LA SEGUNDA VIDA DEL ODIO - Capítulo 70
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Capítulo 70: Capitulo 70 — La promesa bajo tierra
Llevaban una hora tragando polvo y humedad. Las piernas de la hermana se doblaron y terminó de rodillas sobre el suelo de tierra.
—Descansemos… —suplicó ella con un hilo de voz—. Por favor. Me duele todo y… tengo mucha hambre.
El hermano se detuvo de inmediato. Le dolía el alma verla así. Con manos temblorosas, desenvolvió el trozo de pan que el anciano les había dado. Era pequeño, apenas un bocado frente a la inmensidad de su cansancio. Lo partió por la mitad y se la extendió.
—Come esto —le dijo con suavidad.
Miró la otra mitad. Su estómago rugía como un animal hambriento, pidiéndole clemencia, pero cerró el puño y volvió a envolver el resto.
No es para mí, se juró en silencio. Si ella se debilita, moriremos los dos. Yo puedo aguantar el vacío; ella no.
Mientras ella masticaba lentamente, intentando que cada migaja durara lo máximo posible, una pequeña sonrisa iluminó su rostro sucio.
—Cuando lleguemos a la ciudad libre… —susurró la hermana, con ojos soñadores— podremos dormir sin miedo, ¿verdad? Viviremos tranquilos. Tendremos paz.
El hermano guardó silencio un momento. Sus ojos, antes llenos de la luz de la infancia, ahora parecían dos pozos de ceniza.
—Lo siento, hermana —dijo, y su voz sonó más vieja de lo que su cuerpo indicaba—. Pero yo no quiero paz. No puedo tenerla mientras esos mercenarios sigan respirando el mismo aire que nosotros. Quiero vengarme. Quiero que nuestro país deje de sangrar. Quiero que paguen por mamá, por papá… y por el señor de la cabaña.
La hermana dejó de comer. Lo miró a los ojos y vio la llama oscura que ardía en ellos. No sintió miedo; sintió una lealtad absoluta. Se acercó y le tomó la mano con fuerza.
—Si tú peleas, yo pelearé a tu lado, hermano —sentenció, borrando cualquier rastro de debilidad—. Donde tú vayas, iré yo. Te amo.
El hermano sintió que el nudo en la garganta casi le impedía respirar. La rodeó con sus brazos, escondiendo el rostro en el hombro de su hermana para que no sintiera sus lágrimas.
—Yo también te amo, hermana. Más que a nada.
Se pusieron de pie. El hambre seguía ahí, la oscuridad los rodeaba y los mercenarios los buscaban arriba… pero ahora ya no eran solo dos niños huyendo.
Eran dos sobrevivientes.
Y una promesa.
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