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LA SEGUNDA VIDA DEL ODIO - Capítulo 72

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Capítulo 72: Capitulo 72 — La luz en la oscuridad

Las horas en el tren se desvanecieron entre el traqueteo constante y el cansancio. Cuando finalmente bajaron, la ciudad que bajo el sol parecía un paraíso se había transformado por completo. La oscuridad lo cubría todo, y el silencio de las calles resultaba sepulcral.

—¿Y ahora qué hacemos? —susurró la hermana, mirando las casas dormidas.

El hermano no respondió de inmediato. Se quedó rígido, con todos los sentidos en alerta.

—Espera… espera. No hables —ordenó en un soplido.

De la nada, el sonido regresó.

Clac.

Clac.

Clac.

El golpe rítmico de botas contra el pavimento rompió el silencio. Cuatro sombras se recortaron al final de la calle. Eran ellos.

—Ese anciano resultó ser un rival difícil, ¿eh? —soltó uno de los mercenarios entre carcajadas—. ¡Ja, ja, ja! Sí, pero nadie escapa por mucho tiempo.

Al oír eso, un fuego abrasador le quemó el pecho al hermano. Apretó los dientes con tanta rabia que la mandíbula le dolió. Quería lanzarse contra ellos, quería gritar, quería pelear hasta que no quedara nada… pero sabía la verdad.

Todavía no tenía la fuerza suficiente.

Tomó a su hermana del brazo y comenzaron a retroceder lentamente, buscando fundirse con la oscuridad. Pero el destino es caprichoso. El pie de la pequeña resbaló, y el sonido seco de la caída rasgó el silencio de la calle desolada.

—¿Qué fue eso? —la voz de un mercenario se volvió aguda—. ¿Escucharon?

El hermano le tapó la boca con la mano, sintiendo el sudor frío recorrerle la piel. Retrocedieron paso a paso, mientras el sonido de las botas enemigas se hacía más rápido, más pesado… más cercano.

Fue entonces cuando la vieron.

En medio de la calle, alzándose como un gigante de piedra, estaba una iglesia. Una enorme cruz yacía sobre el edificio, desafiando a la noche. Pero no fue la arquitectura lo que los atrajo, sino la luz que emanaba desde su interior: un brillo extraño, casi irreal, que parecía llamarlos en medio de la desesperación.

Los mercenarios también los vieron.

—¡Ahí están! —rugieron.

El hermano no lo pensó más. Apretó la mano de su hermana con toda la fuerza que le quedaba y ambos echaron a correr. Sus pies golpeaban el suelo con desesperación, el viento les azotaba el rostro y el corazón les latía en la garganta. Detrás, los cuatro asesinos ganaban terreno, gritando promesas de muerte.

Corrieron con toda su alma hacia la luz de la iglesia, directos al encuentro con lo desconocido, mientras los pasos de los mercenarios resonaban justo detrás de sus espaldas.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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