LA SEGUNDA VIDA DEL ODIO - Capítulo 109
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Capítulo 109: capitulo 109 — El nacimiento de una nueva nación
La noche cayó sobre la capital, cubriendo con un manto de sombras el rastro de la batalla. Dentro de la Asamblea, los guerreros más fuertes permanecían sentados entre los restos de la vieja política. En el centro, Adán se mantenía de pie, rodeado por un silencio absoluto. Todos esperaban sus palabras.
—Bien. Ahora el país es nuestro —sentenció Adán—. Las leyes corruptas que existían dejan de tener valor desde hoy mismo. Albert, tú te encargarás de este tema.
Albert asintió con solemnidad, aceptando el peso de una nación sobre sus hombros.
—Tú serás el Presidente —afirmó Adán—. Sé que lo harás bien.
—Gracias, Adán. No te fallaré.
La minoría de políticos honestos que sobrevivió a la purga se puso en pie de inmediato.
—¡Ayudaremos a Albert en todo lo que necesite! ¡Entendido!
Tadeo dio un paso al frente, con la mirada fija en el horizonte.
—¿Ahora qué hacemos, Adán?
—Iremos a Alemania —respondió Adán sin dudar—. Recuperaremos ese país a toda costa y terminaremos con el sufrimiento de su gente.
Adán se giró hacia los hermanos.
—Selene, Aren… ¿qué saben sobre los enemigos que nos esperan allá?
Selene tomó la palabra, con un rastro de preocupación en la voz.
—No sabemos mucho; nuestros padres nos mantenían encerrados. Pero escuché que el país está controlado por diez mercenarios de élite, clasificados en una escala de fuerza absoluta. El líder es un monstruo: cuando tomaron el país, él solo acabó con el clan más fuerte de Alemania.
—Y no es el único —añadió Selene—. Los primeros cinco mercenarios son los pilares del régimen. Curiosamente, el Presidente de Alemania solo ocupa el puesto número seis en la escala de poder. El verdadero peligro son los que están por encima de él.
—Así que el líder es el más fuerte… —murmuró Adán, con una chispa de interés en los ojos—. Nada mal. ¿Cómo llegamos a su base?
—La mayoría vive en el gran Palacio Presidencial, en el corazón de la ciudad —explicó Selene—. La mejor forma de llegar es el tren transcontinental. Nos dejará en el centro, aunque seguramente nos detectarán.
—Es un riesgo necesario —decidió Adán—. Si vamos a pie, los guerreros llegarán agotados. Está decidido: partimos hacia Alemania en cuarenta y ocho horas. Mientras tanto, entrenen. Háganse más fuertes de lo que ya son.
Adán se levantó y caminó hacia el grupo de veteranos. Sus ojos se clavaron una vez más en el hombre del sombrero negro y la gabardina vieja. Los compañeros del veterano se tensaron.
—Oye… te está mirando de nuevo —susurró uno, preparándose—. Mierda, van a pelear.
La tensión en la sala subió hasta el límite cuando Adán y el hombre quedaron cara a cara. Todos contenían el aliento, esperando el primer golpe. Entonces, Adán extendió la mano y le tocó el hombro con suavidad.
—Padre —dijo Adán con calma—, avísale a mamá que no dormiré en casa hoy.
Un silencio sepulcral inundó la Asamblea. Los ojos de los guerreros y de los veteranos casi se salieron de sus órbitas.
—Yo le avisaré, hijo —respondió el padre, con una sonrisa de orgullo bajo la máscara.
—¡¿QUÉEEEEEEE?! —gritaron los amigos del veterano al unísono—. ¡Oye! ¡¿Por qué no nos dijiste que este monstruo es tu hijo?!
—Jajaja… no pensé que lo descubriría tan pronto —soltó el padre de Adán con una carcajada ronca.
Adán se dio la vuelta y salió del recinto, dejando atrás el caos y la gloria. La reunión terminó a las dos de la mañana, bajo las estrellas de un país que, por fin, volvía a ser libre.
Adán se dirigía hacia la casa de la persona que más quería. Las calles estaban silenciosas, con el mismo silencio que reinaba en la habitación donde su alma sufría desesperadamente. Mientras caminaba, observaba la luna; bajaba la mirada y volvía a levantarla. De pronto, alzó ambos brazos, queriendo sujetar la hermosa luna, y sonrió mientras decía: —No sé qué quieres de mí, pero espero que me apoyes.
Adán fue hacia la parte trasera de la casa. Allí, a través del cristal, veía dormir a Valeria. Qué lindo duerme…, pensó. Toc, toc. Dio unos toques suaves en la ventana. Valeria se despertó asustada, pero al ver que era él, se calmó rápidamente. Abrió la ventana y le preguntó: —¿Qué haces aquí, Adán? —Vine a dormir contigo.
Valeria se quedó gélida por un segundo, pero Adán la abrazó intensamente y le susurró: —Lo siento si a veces soy muy frío. —No me importa —respondió ella—. Te amo como eres.
De forma firme e inquebrantable, las palabras de Valeria tocaron el alma de Adán. Él sonrió, ella también, y ambos se acostaron. Valeria se acurrucó mientras Adán pasaba su brazo sobre ella; estaban pegaditos.
—¿Estás segura de que quieres acompañarme a Alemania? —preguntó Adán nuevamente. —Sí, Adán. —Entiendo —dijo él, aunque la preocupación se notaba en su mirada—. Valeria, ¿puedo hacerte una pregunta?
Valeria le respondió que no hacía falta pedir permiso. Adán le preguntó sobre su otra vida: —Si yo sufrí mucho y volví… ¿cómo es que tú, que siempre fuiste feliz y nadie te molestaba…?
La mirada de Valeria dejó de ser reluciente. Miró hacia abajo y rodeó con su brazo a Adán, abrazándolo con fuerza, como si lo que estuviera por contar la desgarrara por dentro. —Mis padres murieron cuando yo tenía 21 años. No murieron por un accidente, sino por enfermedad. Primero fue mi padre. Mi madre no soportó estar sin él; eran muy unidos. Cuando murió mi padre, intenté ser fuerte por ella, aunque me rompía por dentro. Yo le daba fuerzas para seguir adelante, pero a mí… nadie me daba esa fuerza. Empecé a sentirme sola, esforzándome por mirar hacia adelante.
Valeria apretó aún más el abrazo. —Luego de un mes, mi madre murió. No soportó lo sucedido; el doctor me dijo que murió de tristeza. Después de eso, dejé de comer, dejé de salir… dejé todo. Ni siquiera dejaba entrar el sol. En mi último respiro, me acosté en el piso y cerré los ojos. Cuando desperté, estaba en mi habitación, pero con cambios. Me alegró volver a estar aquí; es por eso que en esta vida voy a disfrutar al máximo con ellos.
Adán la miró y ambos ojos se encontraron. Él le sonrió y, por un segundo, ella no supo cómo reaccionar. Adán, con sus manos, recorrió las mejillas de Valeria, dándole su calor. Se acercaron más y más, hasta que ambos labios terminaron chocando en un beso.
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