LA SEGUNDA VIDA DEL ODIO - Capítulo 65
- Inicio
- Todas las novelas
- LA SEGUNDA VIDA DEL ODIO
- Capítulo 65 - Capítulo 65: Capitulo 65 — lo que el dinero no puede comprar
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
Capítulo 65: Capitulo 65 — lo que el dinero no puede comprar
Lejos de la ciudad.
Lejos del caos, de las noticias y del mundo que comenzaba a cambiar…
Aurelio estaba fuera de sí.
Su respiración era pesada.
Sus manos temblaban.
Un asistente entró a la sala sin saber lo que le esperaba.
Aurelio no dijo nada.
El primer golpe fue directo al rostro.
Luego otro.
Y otro más.
El asistente cayó al suelo, pero Aurelio no se detuvo.
Lo pateó.
Lo golpeó una y otra vez.
—¡¿POR QUÉ MIERDA NO ME SALE NADA?!
—¡NO LO ENTIENDO!
—¡¿POR QUÉ?! ¡¿POR QUÉ?!
Gritaba sin control, descargando toda su furia sobre el cuerpo que yacía inmóvil en el piso.
Todo era consecuencia de su hermano.
De su pérdida.
De su impotencia.
Otros trabajadores estaban sentados alrededor.
Nadie intervenía.
Nadie se atrevía a mirarlo a los ojos.
Sabían que hacerlo… podía ser lo último.
Días después.
En la ciudad.
Adán y Albert estaban frente a frente, reunidos en la oficina principal.
—Felicidades —dijo Adán—. Gobernador.
Albert sonrió.
Una sonrisa enorme, casi infantil.
—La verdad… no esperaba esto.
—Las personas me aman —dijo con orgullo—. ¡Me aman!
—Bien —respondió Adán con calma—. Entonces dime… ¿qué haremos ahora?
Albert se acomodó en su asiento.
Adán lo miró fijamente y comenzó a hablar:
—Para mejorar la ciudad hay que empezar por la justicia.
—Roldán —continuó—, el investigador del asesinato de los padres de Kevin… conviértelo en jefe detective.
Albert asintió sin dudar.
—Además —prosiguió Adán—, nuevas reformas en las leyes.
—Elimina los quinientos pasos legales que un ciudadano necesita para denunciar a un poderoso.
—Endurece las condenas. Para los presos actuales… y para los que vendrán.
Albert tomó aire.
—También necesitaremos más dinero —añadió—. Mucho más del que ya tenemos.
El despacho quedó en silencio.
—Nuestros proyectos necesitan combustible —dijo Adán al fin—.
—Y ese combustible es el oro.
Dio un paso adelante.
—Consíguenos un aliado de peso, Albert. Pero no cualquiera.
—Búscalo entre los justos. Necesitamos una cara limpia… alguien de espíritu noble que otorgue a nuestra ambición el aroma de la virtud.
Los ojos de Adán se endurecieron.
—Recuerda tu lugar, Albert: aquí no manda el Presidente. Mandas tú.
—Cualquier intruso que intente meter las manos en este engranaje que hemos creado… será eliminado.
Su mirada cortó el aire.
—No habrá advertencias.
—Yo dictaré la sentencia.
Adán se dio la vuelta y se marchó sin mirar atrás, dejando tras de sí un silencio absoluto…
uno que Albert no se atrevió a romper.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com