LA SEGUNDA VIDA DEL ODIO - Capítulo 105
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Capítulo 105: Capitulo 105 — El Dúo Inesperado
Mientras los Reyes se destrozaban, el general de división observaba el duelo con ojos de buitre. Al ver a Aurelio acorralado, decidió intervenir de la forma más vil.
—Está muy parejo —murmuró—. Acabaré con esto ahora.
Se lanzó como una exhalación para apuñalar a Albert por la espalda. Aurelio, al notar el movimiento, soltó una sonrisa cómplice, esperando el final de su hermano. Pero el destino tenía otros planes. De la nada, una figura elegante y de movimientos precisos se interpuso en el camino: Rafael apareció con la mirada tranquila y una leve sonrisa. Y no venía solo. Ángel, con un traje fino sin llamar demasiado la atención, se encontraba a su lado.
—Por fin… alguien que vale la pena —dijo Rafael, con una sonrisa depredadora.
El general de división apenas pudo reaccionar ante la velocidad de Ángel, quien bloqueó su avance con una técnica impecable. En ese instante, Rafael aprovechó el apoyo de su compañero, saltando por encima de él para descargar una patada feroz que impactó directamente en el rostro del General. El dúo era imparable: la elegancia de los golpes de Rafael y la precisión de los ataques de Ángel se combinaban de una forma letal.
El general de división, desesperado y humillado, gritó con furia:
—¡Solo están jugando conmigo! ¡Estos cabrones solo juegan!
Cargó con todo lo que le quedaba, pero los perdió de vista en un parpadeo. Cuando sus ojos lograron enfocarlos, ya era demasiado tarde. Ambos estaban frente a él, inmóviles, con los puños cargados. En una sincronización perfecta, lanzaron un golpe doble y letal directo a las costillas, perforando su estómago y sentenciando la caída definitiva del último General en pie.
El Juicio de los Reyes
En el centro del asfalto destruido, la pelea familiar se volvía una carnicería. Albert lanzó un puñetazo con el peso de toda su convicción; Aurelio logró desviarlo por milímetros y devolvió el ataque con un golpe cargado de odio, pero Albert lo atrapó con la palma de la mano, como si fuera una garra de hierro.
Sin soltarlo, Albert se elevó en una patada aérea. Aurelio se preparó para el impacto y sujetó la pierna de su hermano, creyendo que lo tenía atrapado, pero Albert giró el torso en el aire con una flexibilidad asombrosa, conectando una segunda patada que Aurelio no vio venir.
—¡Vete a la mierda, hermano! —rugió Aurelio, perdiendo los estribos por el dolor y la frustración.
Albert no respondió con palabras, sino con una sonrisa de acero. Ambos chocaron una vez más, pero esta vez la fuerza de Albert era superior. El “León” estaba cazando. Cuando Aurelio intentó un último agarre desesperado, Albert saltó, evitándolo por completo, y desde el aire descargó un impacto directo que mandó a Aurelio contra el suelo.
Sin darle un segundo para respirar, Albert se abalanzó sobre él. Olvidó el apellido, olvidó la sangre que compartían, y empezó a descargar una lluvia de golpes brutales, hundiendo a Aurelio en el asfalto. El país entero miraba en silencio cómo el gobernador que amaban destruía a su propio hermano.
¡GANAMOS! —el grito de la conductora no era solo una noticia, era el desahogo de toda una nación.
En las casas de todo el país, las familias saltaron de sus asientos, fundiéndose en abrazos y lágrimas; por fin, el aire se sentía limpio. Pero en la Gran Asamblea, el ambiente era de pura descomposición. El pánico corría por los pasillos como fuego. Algunos diputados gritaban aterrados, mientras la minoría honesta, que antes callaba, ahora sonreía con desprecio:
—Ahora verán lo que les pasa, corruptos de mierda.
En medio del caos, el Presidente levantó la cabeza. Su mirada era fría y calculadora.
—Ya sé… —susurró con una sonrisa torcida—. Cuando vengan por mí, los obligaré a ir por la vía legal. Me escudaré en la ley que yo mismo escribí. No podrán tocarme.
LAS HERIDAS DE TRIUNFO
Lejos de la oficina presidencial, el polvo empezaba a asentarse sobre el campo de batalla. En la casa de valeria, los padres de Valeria miraban la pantalla con la boca abierta, estupefactos por el poder de aquel chico de negro.
—Ese joven… es un prodigio —murmuró el padre.
Valeria, con una calma absoluta y el orgullo brillando en sus ojos, sonrió para sí misma:
—Sabía que esto pasaría, mi Adán.
En el asfalto destruido, Adán caminó hacia Tadeo. Su presencia seguía siendo imponente, pero su voz denotaba una preocupación genuina por los suyos.
—¿Alguien de nuestro lado murió?
—No —respondió Tadeo, limpiándose la sangre del rostro—. Tenemos heridos graves, pero todos siguen con nosotros. La mayoría tiene daños leves.
—Bien. Que lleven a los graves al hospital de inmediato. Los que aún puedan caminar, prepárense. Iremos a la Asamblea.
Mientras se reorganizaban, la tensión se rompió con el humor de los hermanos.
—¡Por fin se acabó, hermana! ¡Estoy molido! —exclamó Aren, estirándose.
—¿Tú cansado? Si yo hice todo el trabajo —bufó Selene con una sonrisa burlona.
—¡¿Qué?! ¡Sin mí no habrías ni tocado al General!
—Hermano, por favor… te dejé lucirte para que no lloraras.
—¡Niños, dejen de pelear! —intervino Rafael, caminando con elegancia entre los escombros.
—¡NO SOMOS NIÑOS! —respondieron ambos al unísono, fulminándolo con la mirada antes de volver a discutir entre ellos.
LA UNIÓN DE LOS DESTINOS
En el centro del desastre, Albert permanecía sentado frente al cuerpo derrotado de Aurelio. Suspiró, mirando al cielo.
—Al final… solo estábamos unidos por la sangre, hermano. Nada más.
Una sombra se proyectó sobre él. Adán estaba allí, extendiendo su mano con un gesto de hermandad que valía más que cualquier discurso.
—Albert —dijo Adán con firmeza—. Tenemos que terminar esto. Hay que ir a ese lugar.
Albert tomó el brazo de Adán y se puso en pie, sintiendo el peso de la responsabilidad, pero también la ligereza de la libertad.
—Bien —respondió el León, ajustándose lo que quedaba de su traje—. Hoy, el país cambiará para siempre.
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