LA SEGUNDA VIDA DEL ODIO - Capítulo 116
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Capítulo 116: capitulo 116 — Entre abrazos y destino
De camino a casa, Adán cargó a Valeria. Ella se sorprendió y él le dijo entre risas:
—Seré tu vehículo.
—No eres mi vehículo —afirmó ella—, eres mi motor.
Ambos se besaron nuevamente. Las personas que pasaban por allí se quedaban viendo cómo dos jóvenes apasionados se daban un beso intenso, mientras el sol brillaba con fuerza, bailando al mismo ritmo que ellos dos. De repente, un viento cruzó el lugar e hizo que el gorro de Adán volara. Las personas empezaron a asomarse una tras otra mientras lo señalaban:
—¿No es ese chico el de la televisión?
—¿Hablas del chico increíble que venció a la persona más fuerte del país?
—¡Sí, es él!
— nos descubrieron —dijo Adán.
Ambos empezaron a correr a toda velocidad, divirtiéndose. Al ver un callejón, se escondieron allí mientras sus nombres empezaban a escucharse por toda la ciudad. En la oscuridad del callejón guardaron silencio, pero la mirada entre ellos seguía igual de intensa; no importaba la penumbra, ellos eran suficientes para darle luz al lugar.
Al pasar el tiempo y ver que la gente se había dispersado, tomaron un tren. Sentados, viendo el hermoso paisaje, ambos se quedaron dormidos. Al llegar a la estación, Adán dejó a Valeria en su hogar y le deseó suerte con su madre, mientras él se iba a despedir de los suyos. Al llegar, se despidió de su madre y de su padre, pero este último se negó:
—Hijo, iré contigo. Y no solo yo; el escuadrón que tengo también irá.
—Gracias, padre.
Adán miró a su madre mientras ella lloraba descontroladamente.
Ambos festejaron y abrazaron a la mujer. Al salir por la puerta, padre e hijo se miraron. Adán abrazó a su padre y le agradeció por no dejarlo solo. El padre, manteniéndose firme, le confesó:
—Un padre siempre tiene que proteger a su familia. Tú y tu madre son lo que más tengo que proteger en esta vida.
—Lo sé, padre.
Ambos se dirigieron hacia la casa de Valeria. Mientras tanto, ella le confesaba a su madre lo del viaje. Su madre se negaba, pero el padre intervino:
—Amor, amor, mírame. Sé que es difícil, pero ella quiere hacerlo. Sé que estás preocupada, pero estará bien. Confía en tu hija; ella sabe lo que hace y estará bajo el cuidado de ese grandioso chico. Estará bien, amor mío.
La madre, aún dudando, dijo:
—Me cuesta dejarla ir, pero… hija, ¿tú qué quieres?
—Yo quiero acompañar a Adán —contestó Valeria de forma firme— y estar a su lado haciendo lo correcto.
La madre lloró mientras sonreía y confesó:
—Tu padre es igual de fiel. Así que encontraste a alguien a quien le dedicarás tu vida… lo entiendo perfectamente, hija. Espero que vuelvas a casa.
—¡Te amo, madre! —gritó Valeria mientras corría a sus brazos.
El padre preguntó si había espacio para uno más; la madre le dijo que siempre tendría su lugar, y los tres se abrazaron.
Mientras ese momento hermoso pasaba, en la Casa Presidencial, Ángel hablaba con Albert.
—Mi señor…
Albert lo interrumpió:
—Está bien, quieres ir.
—Mi señor, perdone mi insolencia.
—No hay nada que perdonar —dijo Albert, poniendo su mano sobre el hombro de Ángel—. El poco tiempo que te conocí me hizo ver lo fiel e increíble que eres. Cuídate mucho.
—Sí, mi señor. Haré mi mejor esfuerzo. Gracias por todo y cuídese también.
—Adiós, Ángel.
—Adiós, mi señor.
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