LA SEGUNDA VIDA DEL ODIO - Capítulo 115
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Capítulo 115: capitulo 115 — Una cita antes del destino
Al día siguiente, Adán despertó con un pensamiento claro: esa noche zarparía el barco. Se despidió de sus padres y se dirigió a la casa de Valeria. Al llegar, el padre lo recibió con entusiasmo:
—¡Hola, mi querido Adán!
—¡Basta, papá! —interrumpió Valeria.
—No seas egoísta, hija —se quejó él.
—Yo me lo llevaré; ustedes hablen tranquilos —intervino la madre.
Valeria y Adán rieron y ella sentenció:
—Vayamos.
Mientras caminaban, Valeria miró a Adán y le preguntó:
—¿Qué planes tenemos hoy?
—Lo he estado pensando mucho —respondió él—. Pensé en una cita romántica o en mostrarte la Casa Presidencial. Ya sé… ¿qué tal si te muestro la Casa Presidencial y allí tenemos nuestra cita?
—¡Me encanta la idea!
—Bien —dijo Adán—. Iremos allá.
Tiempo después, al llegar al lugar, Valeria quedó asombrada.
—¡Wow, es muy grande!
Los custodios abrieron rápidamente las puertas y Valeria les agradeció con amabilidad. Adentro, Albert los saludó de inmediato. Valeria le confesó que lo admiraba mucho y que había estado increíble en la batalla.
—Así que el rey tiene una reina —comentó Albert, rompiendo a reír.
Adán lo miró fijamente a los ojos y Albert, captando la indirecta, añadió, nervioso:
—Ah… recordé que tengo algo que hacer. ¡Adiós!
—Adiós, Albert —dijo Valeria mientras seguían recorriendo el lugar.
Adán le mostró los objetos históricos que habitaban la mansión. Luego, llegaron a un salón espacioso, con una mesa en el centro e inundado de flores.
—¿Te gusta? —preguntó Adán.
—¡Me encanta! —respondió ella, feliz.
Adán acompañó a Valeria a su asiento con elegancia.
—Todo un caballero eres, Adán —admitió ella.
—Sigue, sigue —dijo él, agrandándose.
Valeria se negó a seguir alimentando su ego entre risas. Adán destapó la olla que estaba en el medio de la mesa; ambos coincidieron en que olía delicioso. Durante la comida, rieron y hablaron de sus cosas, hasta que, al terminar, Adán abordó lo que vendría:
—El barco saldrá esta noche. ¿Hablaste con tus padres?
—Aún no —respondió Valeria—. Mi padre, al saber que tú estarás conmigo, no se enfadará. Pero mi madre… ella se enfadará; tendré que lidiar con eso más tarde. ¿Y tú?
—Yo ya lidié con eso. A mi madre, al principio, no le agradó, pero terminó apoyándome. ¿Sabes que tendremos que dejar la escuela?
—Lo sé —dijo Valeria con firmeza—, pero vale la pena. Te seguiré, no importa qué.
—Eres tan testaruda —murmuró Adán.
—Lo soy —afirmó ella.
Ambos terminaron riendo nuevamente bajo el techo del nuevo gobierno.
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