La sangre ansía respirar - Capítulo 8
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
8: Capítulo 8 8: Capítulo 8 El Juramento en el Bosque La neblina del amanecer cubría el bosque como un manto gris y húmedo.
Etzel avanzaba con cuidado, los pies hundiéndose en el barro y las raíces que sobresalían del suelo.
La noche había sido larga y fría, y cada paso parecía pesar más que el anterior.
Los hombres que lo acompañaban —Rui, Kai, Toti y Zat— caminaban a su lado, atentos a cada movimiento, pero claramente desconcertados.
Sus gestos, gruñidos y palabras en dialectos distintos apenas lograban transmitir significados; solo podían comprender la urgencia en la mirada de Etzel y seguirlo cuando señalaba direcciones o dibujaba símbolos en la tierra.
Etzel sostenía su amuleto de jaguar con firmeza, recordando las historias que su abuelo le había contado sobre los guardianes del bosque y la serpiente Cuyancua.
Cada vez que la sombra del recuerdo de su tribu incendiada cruzaba su mente, el nudo en su garganta se hacía más fuerte.
No podía permitirse flaquear; dependían de su guía.
Rui se detuvo, intentando señalar un punto al frente, pero Etzel comprendió que no podía comunicarse con palabras.
Dibujó rápidamente una flecha en la tierra y la extendió hacia adelante, indicando el camino seguro entre las raíces enredadas y los troncos caídos.
Rui asintió con un gruñido, y los demás hicieron lo mismo.
Cada gesto se volvía un lenguaje propio, basado en urgencia y necesidad.
El bosque era un laberinto de sombras y sonidos extraños.
El murmullo de los arroyos, el crujir de ramas secas y el canto de aves desconocidas se mezclaban, creando una sinfonía que podía confundir o guiar.
Etzel mantenía los ojos abiertos, escudriñando el terreno, buscando señales de peligro y marcando puntos de referencia con ramas o piedras.
Cada acción era un intento de tender un puente entre mundos que no compartían lengua, pero sí un mismo miedo y la misma necesidad de sobrevivir.
El aire cambió súbitamente, cargado de humedad y un olor a tierra húmeda.
Etzel levantó la mano, indicando que debían detenerse.
Desde la neblina, un grupo de venados pasó corriendo, saltando sobre raíces y helechos, con los ojos abiertos de terror.
Tras ellos, el bosque resonaba con ruidos que Etzel reconoció al instante: cazadores.
– Humanos… peligro!
– murmuró, señaló rápidamente un signo de alerta con la mano.
Los hombres comprendieron la gravedad del aviso, aunque no entendían por qué.
Sus ojos se tensaron, sus cuerpos se agazaparon, y continuaron avanzando con extrema cautela.
Cada sombra parecía moverse, cada crujido los hacía detenerse y esperar.
Etzel señalaba, dibujaba, y hacía mímicas, tratando de transmitirles que debían moverse juntos, en silencio, evitando cualquier sonido que pudiera delatar su presencia.
Horas pasaron entre árboles retorcidos y barro, mientras el grupo avanzaba con esfuerzo.
Rui cojeaba ligeramente, pero Etzel lo ayudaba colocando su brazo sobre los hombros del joven, apoyándolo con cuidado.
Kai, fuerte y resistente, miraba cada paso que daban, evaluando posibles riesgos.
Toti y Zat mantenían la vigilancia, cada uno atento a los ruidos y movimientos del bosque, siempre atentos a las señales que Etzel les daba.
Finalmente, llegaron a un río pequeño, caudaloso pero manejable.
Etzel se arrodilló junto a la orilla, tomando un poco de agua en sus manos y mostrando a los demás cómo beber sin moverse demasiado.
Dibujó símbolos en la tierra para indicar el flujo del agua y señalar zonas peligrosas.
Los hombres observaban con curiosidad y cierta incomprensión, pero confiaban en él.
La comunicación era lenta, torpe y a veces confusa, pero la intención estaba clara: avanzar y sobrevivir.
Mientras descansaban, Etzel recordó la cueva del arroyo y las luciérnagas que revelaron la historia de la Cuyancua.
Su corazón se apretó con la memoria de los garabatos y del canto de su abuela, el vínculo con su hermana, la urgencia de salvar la esencia de la naturaleza corrompida.
Miró a los hombres que lo acompañaban, y supo que aunque ellos no conocían su mundo ni entendían sus palabras, compartían un objetivo: la supervivencia y la confianza en su guía.
– Avanzamos – murmuró, levantándose y señalando un sendero que ascendía hacia la montaña cercana.
El grupo continuó, cada uno siguiendo la intuición de Etzel y las indicaciones de sus manos.
La neblina se espesaba, envolviéndolos en un silencio húmedo y pesado.
A lo lejos, escucharon un murmullo diferente: un arroyo que corría con fuerza, mezclando sus aguas con hojas y barro.
Etzel se inclinó y les hizo señas de advertencia.
Kai y Rui se miraron, inseguros, y Etzel mostró con mímicas cómo usar las piedras y raíces para no resbalarse.
Toti y Zat replicaron sus gestos, comprendiendo finalmente la instrucción.
El cruce fue lento y delicado, pero lograron atravesar el agua sin perder equilibrio.
El río parecía observarlos, y Etzel recordó las advertencias de la serpiente: la naturaleza no castigaba por odio, sino por respeto ignorado.
Al otro lado del río, el bosque se volvió más denso.
Los árboles se entrelazaban en un techo de hojas húmedas, y cada sombra parecía más oscura que la anterior.
Etzel sentía la presencia de algo vigilante, y recordó los ojos rojos de la Cuyancua.
No estaba segura de atacar, pero su mirada era suficiente para mantener a cualquiera alerta.
Dibujó nuevamente la serpiente en la tierra, haciendo gestos de respeto y cautela, intentando transmitir a los hombres que no debían temerla, pero sí reconocer su fuerza.
La caminata continuó durante horas.
El barro, la humedad y la fatiga pesaban sobre cada uno, y aunque Rui se apoyaba en Kai y Toti, su respiración era rápida y pesada.
Etzel hacía pausas breves, dibujando símbolos en la tierra para indicar dirección, peligro o descanso.
Cada señal era un puente entre su mundo y el de ellos, entre la lengua que no compartían y la necesidad de avanzar.
Al caer la tarde, llegaron a un claro donde la luz filtraba con dificultad.
Etzel respiró hondo, sintiendo un momento de alivio.
Sin embargo, algo lo inquietó: huellas recientes de humanos.
Se asustaron.
Los hombres entendieron, aunque con dudas, y se movieron con cuidado, evitando ramas secas que podrían delatar su presencia.
De repente, un ruido quebró la calma: ramas crujieron y hojas se movieron a su alrededor.
Etzel se quedó inmóvil, con los ojos abiertos, evaluando la situación.
De la neblina emergió un ciervo, con los ojos brillantes y atentos.
No huía, solo los observaba.
Etzel entendió: era una señal, un guiño de los guardianes del bosque.
El ciervo avanzó lentamente, mostrando un sendero seguro.
– Sigamos – murmuró, y los hombres obedecieron, aunque su comprensión de la situación era parcial.
Cada paso que daban seguía siendo una mezcla de obediencia y fe ciega en el joven que los guiaba.
La noche cayó y la neblina se volvió más densa, abrazando a los viajeros como un manto protector y opresivo a la vez.
Los sonidos del bosque nocturno eran más intensos, más extraños, y cada sombra parecía tener vida propia.
Etzel avanzaba al frente, dibujando símbolos en la tierra para marcar la ruta, hacer señales de alerta y recordar a los hombres dónde pisar o detenerse.
Horas más tarde, llegaron a un río caudaloso.
Sus aguas rápidas y oscuras reflejaban la luz de la luna apenas visible entre las nubes.
Etzel observó el río con atención, evaluando los puntos de cruce y los riesgos.
Dibujó un signo en la tierra, mostrando con gestos cómo podían atravesarlo: usando troncos, piedras y apoyos improvisados.
Los hombres miraban, comprendiendo solo parcialmente, pero confiando en su guía.
El cruce sería peligroso, y Etzel sabía que cualquier error podría separarlos o hacerlos caer en la corriente.
Sin embargo, la determinación en sus ojos transmitía algo que el lenguaje no podía: la necesidad de sobrevivir juntos y de cumplir la misión que el bosque les imponía.
El primer paso hacia el río fue lento.
Kai y Toti ayudaban a Rui, mientras Zat se aseguraba de que cada uno avanzara con firmeza.
Etzel lideraba, evaluando la fuerza de la corriente, la estabilidad de cada piedra, y haciendo señales constantes.
Cada gesto era vital.
Cada respiración contenida, crucial.
Finalmente, cruzaron.
Exhaustos, empapados y temblando, se sentaron un momento en la orilla opuesta, dejando que el río los llevara a un silencio compartido.
Ninguno hablaba; no hacía falta.
La neblina, los gestos, las miradas y los dibujos en la tierra habían creado un lenguaje propio, un juramento silencioso de unión entre hombres que nunca habían compartido palabras, pero sí peligro y confianza.
Etzel cerró los ojos por un instante, tomando una bocanada de aire húmedo y sintiendo cómo la corriente del río parecía limpiar algo más que el barro de sus pies.
Sus dedos se cerraron sobre el amuleto del jaguar, recordándole que el viaje no había terminado.
Su juramento seguía intacto: avanzar, proteger a los suyos y honrar la memoria de todo lo perdido.
El bosque, testigo silencioso, se inclinaba sobre ellos, y Etzel supo que la verdadera prueba apenas comenzaba.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com