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La sangre ansía respirar - Capítulo 4

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4: Capítulo 4 4: Capítulo 4 Los Nombres Bajo el Cielo Perdido Etzel avanzaba al frente del grupo, con el rostro ensombrecido por la tensión.

Los árboles altos formaban un dosel espeso que robaba luz al bosque, y las sombras bailaban como espíritus a su alrededor.

Los cuatro hombres costeros lo seguían en silencio, sus pies hundiéndose en la hojarasca húmeda.

Él sabía que habían perdido el rumbo.

El río quedaba demasiado lejos, y el sendero que debía llevarlos de regreso a la cueva se desdibujaba entre las quebradas y las laderas.

A cada paso, el peso de la responsabilidad se hacía mayor.

Necesitaba mostrarles la cueva, los garabatos animados, la historia de la serpiente.

Necesitaba que comprendieran el peligro.

Pero la selva, con su maraña de sonidos y su laberinto de raíces, parecía querer tragárselos.

Al llegar a una quebrada, Etzel señaló un tramo rocoso.

-Tenemos que subir por aquí – dijo, usando gestos amplios para que entendieran.

Kai y Toti ayudaron a Rui a avanzar primero, y Zat vigilaba desde atrás.

El terreno estaba húmedo, y las piedras resbalaban bajo sus pies.

Rui, el más joven después del desaparecido, apoyó mal el tobillo.

Un crujido apagado y un grito ahogado llenaron el aire.

Rui cayó sobre la tierra, sujetándose el pie.

El tobillo ya comenzaba a hincharse.

Toti silbó entre dientes, preocupado.

Kai señaló una planta cercana, un chichipince de hojas verdes y anchas.

Zat arrancó varias hojas y las machacó entre sus manos para liberar el jugo medicinal.

Con cuidado, envolvieron el tobillo de Rui en una manta, asegurando las hojas sobre la hinchazón.

Rui apretó los dientes, aguantando el dolor, pero sus ojos mostraban gratitud.

Etzel observaba todo, y notó algo: los hombres repetían el mismo nombre una y otra vez mientras lo atendían.

Rui.

Kai lo dijo con urgencia, Toti lo murmuró mientras amarraba la manta, y Zat lo repitió para tranquilizarlo.

Cuando empezaron a cargar al herido entre dos, Etzel levantó una mano para detenerlos.

– Rui… tú eres Rui?

– preguntó, señalando al herido.

Rui, aún con el rostro tenso por el dolor, asintió.

Rui – repitió Etzel, llevándose una mano al pecho, y luego se señaló a sí mismo – Etzel.

Un brillo de comprensión cruzó el rostro de Rui.

Kai y Toti bajaron un momento al herido para unirse al intercambio.

El más robusto, Kai, golpeó suavemente su pecho y dijo: – Kai.

El más alto, de sonrisa fácil, señaló su pecho y dijo: Toti.

El último, Zat, que había ido detrás cuidando a todos, avanzó y dijo con voz profunda: Zat.

Etzel sonrió, y ellos respondieron de igual manera.

Aunque el idioma los separaba, los nombres creaban un puente.

En ese instante, en medio de la selva interminable, dejaron de ser extraños: eran compañeros.

El grupo reanudó su marcha.

Kai y Toti cargaban a Rui, avanzando despacio por el sendero inclinado.

Zat se mantenía alerta, con los ojos revisando cada sombra.

Etzel guiaba, buscando señales en el terreno: marcas en las piedras, raíces partidas, cualquier pista que indicara el camino de regreso a la cueva.

…

Mientras ellos caminaban, a muchas leguas de distancia, la choza donde Itzel dormía en su coma permanecía envuelta en un silencio pesado.

La abuela estaba de pie junto al petate donde yacía la joven, limpiando su rostro con un paño húmedo, desenredando suavemente su cabello y humedeciendo sus labios secos.

Sus manos se movían con cuidado y devoción.

El abuelo la observaba desde la puerta, preocupado.

El viento soplaba débilmente, agitando las paredes de palma.

Finalmente, rompió el silencio.

No sé cuánto tiempo más resistirá – dijo el abuelo con voz grave.

– Me preocupa que Etzel aún no regrese.

La anciana no levantó la vista.

Continuó cuidando a Itzel, acomodando la manta que cubría su cuerpo.

Él regresará – respondió ella suavemente.

– Siempre lo hace.

El abuelo entró despacio, sus pasos pesados sobre el suelo de tierra.

Se sentó junto al fuego apagado, sus ojos clavados en las llamas que ya no estaban.

Mientras observaba a su compañera de vida, los recuerdos lo envolvieron como una bruma.

¿Recuerdas, mujer, cuando los encontramos?

– dijo, con un dejo de nostalgia.

– Era una mañana de neblina, junto al nacimiento del río.

Los bebés lloraban, abandonados entre juncos.

La abuela asintió, sin dejar de pasar la mano por la frente de Itzel.

– Lloraban tan fuerte que creímos que ellos querían que los escucháramos – dijo ella.

– Y ninguno de nuestros diez hijos quiso tomarlos.

El abuelo suspiró, mirando a Itzel.

Les temieron por esos lunares en triángulo.

Mal augurio, decían.

Creyeron que cargar con ellos sería atraer desgracias.

Se quedó en silencio un momento, luego añadió: Pero mírala, es hermosa, su cabello color negro de la noche y su piel terza a pesar de estar en esta condición.

Dime si no es un regalo.

Etzel también.

Nunca dudé de que se pusieron en nuestro camino por algo.

La abuela se detuvo un momento, sus ojos brillando con ternura.

– Por eso los criamos como nuestros – dijo.

– Y aunque ya habíamos criado a diez, aunque nuestras manos estaban cansadas, los tomamos.

Porque el destino no siempre elige a los fuertes o a los numerosos, sino a quienes tienen un corazón dispuesto.

El abuelo sonrió levemente, aunque la preocupación no lo abandonaba.

– Y ahora… – murmuró – de esos diez hijos, seis varones y cuatro mujeres, ninguno es digno de ser cacique.

Todos temieron la prueba, y fue Etzel quien los superó a todos.

Ese día entendí que la sangre no hereda el liderazgo, se crea.

El silencio volvió a llenar la choza, roto solo por el suspiro suave de la abuela mientras acomodaba a Itzel.

Afuera, el bosque cantaba su canción nocturna: grillos, ranas, hojas agitadas por el viento.

…

De vuelta en el bosque denso, Etzel y los costeros continuaban su avance.

El aire se volvía más denso a medida que la tarde caía, y el canto de las aves se transformaba en los aullidos de los coyotes.

La tierra bajo sus pies era traicionera, resbaladiza por la humedad.

Rui, cargado entre Kai y Toti, aguantaba el dolor en silencio.

Zat caminaba a un lado, sosteniendo una lanza improvisada.

Etzel alzó la vista hacia el dosel de hojas.

El cielo comenzaba a oscurecerse, teñido de un púrpura profundo.

Sabía que debían encontrar un lugar seguro para pasar la noche.

Señaló una zona de terreno más firme, protegida por un grupo de grandes rocas.

Con gestos claros indicó que allí descansarían.

Encendieron una pequeña fogata, usando ramas secas y hojas caídas.

El humo ascendió en espirales, alejando a los insectos.

Etzel tomó un fruto seco de su morral y lo partió, ofreciendo trozos a los hombres.

Ellos aceptaron con una leve inclinación de cabeza.

Mientras masticaban en silencio, Etzel miró a Rui.

Había una determinación en sus ojos, a pesar del tobillo herido.

Kai, Toti y Zat lo miraban con un respeto nuevo.

No necesitaban compartir palabras: sabían que Etzel no los abandonaría, y que ellos tampoco abandonarían la búsqueda.

La noche cayó por completo, y las estrellas surgieron entre los huecos del follaje.

Etzel pensó en su hermana, en su abuelo y su abuela, en la cueva que debía encontrar.

Sus dedos trazaron en el suelo, sin darse cuenta, el triángulo de lunares que marcaba su destino.

Bajo el cielo perdido, comprendió que el camino sería más largo de lo que había imaginado, pero que los dioses raramente eligen sendas fáciles para los corazones valientes.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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