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LA SEGUNDA VIDA DEL ODIO - Capítulo 68

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Capítulo 68: Capitulo 68 — Bajo tierra, hacia la libertad

El tren se detuvo con un lamento metálico. Al bajar, el aire de la estación se sentía distinto: más pesado, cargado de vigilancia. El hermano apretó la mano de la niña al ver las patrullas. Sabía que estaban en el filo del abismo. Sin papeles, sin identidad y bajo el edicto del Dictador, que castigaba la huida con fuego, eran poco más que fantasmas caminando entre lobos.

—Baja la cabeza —le siseó a su hermana—. No mires a nadie.

Caminaron con la vista clavada en sus propios pies, tratando de ser invisibles entre la multitud de mercenarios que custodiaban los andenes. El miedo, sin embargo, nubla los sentidos. En un giro brusco, el hermano chocó contra un pecho sólido como una roca.

—Perdón… lo siento mucho —balbuceó el joven, con el corazón saltándole en la garganta.

Al levantar la vista, se encontró con un hombre mayor. No vestía uniforme, pero sus ojos eran agudos, capaces de leer el pánico en el rostro de los niños. El hombre miró a su alrededor, notando cómo un par de guardias empezaban a prestarles atención.

—Vengan conmigo a mi casa —dijo el desconocido en voz baja, con un tono que no aceptaba réplicas—. Aquí afuera, el aire tiene oídos. Es peligroso.

Aterrados, pero sin más opciones, lo siguieron hasta una pequeña vivienda cerca de las vías. Al cruzar el umbral, el frío que traían en los huesos desde Alemania pareció derretirse. La casa olía a leña y a algo dulce que no habían olido en años. El hombre, cuya expresión se había transformado en una sonrisa bondadosa, les sirvió dos tazas de chocolate caliente.

—Beban. El miedo se pasa mejor con algo dulce —dijo el anciano.

Mientras el calor del chocolate les devolvía el color a las mejillas, el hermano confesó la verdad. Le habló del sacrificio de sus padres, de los mercenarios manchados de sangre y de la ciudad libre que era su única meta. El hombre escuchó en silencio, con la mirada perdida en el vapor de las tazas.

—Entiendo —susurró finalmente—. Intentar cruzar la frontera por las vías legales es una sentencia de muerte. El Dictador prefiere ver cenizas antes que ciudadanos libres.

El hombre se inclinó hacia ellos, bajando aún más el tono de voz, y sus ojos brillaron con la chispa de la resistencia.

—Existe una manera. Una vieja ruta que los mercenarios creen olvidada. Pero necesitarán más que suerte para atravesarla. Escuchen bien…

El anciano se levantó y caminó hacia un pesado aparador de madera. Con un esfuerzo que le hizo gruñir, lo desplazó apenas unos centímetros, revelando una trampilla de hierro oxidado oculta bajo una alfombra raída.

—Hace años, antes de que el Dictador tomara el poder, este lugar era una bodega —susurró, señalando la oscuridad que se abría bajo sus pies—. Pero hoy es el único camino que el hierro de los mercenarios no puede alcanzar. Es un túnel antiguo. Cruza por debajo de la frontera.

El hermano se asomó al hueco. Un aire húmedo, con olor a tierra vieja y a olvido, le golpeó el rostro. Miró a su hermana; ella sostenía su taza de chocolate con ambas manos, temblando no por el frío, sino por la magnitud de lo que tenían por delante.

—Es largo —advirtió el anciano, entregándole al muchacho una pequeña linterna de aceite cuya llama bailaba débilmente—. Tendrán que caminar en silencio. Las raíces de los árboles han agrietado el techo en algunos tramos, y si hacen mucho ruido, la tierra podría reclamarlos. Pero si logran llegar al final, verán una rejilla. Al cruzarla, estarán en suelo libre.

El hermano tomó la linterna. Su peso se sentía como el de una responsabilidad sagrada. Miró al hombre, que ahora lo observaba con una tristeza profunda, como si viera en ellos a todos los que no lograron escapar.

—¿Por qué nos ayuda? —preguntó el chico en un susurro—. Se está jugando la vida.

El anciano le puso una mano en el hombro. Sus dedos estaban llenos de callos, pero su toque fue suave.

—Porque alguien tiene que sobrevivir para contar que una vez fuimos honestos. Porque sus padres no murieron para que ustedes se detuvieran en una estación de tren.

El hermano asintió, tragando saliva. Ayudó a su hermana a bajar los primeros peldaños de la escalera de mano. Justo antes de cerrar la trampilla, el hombre les entregó un pequeño trozo de pan envuelto en tela.

—No miren atrás —fue lo último que dijo antes de que la madera del aparador volviera a sellar el mundo exterior—. El futuro solo está hacia adelante.

Ahora, los dos hermanos estaban en la oscuridad absoluta, iluminados solo por el pequeño círculo de luz de la linterna. El silencio era tan denso que podían escuchar sus propios corazones latiendo al unísono, mientras comenzaban a caminar por las entrañas de la tierra, huyendo de los hombres que querían verlos arder.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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