LA SEGUNDA VIDA DEL ODIO - Capítulo 34
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- Capítulo 34 - 34 Capítulo 34 — El precio de la estabilidad
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34: Capítulo 34 — El precio de la estabilidad 34: Capítulo 34 — El precio de la estabilidad Al día siguiente, el ambiente en el aula era extraño.
Había un silencio incómodo, uno que no nacía del respeto, sino de la indiferencia.
El profesor Gustavo carraspeó antes de hablar.
—Antes de comenzar la clase… debo informarles algo.
Camila no volverá a asistir a la escuela.
Algunos alumnos levantaron la vista.
Otros ni siquiera reaccionaron.
—Se ausentará por temas personales —continuó—.
No hagan comentarios innecesarios.
Hubo un par de murmullos apagados.
Nada más.
Para muchos, Camila ya era un recuerdo prescindible.
Adán no reaccionó.
Siguió mirando al frente, como si aquella noticia no tuviera ningún peso.
Valeria, en cambio, sintió un leve escalofrío… pero no preguntó nada.
La clase continuó.
Como si una persona nunca hubiese existido.
— Lejos de allí, en otro punto del país, el verdadero juego se desarrollaba.
Albert Reyes estaba sentado en una larga mesa de madera oscura.
A su alrededor, hombres y mujeres de trajes impecables, acentos distintos, miradas afiladas.
Inversionistas extranjeros.
Gente que no ponía dinero por fe, sino por ganancia.
—Entonces, señor Reyes —habló un hombre europeo, entrelazando los dedos—, usted nos propone invertir en lo que llama Proyecto Reyes de Infraestructura Social Nacional.
Suena… noble.
Pero la nobleza no paga dividendos.
Otro inversionista, asiático, intervino sin rodeos: —¿Dónde está el retorno real?
¿Caridad encubierta o expansión estratégica?
Albert no se inmutó.
No levantó la voz.
No sonrió de más.
—Entiendo sus dudas —dijo con calma—.
Por eso seré claro.
Se inclinó levemente hacia adelante.
—No les estoy pidiendo que inviertan en “ayuda social”.
Les propongo invertir en estabilidad.
Algunos se miraron entre ellos.
—Infraestructura básica —continuó Albert—: energía, transporte, vivienda.
Donde el Estado falla, entra el capital privado.
¿El beneficio?
Contratos a largo plazo, subsidios fiscales, control parcial de sectores estratégicos… con respaldo gubernamental.
—¿Respaldo del gobierno?
—preguntó una mujer norteamericana, arqueando una ceja—.
Eso es una afirmación fuerte.
Albert sostuvo su mirada.
—No invertiríamos sin él.
Silencio.
Otro inversionista habló, con tono más duro: —¿Y qué pasa cuando el clima político cambie?
Los gobiernos caen.
Las promesas también.
Albert asintió.
—Por eso el proyecto no depende de un solo gobierno.
Creamos dependencia estructural.
Una vez que la infraestructura existe, el país no puede prescindir de ella.
Ustedes no invierten en personas, invierten en sistemas.
Eso… llamó la atención.
—¿Y la imagen pública?
—preguntó otro—.
¿Qué ganamos además del dinero?
Albert sonrió apenas.
—Reputación.
Acceso.
Prioridad.
Cuando un país recuerde quién estuvo ahí cuando todo fallaba… sabrá a quién escuchar después.
La mesa quedó en silencio unos segundos.
—En resumen —cerró Albert—: ustedes ganan dinero, influencia y permanencia.
Yo gano crecimiento.
El país gana estabilidad.
Una pausa.
Luego, uno de los inversionistas habló despacio: —…Mande los contratos.
Albert se reclinó en su silla, sereno.
El tablero estaba funcionando.
Y esta vez, las piezas se movían a escala nacional.
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