LA SEGUNDA VIDA DEL ODIO - Capítulo 60
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Capítulo 60: Capitulo 60 — La voz que incendió a la ciudad
La sonrisa de Albert se desvaneció de golpe.
Se puso de pie lentamente, y el cambio fue tan brusco que la conductora reaccionó de inmediato.
—¿Qué ocurre, Albert? ¿Te sientes bien?
Los camarógrafos se miraron entre sí, confundidos. Nadie entendía qué estaba pasando.
Entonces, las lágrimas comenzaron a caer.
Albert apretó los dientes con fuerza. Su respiración era pesada. Levantó la vista y fijó sus ojos directamente en la cámara principal.
—¡CIUDADANOOOS!
La palabra resonó como un golpe seco.
En miles de hogares, el silencio fue absoluto.
Algunos se llevaron la mano al pecho.
Otros comenzaron a llorar… solo por verlo llorar a él.
Albert habló con la voz quebrada, pero firme.
—Me llegó un documento… uno que me prohíbe hacer el bien por esta ciudad. Me pusieron trabas, castigos, límites… solo por querer ayudar.
Su voz tembló.
—Les pido algo… —continuó—. Peleen. Peleen por la ciudad. Peleen por el bien. Peleen por sus hijos. Yo quiero pelear con ustedes… por favor, ayúdenme.
Albert cayó de rodillas, agotado, derrotado por un sistema que no quería ceder.
Volvió a alzar la mirada hacia la cámara.
—Daría mi vida por ustedes. Y seguiré adelante… no importa cuántas trabas me ponga el gobernador. Incluso sin cabeza, seguiré peleando por ustedes.
Las palabras atravesaron la ciudad como un relámpago.
Uno a uno, los ciudadanos se pusieron de pie.
Desde sofás, camas, cocinas, salas de estar.
Todos apretaron el puño al mismo tiempo.
—¡NUNCA MÁS! ¡NUNCA MÁS!
—¡El gobernador solo busca su propio beneficio!
—¿Por qué atacar a alguien que hace el bien?
—¡Ya nos quitaron demasiado!
—¡Es hora de recuperar la ciudad!
La calle que antes estaba vacía se llenó en segundos.
Multitudes comenzaron a salir.
Muchos con lágrimas en los ojos.
Otros con rabia ardiendo en la mirada.
Otros, apretando los dientes con una decisión que ya no podía romperse.
Un ciudadano alzó la voz entre la multitud.
—¡Tenemos que proteger a Albert! ¡Él es nuestra luz, y nuestra luz no puede apagarse!
Todos asintieron.
—¡Vamos a la oficina del gobernador!
—¡TODOS!
El objetivo era uno solo: sacar del poder al gobernador de la ciudad.
Un diputado llamó desesperado.
—¡OYE! ¿QUÉ ESTÁS HACIENDO AHORA MISMO? ¡TIENES QUE ESCAPAR!
—¿De qué hablas? ¿Estás loco o qué? —respondió el gobernador.
—¡PRENDE LA TELEVISIÓN, YA!
El gobernador tomó el control que estaba sobre la mesa y encendió la pantalla.
Pasó de estar sentado… a quedarse completamente paralizado.
Vio a Albert llorando.
—¿Pero qué…?
Un helicóptero de noticias mostró las calles desde el aire.
La llamada se cortó.
—¡Oye! ¡Oye! ¡OYEEE! —gritó el gobernador al teléfono, pero ya nadie respondía.
Se tomó la cabeza con ambas manos.
—Tengo que escapar… ¡YA!
Pero era tarde.
Desde afuera, el ruido era ensordecedor.
La multitud comenzó a irrumpir, rompiendo todo a su paso.
Estaban cansados.
Cansados de ser ignorados.
Cansados de ser maltratados.
Y no permitirían que su salvador fuera silenciado.
La ciudad… había despertado.
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