LA SEGUNDA VIDA DEL ODIO - Capítulo 38
- Inicio
- Todas las novelas
- LA SEGUNDA VIDA DEL ODIO
- Capítulo 38 - 38 Capítulo 38 — Órdenes manchadas de ira
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
38: Capítulo 38 — Órdenes manchadas de ira 38: Capítulo 38 — Órdenes manchadas de ira La sala de reuniones de la Santa Iglesia estaba cargada de una furia casi palpable.
Las enormes columnas de mármol parecían temblar bajo los gritos.
—¡MALDITA SEA!
—rugió uno de los ejecutivos, golpeando la mesa con tanta fuerza que las copas vibraron—.
¡Un prodigio no desaparece así como así!
—¡Es imposible!
—escupió otro—.
Tadeo jamás habría huido sin permiso.
—¡O está muerto!
—gritó una voz—.
¡O alguien se atrevió a tocar lo que es de la Santa Iglesia!
El aire se volvió pesado.
En la cabecera de la mesa, el padre de Tadeo permanecía en silencio… pero su silencio era peor que cualquier grito.
Sus manos estaban cerradas en puños, las venas marcadas, los ojos inyectados en un odio puro.
—Mi hijo… —dijo finalmente, con una voz baja y temblorosa— no regresó.
Algunos ejecutivos desviaron la mirada.
—Nadie sabe dónde está —continuó—.
Ningún informe.
Ningún rastro.
Nada.
De pronto, golpeó la mesa.
—¡NADIE DESAPARECE DE LA SANTA IGLESIA SIN PAGAR UN PRECIO!
Las puertas de la sala se abrieron lentamente.
—Hágalo pasar —ordenó uno de los ejecutivos.
Un hombre alto ingresó.
Su presencia imponía respeto inmediato.
Su mirada era fría, vacía, como si ya hubiera visto demasiada sangre para conmoverse.
Vestía el blanco de la Santa Iglesia, pero su aura era la de un verdugo.
—Bienvenido… Amadeus —dijo uno de ellos—.
Uno de nuestros mejores guerreros.
Amadeus inclinó apenas la cabeza.
—No tenemos noticias de Tadeo —continuó el ejecutivo—.
Queremos que lo busques.
El padre de Tadeo se levantó lentamente de su asiento.
Sus ojos ardían.
—No importa la manera —dijo, clavando la mirada en Amadeus—.
—No importa a quién tengas que aplastar… —Solo tráelo.
Amadeus levantó la vista.
—¿Con vida?
—preguntó con frialdad.
El padre de Tadeo sonrió… una sonrisa torcida, cargada de odio.
—Tráelo —repitió—.
Eso es todo.
Amadeus giró sobre sus talones y se retiró sin decir una palabra.
La cacería había comenzado.
— En otro punto de la ciudad, lejos de los gritos y la ira, el ambiente era completamente distinto.
El padre de Albert Reyes estaba sentado en su despacho, sereno, con las manos entrelazadas.
Frente a él, su investigador personal revisaba una tablet.
—No hay mucho más, señor —informó—.
Ya es público.
El proyecto, la inversión, el apoyo social… todo está a la vista.
—Entiendo —respondió el hombre con calma—.
¿Y Aurelio?
¿Cómo lo tomó?
El investigador dudó un segundo.
—Está furioso.
Una leve sonrisa apareció en el rostro del padre.
—Bien.
Se levantó y caminó hacia la ventana.
—Pronto convocaré una reunión —dijo—.
Vendrán todos mis hijos.
El investigador asintió.
—¿Y acerca del chico?
—preguntó entonces el padre, sin mirarlo—.
¿Descubriste algo?
—Nada fuera de lo común —respondió—.
Es un chico normal.
Va a la escuela.
Rutina simple.
Por ahora, no hay nada sospechoso.
El hombre cerró los ojos por un instante.
—Por ahora… —repitió.
Giró lentamente.
—Sigue manteniéndome informado.
—Sí, señor.
Mientras el investigador se retiraba, el padre de Albert volvió a mirar la ciudad desde lo alto.
Algo se estaba moviendo.
Y cuando fuerzas tan distintas comenzaban a chocar… el equilibrio nunca sobrevivía.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com