La sangre ansía respirar - Capítulo 6
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6: Capítulo 6 6: Capítulo 6 La Neblina es Escudo del Venado La luna se había convertido en el único faro que iluminaba los pasos cansados de Etzel y los cuatro costeros.
Llevaban más de un mes internados en el espeso bosque, buscando aquella cueva donde, según Etzel, reposaba la memoria del cuento de la serpiente.
El viaje los había endurecido, marcado de sudor, cansancio y pequeños aprendizajes.
El tobillo de Rui mejoraba poco a poco, y aunque todavía caminaba con dificultad, su voluntad era la misma que la de sus compañeros.
Aquella noche, en el silencio húmedo de la selva, Etzel se quedó dormido apoyado contra un tronco.
Los demás se turnaban para vigilar, mientras los grillos cantaban y el murmullo de la vida nocturna se confundía con el sonido del viento.
Entonces, en sueños, Etzel vio algo que lo arrancó de golpe de su descanso.
Su hermana Itzel estaba en la choza, acostada como siempre, inmóvil.
Pero de pronto se incorporó con un grito desgarrador que retumbó en su pecho.
No era un grito de dolor, sino de augurio.
Sus ojos, en el sueño, ardían como fuego y en sus labios salían palabras incomprensibles, como si hablara en lengua de los espíritus.
Etzel sintió un escalofrío recorrerle desde la cabeza hasta la espalda.
Despertó sobresaltado, jadeando, con el corazón como tambor.
El sudor frío le empapaba la frente.
Rui, que estaba más cerca, lo miró preocupado.
– Etzel… ¿estás bien?
– preguntó en voz baja, usando apenas señas.
Etzel negó con la cabeza y se llevó la mano al pecho, como queriendo detener los latidos que lo agitaban.
Miró hacia la espesura oscura.
Sintió de golpe que su tiempo se había acortado, que debía regresar, que algo grave estaba sucediendo en su tribu.
– Después de la cueva… volvemos – murmuró con firmeza, señalando con el dedo el camino y luego hacia atrás.
Kai, Toti y Zat lo miraron confundidos, pero confiaron en su decisión.
El grupo retomó el andar, guiados por la intuición de Etzel.
El bosque parecía más espeso aquella madrugada.
Las ramas se entrelazaban como garras, y cada paso se sentía más pesado que el anterior.
Fue en esa espesura donde escucharon un ruido distinto: ramas quebrándose, pasos veloces, resoplidos.
Etzel levantó la mano en señal de alerta.
Desde la penumbra emergió la figura de un venado, corriendo con desesperación, con los ojos abiertos de terror.
Detrás de él, sombras humanas armadas con lanzas y arcos lo perseguían.
Cazadores – murmuró Zat, con un tono que no era de alivio, sino de alarma.
Todos sabían lo que significaba.
Entre tribus desconocidas, el encuentro era sentencia de muerte.
Nadie confiaba en nadie.
Rápido se escondieron entre raíces y helechos.
El venado pasó tan cerca que casi rozó a Etzel, su aliento caliente y húmedo golpeándole el rostro.
Los cazadores no estaban lejos.
Se escuchaban los gritos, los silbidos de flechas contra el viento perdidas en la espesura.
Tenemos que movernos – dijo Kai en un susurro.
Comenzaron a arrastrarse, intentando escapar antes de ser descubiertos.
Pero el destino fue cruel: uno de los cazadores, más joven y rápido, los vio entre la maleza.
– ¡Hay intrusos!
¡Aquí están!
– gritó con fuerza, levantando el brazo para alertar a los demás.
El corazón de Etzel retumbó.
Si los demás llegaban, estarían perdidos.
Sin pensarlo, Rui y Toti saltaron sobre el joven cazador, luchando por callarlo.
El muchacho forcejeaba con furia, sus gritos ahogados entre las manos de los costeros.
Kai y Zat ayudaron, y al final lograron tumbarlo al suelo, tapándole la boca.
– ¡Rápido, vámonos!
– exclamó Etzel, con la urgencia marcada en sus ojos.
Decidieron llevárselo a rastras, arrastrando su cuerpo por el barro para que no escapara.
El cazador se resistía, pataleaba, mordía, pero entre los cuatro lograban mantenerlo bajo control.
Corrían a ciegas, con el miedo ardiendo en la sangre.
Entonces sucedió.
Mientras se deslizaban entre helechos y barro, Etzel sintió que algo los observaba.
Entre la neblina nocturna, dos ojos rojos brillaron como carbones encendidos.
Su corazón se detuvo.
Supo lo que era.
La Cuyancua.
Emergió del lodo como un río viviente, una serpiente descomunal que parecía arrastrar consigo la oscuridad misma.
Su cuerpo se retorció con un silbido aterrador, y de un salto se lanzó hacia adelante.
Etzel pensó que serían devorados, pero no.
La serpiente pasó entre ellos con la velocidad de un rayo, ignorándolos.
Su objetivo eran los cazadores que aún perseguían al venado.
La vieron alzarse como una sombra contra el cielo, y luego caer sobre los hombres con violencia.
Un golpe de su cola derribó a cuatro de ellos, que gritaron de dolor al sentir sus huesos crujir.
Los demás lanzaron flechas que apenas rebotaron en sus escamas.
El chillido de la Cuyancua retumbó como un trueno.
– ¡Corran!
– rugió Etzel, sin esperar respuesta.
El grupo no necesitó más.
Con el cazador amordazado a la fuerza, huyeron entre raíces y lodo.
La selva vibraba con los gritos de dolor de los hombres atacados por la serpiente.
Cada eco era un recordatorio del destino que podría haber sido el suyo.
Corrieron toda la noche, sin mirar atrás, con el corazón palpitando como tambores de guerra.
Rui, a pesar de su tobillo aún resentido, no se detuvo ni un instante.
El más fuerte, Kai, cargaba sobre los hombros al cazador prisionero, que se retorcía como serpiente en sus brazos, luchando por liberarse.
La oscuridad dio paso al amanecer.
El cansancio los envolvía, las piernas temblaban y los ojos ardían de falta de sueño.
Pero no podían detenerse.
Cuando el sol comenzó a filtrar sus rayos entre las copas de los árboles, Etzel reconoció algo.
Un sendero.
Se detuvo en seco, jadeando.
– Este camino… lo conozco – dijo, con la voz quebrada por la emoción.
Los costeros levantaron la vista.
Por primera vez en semanas, Etzel se orientaba.
Ese sendero llevaba a su tribu, a su hogar, al lugar donde debía regresar para ver a su hermana.
Pero la esperanza se tiñó de sombra al instante.
El sendero no era el mismo que recordaba.
El olor a tierra húmeda había sido reemplazado por un hedor a ceniza.
La hierba estaba quemada, los árboles chamuscados, el suelo cubierto de hollín.
Un silencio extraño lo dominaba todo, como si la vida hubiera sido arrancada de raíz.
Etzel sintió un vacío en el estómago.
Miró a sus compañeros con los ojos abiertos de par en par, y ellos entendieron sin palabras: algo había sucedido en su tribu.
Algo aterrador y cruel.
El viento levantó cenizas y las esparció en el aire, cubriéndoles la piel como polvo de muerte.
Etzel apretó los puños, con el recuerdo del grito de su hermana en el sueño.
El augurio se había cumplido.
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