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La sangre ansía respirar - Capítulo 20

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20: Capítulo 20 20: Capítulo 20 El Hierro Forjado Desde lo alto del cerro, Etzel observaba la ciudad que había arrebatado a su hermana.

Sus ojos, aún marcados por la determinación y la angustia de los últimos meses, recorrían los muros, las torres y los canales que reflejaban el sol de la mañana.

Su corazón latía con fuerza, pero no era miedo; era un fuego contenido, una rabia silenciosa que debía canalizar con cautela.

—Nos movemos despacio —susurró a sus cuatro amigos y tres guerreros leales—.

La ciudad es grande y cualquier error nos costará la vida.

Debemos mezclarnos con la gente, sin ser vistos.

Los buscadores descendieron con cuidado, esquivando patrullas y comerciantes, usando el bullicio de la ciudad como camuflaje.

Cada paso era medido, cada mirada calculada.

Etzel sentía en la garganta el recuerdo de Itzel: su rostro entre cenizas, su mirada serena a pesar del dolor, y la promesa que le había hecho a sí mismo de traerla de vuelta.

Avanzaron hasta los túneles que conectaban los edificios más importantes del gobernante supremo.

Las piedras húmedas y la oscuridad los rodeaban; el olor del moho y la tierra era fuerte.

Silenciosos, eliminaron a un par de soldados desprevenidos con cuchillos y manos firmes, asegurando que el resto no escuchara ni sospechara.

Subieron con sigilo hasta los pisos superiores del palacio, inspeccionando cada sala, cada calabozo, cada corredor.

Nada.

Itzel no estaba.

Siete días pasaron en esta rutina.

La frustración crecía con cada búsqueda fallida, pero Etzel no podía permitirse fallar.

En silencio, regresaron por los túneles, esperando que su hermana hubiera encontrado una vía de escape o que, en algún momento, el destino los guiara hacia ella.

En los túneles vieron una sombra, Etzel se agazapó junto a sus compañeros.

Desde la sombra, vio cómo Ekbalán, fuerte y decidido, avanzaba contra ellos deteniéndose de manera estratégica, sus movimientos precisos y calculados.

Había algo en su porte que imponía respeto incluso entre los buscadores de Itzel.

Ekbalán lucho con ellos, los 7 no podían con él.

Ekbalán estaba a punto de estrangular a Kai, uno de los amigos más jóvenes de Etzel, que se había interpuesto en su camino.

La presión de sus manos sobre el cuello de Kai era brutal, y cada respiración contenida del joven se sentía como un golpe en el corazón de Etzel.

Sin pensarlo, Etzel se lanzó desde lo alto hacia Ekbalán, intentando cortar su avance y salvar a su amigo.

Fue entonces cuando una voz rompió el aire.

—¡ETZEL!

Itzel estaba allí, suspendida sobre el corredor superior, y el grito escapó de sus labios con todo el alivio y la sorpresa de un corazón que había esperado demasiado tiempo.

Al escucharla, Etzel se detuvo en seco, la cuchilla a medio camino, y levantó la mirada hacia la silueta de su hermana.

Sus ojos se encontraron, y en ese instante todo el mundo pareció detenerse.

Todos se quedaron estáticos.

Ekbalán se volvió también, sorprendido, y por primera vez vio a Itzel más allá del peligro inmediato, más allá del conflicto.

El bajó con rapidez, saltando hacia su hermana, y se lanzó a sus brazos.

Etzel la abrazó con fuerza, dejando que las lágrimas recorrieran su rostro mientras la sostenía.

—¡Itzel!

—dijo él con voz rota—.

Te he buscado tanto… te he buscado todo este tiempo.

—Estoy… estoy a salvo ahora, Etzel —murmuró ella, aferrándose a su hermano como si su vida dependiera de ello—.

Ahora que estoy contigo, estoy completa.

Ekbalán observaba la escena con respeto y un atisbo de asombro.

No intervenía; sabía que este momento era solo para los hermanos, un reencuentro que ninguna fuerza podía interrumpir.

—Este es Ekbalán —dijo Itzel al fin, separándose apenas un poco para presentar al hombre que la había cuidado, protegido y ayudado a sobrevivir—.

Es mi salvador.

Confía en él.

Etzel lo miró con cautela, midiendo cada movimiento, pero al notar la sinceridad en los ojos de su hermana, asintió lentamente.

Mientras los hermanos se reunían, se refugiaron en la cueva, y se asentaron a descansar.

Ekbalán aprovechó la calma momentánea para hablar con ellos, con voz firme y clara.

—Mi padre maneja la ciudad con puño de hierro, pero no con justicia.

No se trata solo de conquistar pueblos ni de ampliar fronteras.

Se trata de cuidar a la gente, de darle lo que necesita y de mantener el equilibrio con la tierra.

Etzel lo escuchó con atención, su mente ya analizando estrategias, posibilidades y riesgos.

—Si queremos cambiar esto —continuó Ekbalán—, necesitamos un plan.

No podemos derrotar al ejército de un solo golpe, pero podemos aprovechar los túneles, la información y la sorpresa.

Juntos.

Itzel, aun abrazando a su hermano, asintió.

Sabía que esta lucha no era solo por ella; era por la justicia, por su pueblo, y por la supervivencia de lo que quedaba de la tierra y la gente que aún confiaba en la esperanza.

Los tres hermanos comenzaron a confabular, delineando un plan para debilitar al ejército del padre de Ekbalán desde dentro, usando el conocimiento de los túneles, la posición de los guardias y la estrategia que ellos, con sus habilidades combinadas, podían ejecutar.

Itzel, por primera vez desde la pérdida de su hogar, sintió la fuerza que nacía de estar nuevamente junto a Etzel y al lado de alguien que había cuidado de ella.

Sabía que su camino hacia la libertad aún era largo, pero ahora tenía aliados, estrategia y propósito.

Mientras conversaban, el viento recorrió los túneles, arrastrando hojas y polvo, como si la ciudad misma escuchara el nacimiento de una conspiración contra la injusticia.

—Debemos ser pacientes —dijo Etzel—.

No podemos precipitar la batalla.

Pero esta vez, no dejaremos que nada nos separe.

—Así es —afirmó Itzel, apretando la mano de Ekbalán con un gesto de gratitud y confianza—.

Y juntos, forjaremos un camino para un futuro mejor.

Ekbalán los miró, y por un instante, los tres comprendieron que la unión entre los tres no solo era una fuerza táctica, sino un símbolo de resistencia, de esperanza y de amor —en todas sus formas.

—El hierro se forja bajo calor y presión —dijo Ekbalán, su voz resonando con seguridad—.

Y hoy, en esta unión, estamos forjando algo que ningún ejército podrá romper.

Los tres compartieron una mirada cómplice, silenciosa pero cargada de intención.

La ciudad ante ellos podía ser inmensa, los soldados numerosos y despiadados, pero la determinación que brillaba en sus ojos era aún más fuerte.

Esa noche, mientras regresaban a sus escondites y planificaban los próximos movimientos, Itzel miró a Etzel y murmuró apenas: —Nunca pensé que volvería a sentirme completa.

Pero ahora… ahora estoy lista para luchar.

—Y yo no dejaré que te separen de mí otra vez —dijo Etzel con firmeza—.

Te prometo que no habrá oscuridad que nos divida.

Ekbalán los observó con respeto, comprendiendo que su papel era apoyar y guiar, pero que la verdadera fuerza residía en la familia y en la confianza.

Mientras trazaban estrategias, delineaban túneles y posibles emboscadas, sabían que la lucha apenas comenzaba, y que cada paso tendría consecuencias decisivas para la civilización y para la justicia que querían restaurar.

En el silencio de la noche, la promesa de hierro y fuego se consolidó entre los tres.

El reencuentro de los hermanos, la alianza con Ekbalán y la planificación de la rebelión marcaron el inicio de un nuevo capítulo, uno en el que la valentía, la estrategia y la esperanza serían las armas más poderosas.

Y mientras la luna iluminaba las torres y los canales, Itzel cerró los ojos un instante, recordando todo lo que había perdido y todo lo que aún debía proteger.

Su destino ya no dependía de los presagios ni de los caprichos de un tirano; ahora estaba forjado con su propia fuerza, junto a su hermano y junto a quien había elegido confiar.

El hierro estaba forjado.

La rebelión había comenzado.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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