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La sangre ansía respirar - Capítulo 3

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3: Capítulo 3 3: Capítulo 3 El Río y la Sombra que Acecha Varios días de caminata habían pasado desde que Etzel dejó atrás el arroyo y la luz danzante de las luciérnagas.

Sus piernas estaban cansadas, sus manos endurecidas por aferrarse a las raíces y piedras, pero su espíritu seguía firme.

Finalmente, el murmullo de una cascada llegó a sus oídos, un rugido constante que prometía agua y alivio.

Se acercó y vio cómo el agua caía con fuerza sobre las piedras, rompiendo en espuma blanca, mientras el aire estaba impregnado de frescura y rocío.

A la orilla de la cascada crecía un árbol de zapote, sus frutos maduros colgando pesadamente entre las hojas.

Etzel se acercó y comió uno tras otro, su pulpa dulce y jugosa llenando su hambre y cansancio.

Cuando su estómago se sintió saciado, el agotamiento lo venció, y se recostó bajo el árbol, dejando que el murmullo del agua lo arrullara.

Despertó horas después, pero el entorno ya no era el mismo.

Estaba rodeado de hombres extraños, su piel más bronceada por el sol y sus cuerpos endurecidos por la vida en la costa.

Estaban hablando entre ellos en una lengua que Etzel no podía entender.

Antes de que pudiera incorporarse, sintió el frío de cuerdas atando sus pies y manos.

Lo habían capturado.

Una tribu que peregrinaba hacia nuevos territorios, en busca de conquista, lo habían encontrado tirado y lo llevaban consigo mientras continuaban su viaje.

– ¡Suéltenme!

¡Necesito continuar mi expedición!

– gritó Etzel, pero sus palabras eran incomprensibles.

Ellos se miraban entre sí, confundidos, comentando algo en su lengua que para él no tenía sentido.

Desesperado, tomó un pequeño palito y dibujó en la tierra una serpiente, haciendo mímicas con los colmillos, tratando de transmitir que él estaba buscándola.

Los hombres lo miraron con curiosidad, pero no comprendieron; ellos solo conocían el mar, el sol y la arena, nunca habían visto ríos venenosos ni criaturas que acechaban desde el bosque.

Esa noche Etzel pasó en vela, intentando encontrar la manera de desatarse, pero cada intento era en vano.

Uno de los capturadores, al amanecer al verlo, cansado de su lucha, amarró sus extremidades a una rama para cargarlo colgado mientras avanzaban.

Etzel colgaba como un fardo, balanceándose entre los troncos y el barro, sintiendo la humedad del aire mezclada con el olor a sal y sudor de sus capturadores.

Al amanecer, llegaron a un río caudaloso.

Sus aguas rápidas y rugientes reflejaban la luz del sol naciente como espejos plateados.

Los cinco hombres discutieron cómo cruzarían.

Finalmente, decidieron improvisar: colocaron una enorme rama sobre el río, como una balsa precaria, para flotar y llevarse los cuerpos a la otra orilla.

Etzel, aún amarrado, observaba con el corazón encogido.

Pero ellos desconocían que el río no estaba vacío.

Una sombra obscura emergió bajo el agua, masiva, poderosa, empujando la rama como si el río mismo respondiera a su presencia.

Etzel reconoció inmediatamente lo que sus captores no podían.

– ¡Es la serpiente!

– gritó, intentando advertirlos, pero su voz no les decía nada.

La sombra los volteó violentamente; la rama se tambaleó y ellos cayeron al agua.

Etzel, sin poder nadar amarrado, fue arrastrado por la corriente.

El agua fría y violenta lo rodeó, ahogándolo, mientras luchaba por mantenerse a flote.

La fuerza de la corriente parecía querer tragárselo, pero uno de los capturadores, un hombre corpulento, nado y lo tomó sobre sus hombros, luchando contra la corriente para llevarlo a la orilla.

Los otros hombres, desesperados, buscaban entre el agua al más joven del grupo, que había desaparecido en las temibles aguas, sin rastro alguno.

Cuando finalmente llegaron a la orilla, exhaustos y empapados, soltaron a Etzel.

Los gestos de los hombres indicaban lo ocurrido: uno señalaba el río, otro hacía el gesto de ser empujado y arrastrado por algo enorme.

Etzel, temblando por la adrenalina y el frío, tomó una ramita y dibujó nuevamente la serpiente en la tierra, mostrando con mímicas que estaba enojada, que su enojo no era algo personal contra ellos, sino una fuerza que debía ser respetada.

Trató de explicarles por lo que había visto en la cueva, sobre la Cuyancua y los ríos envenenados, pero ellos seguían sin comprender.

Sus ojos brillaban con curiosidad, pero sus mentes solo podían entender lo que el mar y la costa les habían enseñado.

Etzel, con paciencia y determinación, les hizo señas que no lo amarraran nuevamente, que él no era un enemigo, y que debían seguirlo para encontrar al joven desaparecido, el miembro de su grupo perdido en la corriente.

Los cuatro hombres lo miraron, evaluando su intención, y finalmente asintieron con gestos.

El río había demostrado su poder y la seriedad de la amenaza, y aunque no entendían las palabras de Etzel, comprendieron que la criatura del agua no era un juego.

Así, terminaron de liberarlo, y juntos comenzaron a recorrer la orilla, avanzando con cautela, atentos al río, al bosque y al murmullo del viento que parecía susurrar secretos de advertencia.

El día avanzaba mientras se internaban en la franja boscosa cercana al río.

Etzel sentía la fuerza de la serpiente en cada corriente, en cada sombra que se movía bajo el agua.

Sus pasos eran ligeros, su mente concentrada en leer el entorno, mientras los capturadores aprendían a confiar en él.

Cada gesto, cada dibujo en la tierra, cada mímica, servía para construir un puente entre mundos que hablaban lenguas distintas, pero que compartían el mismo temor a lo desconocido y el respeto a la fuerza que gobernaba la naturaleza.

El sol caía lentamente cuando el río los dejaba en un tramo más calmo, pero el recuerdo de la sombra bajo el agua permanecía.

Etzel miró a los hombres que lo habían capturado, su piel bronceada y pecosa brillando con los últimos rayos de luz, y supo que, aunque distintos en lengua y costumbres, podían ser aliados.

Con un último gesto, los invitó a seguirlo, señalando que juntos podrían encontrar al joven perdido y sobrevivir a la serpiente que acechaba en las aguas.

El río rugía detrás de ellos, recordándoles que cada paso debía ser medido, que cada decisión importaba.

Y mientras avanzaban hacia la espesura, Etzel comprendió que su viaje no solo era de supervivencia, sino de entendimiento: entre tribus, entre culturas, y entre el hombre y la naturaleza, siempre habría un puente que aprender a construir, incluso cuando el peligro se escondiera bajo la corriente impetuosa de un río.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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