LA SEGUNDA VIDA DEL ODIO - Capítulo 101
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Capítulo 101: Capitulo 101 — Coordinación Letal
Los hermanos se lanzaron al ataque con una coordinación que rozaba la telepatía. Avanzaron en una pinza perfecta, izquierda y derecha, pero justo antes del impacto intercambiaron posiciones en un cruce veloz para confundir los sentidos del enemigo.
El general de brigada, sin embargo, no flaqueó.
—¡No son más que parásitos! —rugió, bloqueando ambos puños con sus antebrazos como si fueran muros de piedra.
Tras el choque, los hermanos retrocedieron de un salto para recuperar el aliento.
—Hermana, si tengo que usar “eso” aquí, te daré la señal —susurró Aren, con la mirada fija en su oponente.
—Entendido —respondió Selene, tensando sus músculos.
Cargaron una vez más. Aren saltó al aire, lanzando una lluvia de golpes para obligar al general a cubrirse la parte superior, dejando deliberadamente un hueco abajo. Selene apareció como un fantasma en ese espacio, lanzando un golpe quirúrgico hacia las costillas del oficial. Pero el general, un veterano de mil batallas, previó el ataque; se movió con una agilidad felina y lanzó una contraofensiva brutal hacia Selene, quien quedó desprotegida por un instante.
—¡Ahora! —gritó Aren.
En pleno aire, Aren forzó su fisiología al límite. Su corazón bombeó sangre a una presión casi insoportable. “Respira más profundo… muévete más rápido”, se ordenó a sí mismo. En un pestañeo que desafió las leyes de la física, Aren desapareció de la vista del general y reapareció detrás de él, igualando y superando su velocidad.
—¡¿Pero qué?! —exclamó el general, con el sudor frío recorriéndole la nuca—. ¡Esto no es posible! ¡¿Qué hiciste?!
Aren sonrió con un esfuerzo titánico y formó un “3” con los dedos de su mano. Selene asintió de inmediato. El plan final estaba en marcha.
Aren se lanzó con una ferocidad renovada. Sus puños se convirtieron en ráfagas continuas, golpeando desde todos los ángulos posibles. El general, desesperado, entró en modo defensivo, bloqueando un golpe tras otro mientras maldecía:
—¡Mierda, mierda, mierda! ¡No puedo esquivarlo!
Aren empezaba a agitarse; sus pulmones ardían por el sobreesfuerzo, pero no se detuvo. Lanzó un último golpe directo al rostro que el general esquivó con un movimiento desesperado hacia su izquierda.
—Era hacia la derecha —susurró Aren con una sonrisa de victoria.
El general se dio cuenta demasiado tarde: Aren lo había guiado justo hacia donde Selene estaba cargando su ataque definitivo. Con una precisión absoluta, el puño de Selene impactó de lleno en la mandíbula del general de brigada. El sonido del hueso rompiéndose fue seco y final. El oficial cayó al suelo, inconsciente, derrotado por la nueva generación de guerreros.
—¡NO LO PUEDO CREER! —gritó la periodista desde el helicóptero, con la voz quebrada por la euforia—. ¡El General de Brigada acaba de caer! ¡Es una victoria histórica! ¡No importa que seamos superados en número, hay una oportunidad! ¡Sigan así!
En la Gran Asamblea, el impacto fue distinto. El Presidente descargó un golpe brutal contra la mesa, haciendo saltar los vasos de cristal. Su rostro estaba desencajado, rojo de una furia ciega.
—¡¿Cuándo mierda aparecerá Aurelio?! —rugió, agarrando a su asistente por la solapa—. ¡Dijo que pelearía!
—Señor, Aurelio ya está en camino —respondió el asistente con voz temblorosa—. Con él en el frente, todavía tenemos la ventaja. Siguen siendo más que ellos; es solo cuestión de resistencia y tiempo.
—Bien —siseó el Presidente, recuperando un poco el aliento—. Que venga Aurelio. Eso es lo único que me devolverá la paz.
El Tablero de Sangre
En el campo de batalla, el agotamiento empezaba a pasar factura a los hermanos, quienes respiraban con dificultad tras su victoria. En contraste, Rafael se movía como si estuviera dando un paseo por el parque. Despachaba a un soldado por segundo con una desidia insultante.
—Qué aburrido… —susurró Rafael, bostezando mientras esquivaba los golpes—. ¡Traigan a alguien que valga la pena!
—¡Este cabrón nos está subestimando! —gritaron los militares—. ¡Todos contra él!
Diez soldados cargaron en masa contra Rafael, quien solo respondió con una sonrisa ladeada y peligrosa.
A unos metros, Tadeo cubría la espalda de Adán en medio de la marea de uniformes.
—Adán, todavía son demasiados —informó Tadeo, jadeando—. Pero a este ritmo, podemos quebrar su formación.
Adán, cuyos ojos nunca se apartaron del objetivo principal, respondió con una frialdad absoluta:
—Yo me encargaré del más fuerte. Tú ve tras el segundo al mando.
—Entendido —asintió Tadeo, lanzándose al flanco.
Adán comenzó a correr. No era una carrera normal; era un proyectil negro cortando el aire hacia el General del Ejército, el hombre con más medallas y poder militar del país. Al ver que la muerte se dirigía hacia él, el General sintió un escalofrío que nunca antes había experimentado. Preso de los nervios, lanzó un golpe desesperado que Adán detuvo con una sola mano, sin siquiera inmutarse.
Adán lo miró directamente a los ojos, con una oscuridad abismal en su mirada.
—¿Qué pasó? Ya no te veo sonreír como hace unos instantes. ¿Qué cambió, eh? ¡DIME QUÉ MIERDA CAMBIÓ! —le gritó, y la onda sonora pareció sacudir al General.
—¡Mocoso! ¡No me hables así! —rugió el oficial, aunque su voz temblaba.
—Ríndete, General —sentenció Adán—. No lo volveré a repetir.
El Encuentro de los Reyes
Justo cuando la pelea entre Adán y el General estaba por estallar, el cielo pareció rasgarse. Cuatro figuras cayeron desde lo alto, impactando contra el suelo con la fuerza de meteoritos: era el equipo de élite que acompañaba el inicio del fin.
En ese mismo instante, los dos pilares de la política nacional entraron en escena. Albert llegó al frente, con una mirada que ya sabía lo que pasaría. Al otro lado, emergiendo desde las filas militares, apareció Aurelio.
Los dos hermanos se acercaron mutuamente. El tiempo se congeló. Ciudad Central quedó en un silencio sepulcral mientras los Reyes se miraban a los ojos. Lo que estaba a punto de ocurrir no solo decidiría la guerra, sino que sacudiría los cimientos de la historia para siempre.
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