capítulo 19 El Despertar De Los Sentimientos La cueva estaba silenciosa, apenas iluminada por la tenue luz que se filtraba por la grieta del techo.
El aire olía a humedad y tierra, pero allí dentro, entre las piedras y el calor del refugio improvisado, Itzel sentía por primera vez desde su captura un momento de respiro.
Se sentó apoyada contra la pared, observando a Ekbalán mientras limpiaba cuidadosamente las heridas que aún quedaban de los azotes y la zoga del castigo.
Cada gesto suyo era un recordatorio de la protección que le brindaba, y algo más, algo que antes no había sentido, comenzó a crecer en su pecho: un calor desconocido, un sentimiento que mezclaba gratitud, admiración y algo más profundo.
Cada vez que las manos de Ekbalán tocaban la piel de Itzel, el corazón de ambos se aceleraba, pero ninguno se atrevía a pronunciarlo.
Itzel lo miraba, y la visión de Ekbalán con sus ojos intensos, sus manos firmes pero cuidadosas, la hacía sentir vulnerable y segura al mismo tiempo.
Su corazón se agitaba por razones que no podía nombrar, y una pregunta surgió en su mente: ¿podría sentir algo más que agradecimiento por él?
Ekbalán, al notar la forma en que lo observaba, comprendió que algo había cambiado.
No era solo la fuerza de su vínculo forjado por la supervivencia; había un deseo, una atracción silenciosa que los unía de manera inesperada.
Se acercó lentamente, sin apresurarla, pero lo suficiente para que su presencia se sintiera más cercana que nunca.
—Itzel… —murmuró, con voz grave, casi un suspiro—.
No tienes que temer nada aquí, estas a salvo conmigo.
Ella lo miró, su respiración agitada.
Había miedo, pero también una extraña expectativa.
La cercanía de Ekbalán, la intensidad de su mirada, todo parecía invitarla a dejarse llevar, aunque su razón aún la retenía.
Él se inclinó un poco más, y por un instante todo pareció detenerse: sus labios tan cerca de los de ella, la calidez de su aliento rozando su rostro.
Pero cuando su mano tocó suavemente su mejilla, Itzel retrocedió, apartándose un poco.
—No… —susurró, con un hilo de voz—.
No puedo, Ekbalán.
Mi lugar… mi destino está con mi hermano.
No puedo ser egoísta.
Ekbalán la observó, entendió la unión de su hermandad, comprendiendo la profundidad de sus palabras.
Sus ojos mostraban respeto y, al mismo tiempo, un deseo contenido.
—Itzel… —dijo suavemente—.
Amar no es egoísmo.
No estás prohibida de sentir algo por alguien que no sea tu familia.
Incluso después de todo, tienes derecho a amar, a vivir, a encontrar un vínculo que te haga sentir más completa.
Ella bajó la mirada, confundida y temerosa.
La idea de entregarse a ese sentimiento era nueva, y la culpa de estar lejos de su hermano la hacía dudar.
Pero sus palabras, llenas de comprensión, hicieron que su corazón latiera más fuerte.
—¿Y si…?
—dijo apenas, con voz temblorosa—.
¿Y si me dejo sentirlo?
—Entonces —respondió Ekbalán, acercándose lentamente—, no habrá arrepentimiento, solo lo que el corazón dicte.
El espacio entre ambos se acortó, y esta vez no hubo retirada.
Itzel cerró los ojos mientras Ekbalán rozaba sus labios con los suyos, un contacto suave, lento, cuidadoso.
Las manos de Ekbalán acurrucaron el rostro de Itzel.
Cada segundo parecía eterno, y en ese beso, ambos entendieron que no se trataba solo de deseo: era la unión de dos almas que habían sido puestas a prueba, que habían sobrevivido al dolor y la traición, y que ahora podían encontrarse sin miedo.
El beso se profundizó lentamente, con delicadeza, sin prisa.
Los miedos y las dudas de Itzel comenzaron a desvanecerse, reemplazados por la seguridad que le brindaba Ekbalán, la certeza de que podía permitirse sentir.
Sus manos se encontraron, sus cuerpos se acercaron, y un calor nuevo recorrió su pecho: un amor que crecería día a día, un amor capaz de desafiar incluso la más dura realidad.
—Esto… —susurró Itzel entre el beso—.
¿Esto es real?
—Sí —respondió Ekbalán, con voz grave—.
Y no hay nada que lo pueda borrar.
Ni la guerra, ni los enemigos, ni el pasado.
Esto es nuestro.
Mientras se separaban apenas, el aire entre ellos estaba cargado de una nueva promesa.
No había miedo, solo un lazo que se fortalecía con cada instante.
Ekbalán tomó la mano de Itzel, entrelazando sus dedos con firmeza y ternura.
—Algún día —dijo él, con un hilo de voz—, gobernaremos no solo con fuerza, sino con justicia y amor.
Para las nuevas civilizaciones, para los que vendrán después de nosotros.
Seremos dignos.
Itzel asintió, sintiendo que sus palabras compartían no solo un deseo romántico, sino un ideal, una misión que trascendía su propio sufrimiento.
En algún lugar más allá de la cueva, en los bosques y caminos de la civilización enemiga, Etzel se preparaba para encontrar a su hermana gemela.
Su corazón latía con fuerza por la determinación de encontrar a Itzel, de traerla de vuelta a su hogar.
Sabía que las fuerzas que la habían capturado serían un obstáculo difícil, pero no podía quedarse quieto.
Reunía aliados, trazaba rutas, y mientras el pensamiento de su hermana lo impulsaba, también sentía que se avecinaba una confrontación inevitable: una guerra que marcaría el destino de su pueblo y de la civilización que se la había arrebatado.
Pero dentro de la cueva, Ekbalán e Itzel estaban solos, unidos por un cariño nuevo que no solo sellaba un sentimiento, sino una promesa de futuro.
La tensión de la caza, el dolor del pasado, todo se difuminaba en el calor de ese contacto.
El mundo exterior podía esperar.
Por primera vez desde que la vida los había cruzado, podían ser simplemente Ekbalán e Itzel.
—Prométeme algo —dijo Itzel, apoyando su frente contra la de él—.
Prométeme que no dejarás que nada nos destruya, que lucharemos juntos.
—Te lo prometo —susurró Ekbalán—.
Estés donde estés, haré que estés a salvo.
La cueva se llenó de un silencio reconfortante, roto solo por la respiración compartida de ambos.
Los días de huida, dolor y miedo habían dado paso a un instante de ternura y claridad.
Allí, en la penumbra, habían descubierto algo que ni la guerra ni la tragedia podrían arrebatarles: un amor silencioso, paciente, fuerte y verdadero.
Mientras la noche caía sobre la cueva, Itzel se acurrucó junto a Ekbalán, sintiendo por primera vez que podía descansar sin miedo, que había encontrado no solo un protector, sino un compañero, alguien con quien podía compartir su destino y sus sueños.
Y aunque fuera inevitable que la guerra, Etzel y el mundo exterior los alcanzaran, en ese momento, nada importaba más que el contacto de sus labios, la calidez de sus manos entrelazadas, y la certeza de que, juntos, podrían enfrentar lo que viniera.
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