LA SEGUNDA VIDA DEL ODIO - Capítulo 73
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Capítulo 73: Capitulo 73 — El juicio del abismo
El eco de sus botas contra el empedrado era una sentencia de muerte. Cada zancada les quemaba los pulmones, pero la silueta de la iglesia seguía viéndose dolorosamente lejana. De pronto, un grito desgarrador cortó el aire.
—¡Hermano, nos alcanzan! —el pánico en la voz de su hermana era un látigo.
—No mires atrás —jadeó él, estirando la mano hacia ella—. ¡Ya casi estamos!
Pero el destino fue más rápido. Unos dedos enguantados se enredaron en el cabello de la niña con una violencia inhumana. El tirón fue tan seco que el cuerpo de su hermana voló hacia atrás, golpeando el suelo con un impacto sordo que le robó el aliento.
El chico frenó en seco, derrapando. Frente a él, cuatro sombras se alzaron como muros de acero. Los mercenarios reían, un sonido gutural que apestaba a tabaco y sangre.
—Al fin —gruñó uno, limpiándose el sudor de la frente—. Ese viejo sí que resultó duro de pelar.
—Cierto —secundó otro con una sonrisa podrida—. Verlo patalear mientras lo hundíamos en el agua fue lo mejor de la tarde. Sus súplicas daban risa.
El tercer hombre, cuya mirada recorría al chico con una lascivia enferma, se pasó la lengua por los labios agrietados.
—Después de terminar con tu padre, me encargué de que tu madre no se sintiera sola. La disfruté cada segundo antes de que se apagara.
El mundo alrededor del chico desapareció. Ya no había miedo, solo un incendio blanco que le consumía las venas. Apretó los dientes hasta que sintió que iban a estallar. Sin pensarlo, lanzó un puñetazo cargado con todo su odio. El golpe impactó en la mandíbula del mercenario, pero el hombre apenas ladeó la cabeza, escupiendo un poco de sangre antes de volver a mirarlo con desprecio.
—Vaya, vaya… el cachorro tiene agallas —se burló el líder.
La respuesta fue un golpe masivo que le impactó de lleno en el rostro. El chico sintió el crujido de su propio tabique; el sabor metálico de la sangre inundó su boca al instante. Cayó de rodillas, con el mundo girando en una neblina roja. Mientras intentaba ponerse en pie con los brazos temblorosos, el rechinar de una madera pesada rompió el silencio.
Las puertas de la iglesia se abrieron de par en par.
El aire se volvió denso, cargado de una electricidad estática que erizaba la piel. El viento, antes furioso, se transformó en un susurro pesado cuando las puertas terminaron de ceder.
Desde la penumbra del templo emergió una figura. No caminaba: avanzaba con la parsimonia de un depredador que sabe que la cacería ha terminado. Sus ojos no eran simples ojos; eran un vacío tan oscuro como el abismo, capaz de absorber la luz de la calle. Tras él, como sombras fieles, marchaban los seis exalumnos de la Santa Iglesia y Tadeo, flanqueando a su líder con una disciplina aterradora.
Adán se detuvo a pocos metros del caos.
—¡Por favor, ayúdennos! —suplicó la hermana desde el suelo, con la voz rota por el terror.
Los mercenarios, que momentos antes reían con arrogancia, sintieron un escalofrío instintivo. Sin darse cuenta, retrocedieron un paso.
—Esa mirada… —susurró uno de ellos, con el pulso tembloroso—. Tiene los mismos ojos que el líder de todos los mercenarios.
El jefe del grupo tragó saliva para ocultar su propio miedo. Dio un paso al frente y desenvainó.
—¡No sean cobardes! —rugió a sus hombres—. Es solo una persona débil.
Luego sonrió.
—Esa cara de tranquilidad me molesta… ¿qué tal si te la arranco?
El hermano, con el rostro cubierto de sangre y la vista nublada, buscó la figura de Adán con desesperación y suplicó que salvara a su hermana.
El líder mercenario se abalanzó contra Adán como un toro enfurecido, lanzando un golpe cargado de muerte.
Pero el puño nunca llegó a su destino.
Antes de que Adán tuviera que parpadear, Tadeo se materializó frente a él. Con una calma insultante, detuvo el ataque en seco, sujetando la muñeca del mercenario con la fuerza de una prensa de hierro. Los huesos del hombre crujieron bajo el agarre.
—Tú no eres rival para Adán —sentenció Tadeo, con una voz que sonó como una tumba cerrándose.
Adán ni siquiera miró al hombre que intentó matarlo. Su vista permaneció fija en el horizonte, fría e implacable. Movió apenas los labios, dictando una sentencia que no admitía réplica:
—Mátenlos a todos.
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