LA SEGUNDA VIDA DEL ODIO - Capítulo 23
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- Capítulo 23 - 23 Capítulo 23 – La noche en que el monstruo despertó
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23: Capítulo 23 – La noche en que el monstruo despertó 23: Capítulo 23 – La noche en que el monstruo despertó En la casa de los padres de Kevin, la luz cálida del comedor iluminaba sus rostros satisfechos.
Reían.
Reían a carcajadas.
—Nadie nos atrapará —decía el padre, orgulloso—.
Esto es justicia de verdad.
—Amo este país —agregó la madre, celebrando—.
Cualquiera puede hacer lo que quiera y salir impune.
JAJAJAJA.
Sus risas resonaron en la casa como un eco grotesco.
Creían haber hecho lo correcto.
Creían haber ganado.
Pero horas más tarde, algo inhumano caminaría esa misma noche.
— Adán bajó del transporte en una calle desierta.
El barrio parecía muerto: sin autos, sin perros, sin luz.
Solo silencio… un silencio que pronto cambiaría.
Sus pasos no sonaban como pasos humanos.
Eran pesados, densos, cargados de oscuridad.
Como si cada avance fuera una sentencia.
Entró sin forzar nada: trepó hasta la ventana del segundo piso y se deslizó dentro de la casa como una sombra.
En la cocina tomó un cuchillo.
Su mirada era más fría que el hielo más antiguo del mundo.
Al pensar que aquella noche pudo haber sido la muerte de sus padres… una rabia oscura se agitó dentro de él.
El verdugo quería actuar.
El verdugo quería cobrar la deuda de sangre.
Subió las escaleras.
Cada peldaño crujía como si temblara ante su presencia.
Llegó al dormitorio.
Abrió la puerta.
Entró.
Sin dudar un segundo, colocó el cuchillo en la garganta del padre de Kevin.
El hombre abrió los ojos de golpe.
—¿Q–qué haces aquí?
—balbuceó, congelado.
Adán habló, su voz más baja que un susurro pero más afilada que el acero.
—Intentaste matarnos.
—¡No!
¡Yo no fui!
—mintió desesperado—.
Escúchame… si haces esto irás a la cárcel.
¿Crees que dejarán libre a alguien sin influencia?
Si te vas, olvidaré lo que hiciste esta noche.
Lárgate.
Fue la última frase que pronunciaría.
La amenaza… El tono… Ese aire de superioridad… Todo eso hizo que Adán se llenara de una furia absoluta.
Sin pestañear, sin un solo temblor, deslizó el cuchillo y abrió su garganta con un corte profundo, limpio, silencioso.
Como un profesional.
Como un depredador.
La madre despertó al escuchar el sonido ahogado y gritó: —¡MONSTRUO!
¡ERES UN MONSTRUO!
Adán comenzó a reír con fuerza.
—¿Un monstruo?
JAJAJAJAJAJAJA Si yo soy un monstruo… ¿qué son ustedes?
Ella retrocedió en la cama, suplicando, temblando.
—N–no, por favor… no… ¡piedad!
Adán no respondió.
La tomó de la cabeza.
Ella forcejeó, lloró, gritó.
—¡SUÉLTAME!
¡SUÉLTAME!
Pero ya no había salvación para nadie en esa habitación.
Adán estampó su cabeza contra la pared con una fuerza brutal.
El impacto abrió un agujero seco, abrupto, y el cuerpo de la mujer se desplomó sin vida.
Silencio.
Solo el silencio y la respiración tranquila del verdugo que acababa de despertar del todo.
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