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La sangre ansía respirar - Capítulo 2

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2: Capítulo 2 2: Capítulo 2 El Susurro del Arroyo y la Luz de las Luciérnagas El sol se inclinaba ya hacia el horizonte cuando finalmente encontró un arroyo.

Después de horas de caminar entre árboles que murmuraban con el viento y raíces que parecían susurrar advertencias, su sed era intensa.

Se arrodilló sobre la orilla, sintiendo la frescura de la tierra húmeda entre los dedos.

El agua cristalina corría entre piedras lisas, produciendo un canto suave, constante, que parecía calmar no solo la garganta reseca, sino también la fatiga que pesaba sobre sus hombros.

Bebió despacio, sintiendo cómo el líquido fresco recorría su cuerpo, llenándolo de una energía tranquila y renovadora.

Pero algo pequeño y frágil llamó su atención.

Entre las piedras y los musgos, un sapo yacía, inmóvil.

Su piel, antes verde y húmeda, estaba opaca y temblorosa, como si la vida se le escapara en cada respiración.

Se inclinó sobre él, sintiendo una punzada de compasión, y comenzó a masajearle suavemente el abdomen.

Sus dedos eran cálidos y firmes, intentando devolverle el aliento a aquel ser diminuto.

El sapo se estremeció, sus ojos brillaron un instante, y luego solo dejó escapar un último suspiro, casi imperceptible.

El silencio que siguió fue profundo, pero no era vacío.

Observó los renacuajos que nadaban vigorosamente entre las piedras y el lodo, moviéndose con alegría y vida, y de repente comprendió: aquel arroyo aún no había sido tocado por la serpiente venenosa.

El sapo había venido desde el cauce donde su hermana gemela había enfermado; este lugar todavía estaba puro y virgen.

El contraste entre el sapo moribundo y los renacuajos le enseñó una lección silenciosa: la vida siempre encuentra un refugio, incluso cuando la muerte parece cercar cada rincón.

Llenó su tecomat con agua clara y fresca, asegurándose de que tuviera suficiente para continuar su viaje.

Se sentó en la orilla, contemplando el cielo que se teñía de tonos naranjas y púrpuras, mientras el canto de las aves y el zumbido de los insectos llenaban el aire.

Inspiró profundamente, dejando que los sonidos del bosque se mezclaran con su respiración, y comenzó a murmurar un canto de cuna que le cantaba su abuela Tulli a Itzel y a él cuando eran unos bebés; con voz grave y profunda su voz salía melodiosa.

Sus palabras, suaves y rítmicas, parecían acariciar el agua y las hojas, y los renacuajos se aquietaron un instante, como escuchando su melodía.

Cada nota era un hilo de consuelo, un lazo invisible entre la vida que se apagaba y la que renacía en aquel arroyo.

Mientras su mirada vagaba entre los reflejos del agua y las hojas que se mecían con la brisa, algo llamó su atención: un ciervo.

Sus ojos obscuros lo observaban fijamente desde los árboles.

Las hastas del animal se movieron lentamente, apuntando hacia una dirección precisa, y un extraño entendimiento surgió entre ellos.

Sin hacer ruido, comenzó a acercarse, con pasos cuidadosos sobre la tierra húmeda.

El ciervo permanecía sereno, como guiándolo, sin prisa, pero con una certeza que él sentía hasta en los huesos.

Finalmente, el animal lo condujo hasta una cueva de piedra, oculta entre los pliegues del río.

La entrada estaba cubierta de enredaderas secas y hojas caídas, y al entrar, lo primero que notó fueron los garabatos en las paredes y las hierbas marchitas esparcidas por el suelo.

Sus ojos recorrieron cada símbolo, cada trazo que parecía tener un propósito antiguo, pero que él no lograba llegar a la comprensión.

El aire olía a tierra húmeda y a historias olvidadas, y un silencio profundo lo envolvía.

El ciervo permaneció en la entrada, observándolo con paciencia.

Él, movido por una intuición que no podía explicar, vió que el ciervo comenzó a rasgar la tierra con las pezuñas, removiendo piedras y hojas secas.

De repente, de la tierra surgieron luciérnagas, pequeñas luces doradas que ascendieron en espirales y comenzaron a danzar alrededor de los garabatos.

Su brillo iluminó los símbolos, y como por un milagro, los trazos cobraron vida.

Las figuras se movían suavemente, contando una historia que solo el corazón podía comprender.

Vio la historia de la Cuyancua, la serpiente arpía: cómo antaño había sido guardiana de los bosques y los ríos, protectora de toda criatura viviente.

Sus manos habían mantenido la armonía entre el agua, la tierra y el viento.

Pero con el tiempo, los hombres comenzaron a rodear sus dominios, talando árboles, alterando los cauces y calentando sus tribus a costa del bosque.

La Cuyancua no entendía por qué debía compartir aquello que una vez había sido un santuario solo para ella y los animales.

Su corazón, que antes latía con amor por toda la vida, se ensombreció de egoísmo y dolor.

La traición de aquellos que no respetaban el equilibrio la llevó a tomar la decisión de envenenar los ríos, como un acto de venganza, un intento desesperado de conservar lo que alguna vez fue suyo.

El espectáculo de luz y movimiento lo dejó sin aliento.

Las luciérnagas danzaban sobre los garabatos, mostrando no solo la historia, sino también la tristeza, la soledad y el enojo de la Cuyancua.

Cada trazo, cada resplandor, era un eco de lo que la naturaleza había sufrido y aún sufría.

Sentado allí, con el tecomatl lleno a su lado y el murmullo del arroyo cerca, comprendió la profundidad de la pérdida, pero también la resistencia de la vida que persistía: los renacuajos en el arroyo, el canto de las aves, la presencia silenciosa del ciervo, todo indicaba que no todo estaba perdido.

El ciervo permanecía inmóvil, observando, como si supiera que el mensaje había sido recibido.

Lenta y cautelosamente, se alejó hacia la entrada, desapareciendo entre la espesura del bosque.

Él se quedó un momento más, respirando el aire húmedo y perfumado, escuchando el eco de los cantos y el susurro del arroyo.

Murmuró nuevamente su canto de cuna, esta vez para sí mismo y para las luciérnagas que todavía danzaban alrededor de los garabatos, una oración silenciosa para que la armonía pudiera, algún día, restaurarse.

Al salir de la cueva, el cielo ya estaba teñido de azul oscuro y las primeras estrellas comenzaban a brillar.

El bosque parecía vivo, vibrante, lleno de secretos que solo aquellos que escuchan con atención podían percibir.

El agua del arroyo en su tecomatl brillaba tenuemente, reflejando la luz de la luna que comenzaba a aparecer entre las ramas.

Con cada paso que daba, llevaba consigo no solo el agua, sino también la memoria de lo que había presenciado: la pureza que aún existía, la vida que persistía, y la historia de la Cuyancua, que recordaría como advertencia y como lección de respeto hacia la naturaleza, su hogar.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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