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La sangre ansía respirar - Capítulo 9

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9: Capítulo 9 9: Capítulo 9 Semillas de unión El bosque despertaba lentamente, con un murmullo que parecía susurrar secretos antiguos.

La luz del sol se filtraba entre las hojas como polvo dorado suspendido en el aire, y cada sombra tenía su propio ritmo.

Etzel avanzaba con pasos cautelosos; el barro aún tibio de la noche se pegaba a sus pies, tras una larga caminata después de haber cruzado el río.

A su alrededor, Kai Zat Rui y Toti caminaban atentos, explorando el terreno, sus ojos alertas.

La memoria del río, donde Kai, Zat, Rui y Toti perdieron al hermano menor de ellos, seguía latiendo en sus pechos.

Y la perdida de Etzel de sus abuelos y su hermana gemela, Itzel, tras la cruel quema de su tribu.

Dos perdidas que eran una unión.

Dos presencias de incertidumbre que exigían fuerza y unidad.

Un aroma dulce y terroso llegó hasta Etzel, mezclándose con la humedad del bosque.

Allí, frente a ellos, se alzaba un árbol robusto, con hojas verdes y racimos de frutos redondeados: semillas de ojushte, maduras y brillantes.

El hambre de días sin alimento inmediato se hizo presente, y por un instante, el mundo se redujo a aquella promesa tangible de sustento.

—Mira… —susurró Toti, señalando los frutos—.

Podemos comer, subamos.

Se acercaron con cuidado.

Etzel tocó la cáscara rugosa de la semilla, sintiendo su densidad y promesa de fuerza.

Recolectaron frutos y los colocaron sobre hojas anchas, al sol, mientras preparaban el fuego y las piedras para molerlas.

Cada movimiento estaba cargado de reverencia: cada golpe de piedra sobre la semilla era un recordatorio de que estaban vivos, que podían continuar.

Trabajaron organizados como si entendieran que cada movimiento era orquestado.

—Lo que recibo, regreso un poco, para que la tierra no se entristezca —murmuró Etzel antes de comenzar a triturar las semillas, con voz baja, casi temerosa de romper la magia del momento.

Kai Zat Rui y Toti asintieron, dejando caer unas cuantas semillas al suelo como ofrenda.

Una brisa suave recorrió el bosque, meciendo las hojas y acariciando sus cabellos.

Del follaje descendieron unas aves silvestres, picoteando las semillas al sol, permaneciendo tranquilas cerca del grupo como si comprendieran que allí no había amenaza, solo un instante de paz compartida entre humanos y animales.

Mientras molían y mezclaban las semillas, Etzel escuchaba atentamente los sonidos que Toti y Kai Zat Rui emitían entre ellos.

Eran palabras y gestos, símbolos de objetos, animales y acciones.

Con paciencia, comenzaron a enseñarle a Etzel: —Tzikin —dijo Toti, señalando un ave—.

Pájaro.

—Shik —agregó Kai Zat Rui, señalando una hoja—.

Hoja.

—Atl —dijo Toti, señalando el arroyo cercano—.

Agua.

—Kuali —añadió Kai Zat Rui, con una sonrisa—.

Bueno, fuerza.

Etzel repitió, con cuidado.

Cada sílaba era un hilo que conectaba su mente con la de ellos, cada gesto un puente para comprender la realidad desde su perspectiva.

Al pronunciar las palabras, Etzel notó algo que lo sorprendió: muchas sonaban similares a algunas de su propio dialecto.

—Es… extraño —susurró—.

Algunas palabras son casi iguales entre nuestros idiomas… no hay tanta diferencia.

Ahora entiendo que puedo hablar con ustedes más fácilmente.

Sus compañeros asintieron, satisfechos, y comenzaron a enseñarle más palabras, mientras Etzel repetía y memorizaba, no importaba el tiempo que transcurriera.

—Ollin —movimiento, vida.

—Ixiptla —espíritu, guía.

—Nawat —palabra, lengua.

La harina de ojushte se convirtió en una pasta cálida y nutritiva.

Cada bocado compartido fortalecía sus cuerpos y también el vínculo silencioso entre ellos.

La brisa envolvía sus cuerpos, las aves seguían cerca, y Etzel comprendió que el bosque, el fuego, los frutos y los gestos compartidos se habían transformado en un lenguaje más profundo que el hablado.

—Tzikin, shik… atl… —dijo Etzel, señalando aves, hojas y el río—.

Kuali.

Todo es más claro ahora.

Kai Zat Rui sonrió y Toti asintieron.

Cada palabra aprendida, cada gesto comprendido, cada semilla ofrecida al suelo reforzaba su unión, preparándolos para la misión que les esperaba: rescatar a la hermana de Etzel y recuperar al hermano perdido en el río.

Ahora entendían que no podían fracasar.

La fuerza no estaba solo en los brazos, sino en la comunicación, la confianza y la cooperación entre ellos.

Mientras terminaban de comer, dejaron algunas semillas sobre la piedra caliente como ofrenda.

Etzel respiró profundo, sintiendo la textura del aire, el calor del sol y la energía recuperada en su cuerpo.

Miró a Kai Zat Rui y Toti, y por primera vez sintió que la palabra “nosotros” tenía un peso real: un compromiso silencioso, una promesa de unidad frente a la pérdida y la incertidumbre.

—Lo que recibo, regreso un poco, para que la tierra no se entristezca —repitió Etzel, con firmeza, dejando que la frase flotara en el aire y se mezclara con el murmullo de las hojas, el sonido de un arroyo de agua y el canto de las aves.

Se levantó con cierta reverencia.

Se pusieron de pie, dejando el lugar como un santuario efímero de gratitud y aprendizaje.

Cada palabra aprendida, cada semilla compartida y cada gesto de respeto fortalecía no solo su alianza, sino también su espíritu.

La brisa se llevó suavemente las últimas partículas de polvo dorado, y las aves se alzaron hacia el follaje, como si hubieran recibido su propia ofrenda de paz y armonía.

Etzel observó, comprendiendo que la vida en aquel bosque no estaba hecha de aislamiento, sino de intercambio y respeto.

Lo que se da, se recibe; lo que se respeta, devuelve fuerza y guía.

Y mientras caminaban hacia el río, sabiendo que el camino sería arduo, Etzel sintió que ahora podía hablar con ellos, escucharlos, entenderlos, y ser uno con su grupo, ahora equipo, preparado para enfrentar cualquier obstáculo que les separa de sus seres queridos.

El sol ascendía más alto, la brisa acariciaba sus hombros y las semillas que habían dejado atrás continuaban su danza silenciosa sobre la piedra tibia.

Etzel comprendió que cada acto de gratitud, cada palabra aprendida y cada gesto compartido eran semillas de unión, la fuerza invisible que los mantendría juntos hasta que encontraran a la hermana y al hermano que aún los esperaban.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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