LA SEGUNDA VIDA DEL ODIO - Capítulo 49
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Capítulo 49: Capítulo 49 — La mano blanca de la Iglesia
Tadeo fue el primero en moverse.
No dudó.
No pensó.
Su cuerpo reaccionó antes que el miedo.
Corrió directo hacia él y lanzó el golpe, intentando cerrar la distancia, buscando sujetarlo, llevar la pelea al suelo, a su terreno. Pero en el mismo instante en que sus manos estuvieron a punto de tocarlo, el guerrero de blanco se desplazó apenas medio paso.
Fue suficiente.
Una patada descendió como un martillo.
Tadeo logró cubrirse con los antebrazos, pero el impacto fue brutal. Un sonido seco retumbó en la calle vacía. El dolor le recorrió los brazos como una descarga eléctrica; la piel se le entumeció, los músculos temblaron.
—Gh… —escapó un gruñido de su garganta mientras retrocedía.
Sus antebrazos ya comenzaban a tomar un tono violáceo.
El hombre de traje blanco avanzó con absoluta calma, como si nada de eso hubiera sido un ataque serio.
—Hola, Tadeo.
El corazón de Tadeo dio un salto.
—…Así que me conoces.
El hombre sonrió apenas, una sonrisa educada, fría.
—Por supuesto.
—¿Quién…?
—Amadeus.
Los ojos de Tadeo se abrieron un poco más.
—¿Amadeus…? —tragó saliva—. Tú eres… de la élite de la Santa Iglesia…
—Correcto —respondió sin orgullo, sin emoción—. No pongas resistencia. Ven conmigo. Será más sencillo para ambos.
Tadeo escupió sangre al costado y sonrió.
—No.
Amadeus alzó una ceja.
—¿No?
—Tú y la iglesia… —Tadeo apretó los dientes— …pueden irse a la mierda.
La sonrisa de Amadeus desapareció.
En un parpadeo, el aire frente a Tadeo explotó.
Un puñetazo directo al estómago.
El golpe le robó todo el aire de los pulmones. El cuerpo de Tadeo se dobló, y salió despedido varios metros hacia atrás, rebotando contra el asfalto antes de detenerse.
—Gah…! —tosió, escupiendo saliva y sangre.
El mundo le dio vueltas.
Pero aun así… se levantó.
Las piernas le temblaban, la respiración era corta, irregular. Cada inhalación quemaba. Pero levantó la cabeza y volvió a sonreír, una sonrisa rota, obstinada.
—…¿Eso es todo…?
Apretó los dientes y volvió a cargar.
Lanzó un golpe directo al rostro.
Amadeus lo atrapó con una sola mano.
El contraste fue humillante.
—Imprudente.
El contragolpe fue limpio. Preciso.
El puño impactó en la cara de Tadeo y un chasquido húmedo resonó. El mundo se volvió blanco por un segundo. Cayó de rodillas, la ceja abierta, la sangre corriéndole por el rostro.
Su respiración se volvió un jadeo desesperado.
No… todavía no…
Se obligó a levantarse otra vez.
Con un último esfuerzo, lanzó la cadena del relicario, apuntando directo al cuello.
Por un instante… pareció funcionar.
Pero Amadeus atrapó la cadena en el aire.
Sin esfuerzo visible, tiró de ella y estrelló el rostro de Tadeo contra el suelo.
El impacto fue devastador.
El cuerpo de Tadeo tembló. Los brazos ya no respondían. Las piernas no lo sostenían. El dolor era demasiado.
Amadeus lo observó desde arriba, intacto, limpio, como si nada hubiera pasado.
Tadeo apoyó la frente en el suelo frío.
La vista se le nubló.
—…Perdón… Adán…
Su voz apenas fue un susurro.
Y el silencio volvió a caer, pesado, opresivo, mientras la figura de blanco se erguía como un juicio inevitable.
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