La sangre ansía respirar - Capítulo 5
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5: Capítulo 5 5: Capítulo 5 La Sombra que Protege El bosque se volvió un mundo cerrado de sombras verdes y sonidos lejanos.
Las ramas colgaban como brazos de gigantes dormidos, y el aire denso olía a hojas húmedas y corteza.
Etzel avanzaba al frente, el tecomate golpeando suavemente su cadera.
Detrás, Rui cojeaba apoyado en Kai y Toti, mientras Zat vigilaba la retaguardia.
Los hombres costeros, bronceados por el sol del mar, miraban con desconfianza las alturas del bosque, incómodos en un mundo que no conocían.
Etzel se detuvo.
Bajo sus pies, en el barro oscuro, unas huellas redondeadas se hundían profundamente.
Garras largas habían arañado la corteza de un tronco cercano.
El silencio cayó de golpe, pesado.
– Esperen – susurró Etzel, levantando una mano en advertencia y llevo sus dedos a su boca para que estos guardarán silencio.
Un ronroneo bajo, grave y profundo, vibró en el aire.
Luego, dos ojos dorados aparecieron entre los helechos, fijos en ellos.
Los hombres costeros se tensaron, sus manos buscando ramas que pudieran usar como lanzas improvisadas.
Rui respiró con dificultad, apoyando más peso en Toti.
La silueta emergió.
Un jaguar, su pelaje moteado de oro y sombra, caminó con paso sigiloso hacia ellos.
La luz del atardecer acariciaba su lomo poderoso.
Un rugido suave, no del todo amenazante, resonó entre los árboles.
Kai tragó saliva.
– Es enorme – murmuró.
Etzel, recordando las historias de su abuelo, dio un paso adelante.
Cerró los ojos y tarareó un canto grave, el mismo que escuchó en las noches de cuna, un canto que decía que la selva tiene guardianes que solo atacan a los deshonrosos y abusivos.
Su voz tembló al principio, pero pronto llenó el aire como un murmullo antiguo.
El jaguar observó detenidamente y levemente inclinó la cabeza.
Rodeó al grupo, sus ojos centelleando.
Se detuvo cerca de Rui, olfateando su pierna vendada.
Rui contuvo el aliento.
Luego giró en torno a ellos, tanteando sus miedos, sus corazones.
Etzel bajó la cabeza en señal de respeto.
Zat lo imitó primero, y pronto Kai, Toti y Rui siguieron el gesto.
Por un momento eterno, solo el viento y los insectos llenaron el bosque.
Luego, la jaguar emitió un rugido breve y se perdió entre las sombras.
La respiración de los hombres volvió lentamente.
Zat dejó escapar una carcajada nerviosa.
– Nos ha dejado ir – dijo a sus compañeros.
Esa noche, acamparon bajo una formación rocosa.
El fuego pequeño crepitaba, proyectando sombras alargadas.
Rui dormía con el tobillo apoyado en hojas frescas.
Kai y Toti murmuraban en su lengua costera.
Etzel, sin pegar ojo, miró hacia el bosque.
Entre los árboles, dos ojos dorados brillaban otra vez.
El jaguar estaba allí, inmóvil, observándolos.
No avanzó ni retrocedió: solo vigilaba.
Etzel sintió un escalofrío, pero también una extraña seguridad.
Al amanecer, encontraron nuevas huellas.
Se internaban en un sendero angosto, casi oculto por raíces.
Etzel señaló el rastro.
– Quiere que la sigamos – dijo curioso.
Kai lo miró con dudas, pero entendió el gesto.
Toti asintió.
Rui, con el rostro cansado, no protestó.
Zat sonrió levemente, aceptando lo imposible.
Caminaron todo el día.
El bosque se volvía más espeso, y el calor húmedo les empapaba la piel.
Pájaros de plumas brillantes cruzaban de rama en rama, y el zumbido de insectos llenaba cada pausa.
Varias veces casi resbalaron cargando a Rui.
A lo lejos, un perico cantó como si marcara el rumbo.
Al caer la tarde, un rugido profundo los estremeció.
Etzel levantó la vista: el jaguar estaba sobre una roca alta, su silueta recortada contra el cielo encendido por el crepúsculo.
Sus ojos dorados destellaban, pero su mirada no era de amenaza.
Giró la cabeza, señalando con un leve movimiento hacia un barranco.
Desapareció entre los árboles.
– Vamos – dijo Etzel, seguro.
Siguieron su rastro hasta que el bosque se abrió en un pequeño claro.
Allí, el aire olía distinto: dulce y fresco, como agua nueva.
Entre las raíces de un árbol caído, algo se movió.
Etzel se adelantó, cauteloso, y entonces lo vio.
Un cachorro de jaguar, pequeño, moteado como su madre, gimoteaba entre las hojas.
Sus ojos, aún torpes, buscaban a alguien.
Cuando la cría los notó, intentó ocultarse bajo el tronco, pero sus movimientos eran torpes.
Un rugido suave resonó detrás de ellos.
El jaguar apareció de entre las sombras, si madre, su cuerpo enorme bloqueando la luz que quedaba.
Caminó despacio hacia la cría, que corrió a su lado y se acurrucó contra su pata.
La jaguar los miró a todos, uno por uno.
No había furia en sus ojos, sino una advertencia silenciosa: ella no los había seguido para atacar, sino para proteger lo que amaba.
Etzel sintió un nudo en la garganta.
Aquel momento le reveló algo: incluso en medio de la furia del bosque y el veneno de la Cuyancua, había vida que merecía ser defendida.
Rui susurró, con voz temblorosa – Es una madre – espero atento.
El viento pareció acompañar sus palabras.
La jaguar, con un gesto casi imperceptible, movió la cola y levantó el hocico hacia el sur.
Luego, como una sombra líquida, se internó en la selva con su cachorro.
Zat se acercó a Etzel.
– Nos ha mostrado el camino – dijo, aunque Etzel apenas entendió las palabras, captó el sentido en el tono reverente.
Kai, Toti y Rui inclinaron la cabeza hacia el lugar por donde la jaguar había desaparecido.
Etzel miró el horizonte verde y dorado.
Ahora comprendía: el bosque no solo les ponía pruebas, también les daba aliados.
Con el corazón hinchado de un respeto nuevo, el grupo retomó su marcha.
El rugido de la jaguar resonó a lo lejos, un eco profundo que se mezcló con el canto de los pájaros.
Etzel sonrió, sabiendo que esa madre salvaje los había bendecido con su guía.
Y mientras el sol caía, el recuerdo de esos ojos dorados los acompañó, prometiendo que, incluso en la oscuridad, siempre hay algo digno de proteger, y que definitivamente este viaje estaba hecho para aprender muchas cosas qué él desconocía.
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