LA SEGUNDA VIDA DEL ODIO - Capítulo 26
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- Capítulo 26 - 26 Capítulo 26 — El prodigio marcado por la sangre
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26: Capítulo 26 — El prodigio marcado por la sangre 26: Capítulo 26 — El prodigio marcado por la sangre En otro punto de la ciudad, muy lejos del caos reciente, una escena completamente distinta tenía lugar.
En un callejón oscuro, iluminado apenas por una lámpara parpadeante, Tadeo se movía como un relámpago.
Cuatro hombres armados lo rodeaban, pero él los derrotaba casi sin esfuerzo.
Sus golpes eran precisos, secos, calculados.
Para él, aquello no era una pelea: era rutina.
Cuando el último de los atacantes cayó al suelo, jadeando del dolor, una figura encapuchada apareció entre las sombras.
—Tadeo, mensajero de la Santa Iglesia —dijo con solemnidad—.
Fui enviado para llevarte con urgencia.
Los altos ejecutivos te requieren.
Tadeo limpió la sangre de su mano con indiferencia y asintió.
Sabía que no tenía opción.
— El enorme edificio blanco de la Santa Iglesia siempre imponía, pero Tadeo no mostró miedo al entrar.
En el salón principal lo esperaban los cinco ejecutivos, sentados en sus tronos, con expresiones severas.
Entre ellos estaba su padre.
—Bienvenido, nuestro mayor prodigio —dijo uno de los ejecutivos.
Tadeo hizo una reverencia corta, sin emoción.
El ejecutivo principal tomó la palabra: —Hace poco ocurrió un asesinato.
Aún no hay culpables identificados.
Queremos que investigues… y si es necesario, elimines al responsable.
Retírate.
Las palabras retumbaron en la sala como un veredicto.
Tadeo apretó los dientes, conteniendo el enojo.
Sabía que la Santa Iglesia no pedía: ordenaba.
Eran una de las autoridades máximas del país.
Desafiarlos era firmar una sentencia de muerte.
Y él sabía exactamente cómo se ejecutaban esas sentencias.
Un recuerdo lo atravesó como una puñalada: su madre, años atrás, entrando en la habitación equivocada… encontrando papeles que revelaban la corrupción de la Santa Iglesia.
Su padre descubriendo lo que había visto.
Tadeo, siendo apenas un niño, mirando horrorizado cómo su padre la ejecutaba sin dudar.
Había intentado escapar aquella noche, pero su padre lo arrastró a la Santa Iglesia, entregándolo a su sistema.
Allí, su talento excepcional lo convirtió en el prodigio más grande de la institución.
Una herramienta perfecta.
Tadeo respiró hondo y respondió con la voz firme que ellos esperaban oír: —Entendido.
Y salió, sabiendo que, una vez más, no tenía elección.
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