LA SEGUNDA VIDA DEL ODIO - Capítulo 66
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Capítulo 66: Capitulo 66 — Nuestro sacrificio
En un país vecino, exactamente Alemania, un territorio dominado por mercenarios, vivía una familia.
Una familia honesta.
Y eso… no era algo permitido.
El país era una dictadura.
El silencio de la casa fue devorado por el estruendo de unas botas pesadas. No era el sonido de soldados, sino de cazadores. Cuatro sombras se proyectaron contra la ventana, moviéndose con la confianza de quienes saben que su presa no tiene escapatoria.
—Papá, tenemos que irnos… todos juntos —suplicó la niña, tirando de la manga de su padre.
Él no la miró.
Tenía los ojos fijos en la puerta de madera, que comenzaba a vibrar bajo el peso de alguien que esperaba fuera.
El padre buscó la mano de su esposa. Sus dedos se entrelazaron con una fuerza desesperada. Un último adiós mudo.
—Lo siento, vida mía —susurró la madre, y las lágrimas finalmente desbordaron sus ojos—. Mamá no puede correr tan rápido. No esta vez.
El hijo dio un paso al frente, interponiéndose.
—No los dejaré. Puedo luchar, soy fuerte…
—¡Mírame! —el padre lo sujetó por los hombros, obligándolo a sostenerle la vista—. Hay una ciudad protegida más allá de la frontera. Un lugar donde no hay que esconderse para ser honesto. Lleva a tu hermana.
Si te quedas, solo les facilitas el trabajo.
Si te vas… nuestro sacrificio vale algo.
Un golpe seco retumbó en la puerta.
Luego otro.
La madera empezó a astillarse.
—Hijo, te amo —dijo la madre, empujándolos hacia la salida trasera con una urgencia que no admitía réplica—. Ustedes son nuestra victoria. ¡Corran!
La puerta principal cedió con un crujido de bisagras rotas.
Cuatro mercenarios, hombres corpulentos con rostros curtidos por la crueldad, irrumpieron en la estancia. El aire se llenó del olor a sudor y cuero viejo.
—¡Váyanse! —rugió el padre.
El hermano tomó la mano de su hermana. Sus manos pequeñas temblaban, pero él la apretó con la firmeza de un hombre adulto. Saltaron hacia el jardín trasero justo cuando el primer mercenario rodeaba la mesa del comedor.
—¡Mamá! ¡Papá! —el grito de la pequeña se desgarró en el aire frío.
La madre se detuvo un segundo en el umbral de la puerta trasera. Los miró con una mezcla de agonía y orgullo puro.
—¡Los amo! —les gritó, antes de cerrar la pesada puerta de madera y echar el cerrojo desde dentro, atrapándose a sí misma con los mercenarios.
Adentro, se escuchó el forcejeo.
Los mercenarios gruñeron al ver a los niños escapar por la ventana del patio.
—Se van. ¡Rápido, rodeen la casa! —ordenó una voz ronca.
Pero el padre se plantó en medio del pasillo, abriendo los brazos, convirtiendo su propio cuerpo en la única barricada que importaba.
—No darán un solo paso más —dijo, con una voz que no temblaba—.
Para llegar a ellos… tendrán que deshacerme primero.
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