LA SEGUNDA VIDA DEL ODIO - Capítulo 71
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Capítulo 71: Capitulo 71 — Donde empieza la libertad
Después de seis horas eternas, donde el mundo era solo tierra y oscuridad, una chispa de luz hirió sus ojos. No era la llama débil de una lámpara, sino un sol radiante que se colaba por el final del túnel. Salieron tropezando, respirando el aire puro del bosque que rodeaba la frontera. Frente a ellos, imponente y bañada en oro por el atardecer, se alzaba la gran ciudad.
—Lo logramos… —susurró el hermano.
Se abrazaron con una fuerza que amenazaba con romperles las costillas. Era un abrazo que contenía el miedo del tren, el frío de la estación y el peso de los que se quedaron atrás. Por primera vez en días, sus sonrisas no eran forzadas.
Encontraron un riachuelo cristalino que serpenteaba entre los árboles. El agua estaba helada, pero para ellos era un tesoro. La niña se arrodilló y empezó a tallar su rostro con energía.
—¡Por fin, agua de verdad! —exclamó ella, salpicando a su hermano—. ¡Ahora podré verme más bonita para cuando entremos a la ciudad!
El hermano soltó una carcajada limpia, un sonido que no sabía que aún podía producir.
—¿De qué te ríes? —preguntó ella, fingiendo estar ofendida mientras intentaba peinar su cabello enredado.
—De nada, nada… —respondió él, negando con la cabeza—. Es solo que… tienes razón. Te ves mucho mejor.
Caminaron una hora más hasta que el asfalto reemplazó la tierra. La niña se detuvo en seco, maravillada. Los edificios desafiaban al cielo, con cristales que reflejaban el sol; no había rastro del gris ceniza de su país, ni de los gritos de los soldados, ni del miedo que se respira en las dictaduras. Era un mundo de colores vivos.
—Es tan distinto… —murmuró ella.
—Es la libertad, hermana. Pero aún no estamos a salvo. Tenemos que cruzar la ciudad para llegar al centro.
Llegaron a la estación central, pero el muro del dinero se interpuso en su camino. No tenían una sola moneda, solo sus piernas y su astucia. Esperaron a que el tren hacia el distrito principal comenzara a cerrar sus puertas.
—¡Ahora! —gritó el hermano.
Se escabulleron por debajo del brazo de un revisor, pero el agudo sonido de un silbato rasgó el aire.
—¡Eh, ustedes dos! ¡Deténganse! —rugió un guardia de seguridad, corriendo tras ellos.
El corazón les dio un vuelco. Corrieron por el andén mientras el tren empezaba a ganar velocidad. El hermano saltó primero y, colgándose de la barandilla, extendió la mano hacia su hermana. Ella la tomó justo a tiempo, mientras el guardia quedaba atrás, perdiéndose en la distancia del andén.
Se desplomaron en el suelo del vagón, jadeando, con los rostros encendidos por la adrenalina. Se miraron y, al unísono, estallaron en una sonrisa de oreja a oreja. La ciudad pasaba a toda velocidad por la ventana, llena de promesas.
El hermano miró hacia el cielo, como si pudiera atravesar las nubes y la distancia para llegar hasta donde estaba su casa.
—Lo logré, padre —susurró para sí mismo—. Están a salvo.
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