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LA SEGUNDA VIDA DEL ODIO - Capítulo 103

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Capítulo 103: Capitulo 103 — Duelo de Hermanos

El impacto de las cuatro figuras contra el suelo levantó una densa nube de polvo. Al disiparse, la cámara del helicóptero captó una imagen surrealista: cuatro hombres vestidos con gabardinas de los años 80, sombreros marrones gastados por el tiempo y el rostro cubierto desde la nariz hacia abajo. Parecían fantasmas surgidos de otra época.

—Después de tanto tiempo… —susurró uno de ellos, ajustándose el sombrero.

El padre de Adán dio un paso al frente; su sola presencia emanaba una presión que hizo que los soldados cercanos retrocedieran por instinto.

—¡PELEAREMOS DEL LADO DE LA CIUDAD! —rugió su voz, clara y potente.

—¡¿Quiénes son estos hombres?! —gritaba la periodista, fuera de sí—. ¡Tienen el rostro cubierto, parecen sacados de una película antigua, pero están de nuestro lado! ¡Y miren allá abajo! ¡No puedo creerlo! ¡Aurelio y Albert están cara a cara! ¡Se viene la pelea de los Reyes!

En la Gran Asamblea, el Presidente estaba pegado a la pantalla, con las venas del cuello a punto de estallar.

—¡MÁTALO, AURELIO! ¡MÁTALO DE UNA VEZ! —gritaba, golpeando el aire con desesperación.

Mientras el mundo se centraba en los hermanos Reyes, Adán ejecutaba su propia danza de muerte. Saltó con una potencia explosiva, lanzando una patada descendente. El General del Ejército, haciendo gala de sus años de entrenamiento, cruzó los antebrazos para bloquear el impacto. El choque fue tan brutal que el suelo bajo las botas del General se agrietó y se deformó, hundiéndose varios centímetros.

—Muy lento —sentenció Adán en el aire.

Al aterrizar, Adán detectó que el General había dejado su abdomen expuesto para intentar un contraataque. Adán lanzó un puñetazo directo al estómago, pero en el último milisegundo cambió la trayectoria. Fue una finta magistral. El General preparó sus músculos para el impacto abdominal, pero el golpe de Adán subió como un rayo, impactando de lleno en su mandíbula.

El sonido fue como el de un mazo contra el hormigón. El General, el hombre más condecorado del país, salió volando varios metros por los aires, rodando por el suelo como un muñeco de trapo ante la mirada atónita de sus subordinados.

El Tiburón Blanco contra el León

A pocos metros de allí, el caos de la batalla pareció desvanecerse para dar lugar a un duelo personal.

Albert (El León), con su aura de nobleza y liderazgo, sostenía la mirada de su hermano. Aurelio (El Tiburón Blanco), frío, calculador y depredador, soltó una sonrisa cínica mientras se quitaba los guantes de gala. El aire entre ellos vibraba; no era solo una pelea de hermanos, era el choque de dos visiones del mundo.

—Albert… —dijo Aurelio, con una voz que cortaba como el hielo—. Deberías haberte quedado en tus negocios.

—Aurelio —respondió Albert, poniéndose en posición de combate—, hoy voy a limpiar el nombre de nuestra familia de toda tu inmundicia.

El León rugió y el Tiburón Blanco se preparó para morder. El duelo que sacudiría a Ciudad Central estaba a punto de estallar.

El Veredicto de Tadeo

En un flanco del campo de batalla, Tadeo encaró al segundo al mando. El aire vibraba alrededor de su relicario.

—He decidido tu veredicto —sentenció Tadeo con una frialdad mística—. Hoy serás ejecutado.

El General soltó una carcajada cargada de arrogancia:

—No me hagas reír, fanático loco.

El combate estalló. Tadeo lanzó su relicario, que silbaba en el aire como una serpiente de metal, buscando atrapar el brazo del enemigo. El General lo esquivó con una maniobra militar perfecta y cargó, obligando a Tadeo a un choque de fuerza bruta. Tadeo lanzó un golpe directo al estómago, pero el General lo detuvo con las palmas. Al separarse, el humo brotaba del puño de Tadeo; la fricción del impacto era tal que quemaba la piel.

Tras recibir una patada que lo hizo retroceder varios metros, Tadeo sintió sus brazos arder bajo la presión. Comprendió que la fuerza no bastaría contra un estratega de ese calibre. Fingió un ataque desesperado lanzando su relicario al aire. El General, confiado, siguió el objeto con la vista, esperando un truco complejo. Pero la verdadera trampa era la simplicidad: Tadeo aprovechó esa fracción de segundo de desconcierto y, balanceando todo su peso en un giro devastador, hundió su puño en el plexo solar del General. El oficial salió disparado por los aires, vomitando sangre antes de tocar el suelo. Tadeo se alzó sobre él como un ángel exterminador.

El Choque de los Reyes: León vs. Tiburón

Mientras tanto, Albert y Aurelio intercambiaban golpes fatales. Ambos puñetazos impactaron simultáneamente en los rostros de los hermanos, salpicando el asfalto con sangre real.

—¡Hermano, eres más resistente de lo que esperaba! —rugió Aurelio, limpiándose la boca.

—Esto apenas comienza —respondió Albert con los ojos encendidos.

Sus manos se entrelazaron en un forcejeo de presión absoluta; los músculos de ambos crujían bajo el esfuerzo, igualados en poder. Aurelio intentó un rodillazo a traición a la mandíbula, pero Albert, con un reflejo de puro instinto, esquivó y derribó a su hermano contra el asfalto. Desde arriba, Albert lanzó un golpe con tal furia que, al fallar por el esquive de Aurelio, fracturó el hormigón de la calle, dejando sus nudillos ensangrentados y el suelo destrozado. Ambos se pusieron de pie, jadeando, envueltos en un aura de destrucción.

El Despertar del Monstruo

Viendo su inminente derrota, el Primer General dio un alarido de desesperación mientras señalaba a Adán:

—¡TODOS! ¡ATAQUEN A ESE CHICO! ¡ES UNA ORDEN! ¡MÁTENLO YA!

Una marea de soldados obedeció, pero una figura elegante se interpuso en su camino. Rafael, ajustándose su único guante blanco, los miró con un desprecio infinito.

—Nadie —dijo con una voz que helaba la sangre— se meterá en esta pelea.

Adán caminó impasible hacia el Primer General. El oficial, sintiéndose como una presa acorralada, maldijo su lealtad a un presidente corrupto y se lanzó en un último esfuerzo suicida. Pero para Adán, el hombre se movía en cámara lenta. En un pestañeo, Adán desapareció, dejando tras de sí una imagen residual. Reapareció al costado del General, sujetó su cabeza con una mano de hierro y la estrelló contra el asfalto con una fuerza tan inhumana que todo el distrito pareció temblar.

El Escuadrón de los 80 observaba la escena desde la distancia, atónitos.

—Ese chico es un monstruo —murmuró uno de los veteranos—. A esa edad y con esa fuerza… es una bestialidad. Creo que ni los cuatro juntos podríamos tocarlo.

Pánico en la Cúpula

—¡EL PRIMER GENERAL HA CAÍDO! —gritó la periodista, cuya voz ya se escuchaba en todo el país—. ¡El hombre más poderoso del ejército ha sido derrotado en batalla!

En la Gran Asamblea, el terror se propagó como una plaga. Los políticos corruptos se levantaron gritando, rodeando al Presidente.

—¡¿Qué hacemos?! ¡Señor Presidente, vamos a caer! ¡Vienen por nosotros!

—¡CÁLLENSE! —rugió el Presidente, aunque el sudor le empapaba la camisa—. ¡Aún no termina! ¡Esperen… esperen, mierda!

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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