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La sangre ansía respirar - Capítulo 7

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7: Capítulo 7 7: Capítulo 7 La Noche sin Luz de la Luna La tribu vivía en calma, como lo había hecho durante generaciones.

Mientras Etzel se hallaba lejos, caminando con los costeros en busca de la cueva, los abuelos mantenían el hogar en pie.

Su choza, humilde pero firme, se había convertido en el corazón de los rezos.

Allí dormía Itzel, inmóvil como si flotara en un sueño profundo, ajena al paso del tiempo y al dolor que comenzaba a tejerse a su alrededor.

Cada día era un reflejo de lo cotidiano: los hombres salían a cazar conejos, aves terrestres y del cielo, las mujeres molían maíz y recogían frutos, los niños corrían descalzos jugando entre los arbustos y árboles.

Por las tardes se bañaban en el río, y por las noches, al caer la luna, todos se reunían para rendir tributo a los espíritus.

Pedían una sola cosa: que Itzel despertara.

– Espíritus del agua y de la tierra, devuelvan a la nieta del cacique – repetían los ancianos en los rituales, alzando humo de copal hacia el cielo estrellado.

Mientras los ancianos tocaban instrumentos, como el tambor y el pito de carrizo.

El abuelo miraba en silencio, su rostro endurecido por los años, pero en sus ojos habitaba una tristeza infinita.

La abuela, incansable, nunca dejaba de atender a Itzel: la limpiaba, la peinaba, la cubría con mantas y le susurraba canciones antiguas, como si la muchacha pudiera escucharlas en su inconsciencia.

Para ellos, esos cuidados eran una promesa: habían criado a los gemelos desde que eran apenas recién nacidos, cuando sus propios hijos los rechazaron por los lunares de augurio en sus pechos.

La tribu resistía unida, en espera del milagro.

Pero una noche, la calma se quebró como barro reseco.

El aire, hasta entonces tranquilo, se llenó de un estruendo salvaje: manadas de venados irrumpieron por los claros, corriendo con un pánico desbordado.

Sus patas golpeaban el suelo con fuerza, levantando polvo, hojas y miedo.

Los niños gritaron y corrieron a esconderse, las mujeres abrazaron a los más pequeños, los hombres se miraron confundidos, sin comprender de dónde provenía aquel caos, ya que ellos nunca cazaron bestias así de grandes para su comida.

Detrás de los venados aparecieron ellos: cazadores armados con lanzas y arcos, hombres curtidos por la violencia y el hambre.

Eran como veinte hombres, sus ojos brillaban con la codicia de los depredadores.

Al ver la tribu desprevenida, con sus defensas relajadas, una idea venenosa germinó en sus corazones.

– Están indefensos – dijo uno, con una sonrisa torcida.

– Tomemos lo que tienen.

Lo que no quieran darnos… se lo arrancamos – respondió otro, con la lanza alzada.

La violencia cayó como un rayo sobre la aldea.

Los cazadores irrumpieron entre chozas, derribando a los que intentaban defenderse.

El grito de las mujeres y el llanto de los niños se mezclaban con los rugidos de los atacantes.

Hombres de la tribu cayeron bajo las flechas, otros fueron acuchillados sin piedad.

El fuego comenzó a prenderse en techos de palma, iluminando la oscuridad con un resplandor infernal.

El abuelo, al escuchar los gritos, tomó a la abuela de la mano y corrió hacia la choza donde estaba Itzel.

Sus corazones solo pensaban en protegerla.

– ¡Rápido, mujer!

¡A la choza!

– gritó, con la voz quebrada de desesperación.

La abuela se apresuró, sus pasos temblorosos la llevaron hasta el lecho de la muchacha.

Allí estaba Itzel, con el rostro sereno, ajena al infierno que rugía afuera.

El abuelo se interpuso en la entrada, decidido a defenderla aunque su cuerpo cansado no tuviera la fuerza de antes.

Entonces, dos cazadores irrumpieron en la choza.

Sus rostros estaban manchados de sudor y hollín, y sus sonrisas se torcieron al ver la escena.

– Miren esto – dijo uno, señalando a la joven dormida.

– ¡Qué belleza!

Incluso así, inconsciente, parece una flor intacta en medio de la quema.

El otro soltó una carcajada cruel.

– Llevémonosla.

Una mujer así vale más que cualquier venado.

El abuelo alzó un bastón de madera, tembloroso pero firme.

– ¡Atrás!

¡No la tocarán!

– rugió con voz rota.

Los cazadores se burlaron.

Uno de ellos lanzó un golpe que lo tiró al suelo de un solo impacto.

La abuela corrió hacia él, llorando, tratando de cubrirlo con su cuerpo.

Pero el segundo hombre levantó su lanza y sin dudar atravesó a los dos ancianos con un solo movimiento.

El silencio de la choza fue roto por un gemido de la abuela antes de caer junto a su compañero de vida.

Sus cuerpos quedaron juntos, protegiendo en vano a la nieta que tanto amaron.

Los cazadores, indiferentes, levantaron a Itzel en brazos.

Su cuerpo inerte parecía flotar entre las sombras, y su cabello negro caía como un río sobre los hombros de su captor.

– Vámonos.

El fuego ya hace su trabajo – dijo uno, mirando hacia afuera, donde las llamas consumían chozas y huertos.

La tribu ardía.

Lo poco que quedaba de resistencia era apagado bajo la violencia, mientras los saqueadores se llevaban comida, objetos sagrados y cualquier cosa de valor.

El cielo se llenó de humo y chispas, y los gritos se ahogaron en el rugido del fuego.

Los cazadores, satisfechos, se reagruparon más adelante.

Habían cumplido su caza: venados, botines y, además de esclavos, la presa humana que consideraban trofeo.

No pensaban en los muertos, ni en las ruinas que quedaban atrás.

La destrucción era solo un paso más en su camino.

La tribu de Etzel, la que lo vio nacer, quedaba reducida a cenizas.

Y en medio de ese mar de sombras, el cuerpo dormido de Itzel desaparecía entre los brazos de los hombres que la habían robado, dejándola sin hogar y sin sus abuelos que tanto habían hecho por defenderla demostrando así su amor a pesar de su inconsciencia.

También sin saber que su hermano en algún lugar lejano había soñado su grito de augurio, que era más bien la terrible invasión que sufrió su tribu.

La noche quedó marcada para siempre.

La noche de fuego y la cruel acechanza del ser humano.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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