LA SEGUNDA VIDA DEL ODIO - Capítulo 74
- Inicio
- Todas las novelas
- LA SEGUNDA VIDA DEL ODIO
- Capítulo 74 - Capítulo 74: Capitulo 74 — Donde nace la determinación
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
Capítulo 74: Capitulo 74 — Donde nace la determinación
La violencia fue un relámpago. No hubo un combate, sino una ejecución coreografiada. En un abrir y cerrar de ojos, los cuatro mercenarios yacían en el suelo, sus risas apagadas para siempre en una calle silenciosa.
Los hermanos se quedaron petrificados. El chico, con la sangre todavía goteando de su barbilla, y la chica, aferrada a su hermano, contemplaron la escena con una mezcla de horror y alivio. Por primera vez en mucho tiempo, el peso en sus pechos se evaporó. No era solo que sus captores estuvieran muertos; era la certeza de que, ante la figura de Adán, el mundo ya no podía hacerles daño. La libertad, que antes parecía un sueño borroso, ahora brillaba ante ellos con la fuerza de un incendio.
Adán se giró hacia ellos. Su mirada seguía siendo un abismo, pero sus palabras fueron un refugio.
—Entren al edificio —ordenó Adán, señalando la imponente estructura que una vez fue el corazón de la Santa Iglesia—. Este lugar ya no pertenece a los caídos. Ahora es mío. Y aquí estarán a salvo. Veo por sus ojos que pasaron por mucho, así que recupérense para que el día de mañana logremos cosas juntos —dijo Adán, mientras les sonreía.
Los hermanos obedecieron, arrastrando sus cuerpos exhaustos hacia el edificio. Esa noche, el sueño no estuvo poblado de pesadillas, sino de un silencio sepulcral y bendito.
Al siguiente día
El sol del amanecer no era como otros; nació con una intensidad dorada que parecía purificar las calles. En su casa, Adán se despidió de sus padres con la calidez de un hijo ejemplar, una faceta que nadie asociaría con el hombre que dio una sentencia de muerte la noche anterior. Antes de marchar, se detuvo un segundo bajo el umbral, cerró los ojos y sonrió al sentir el calor en su rostro. Era una paz breve antes de la rutina.
Al llegar a la escuela, el bullicio habitual lo recibió.
—¡Hola, Adáaaaaan! —el grito de Valeria cortó el aire.
Entraron al salón al mismo tiempo, desatando un incendio de murmullos entre los bancos.
—Míralos, cada vez están más cerca —susurró una chica detrás de su cuaderno.
—¿No serán novios en secreto? —respondió otro, asintiendo con picardía—. Se nota a kilómetros.
Adán y Valeria se sentaron en silencio, ignorando las miradas curiosas, justo cuando el profesor Gustavo entró al aula con una carpeta bajo el brazo y una sonrisa de oreja a oreja.
—¡Atención, clase! Les traigo la noticia que todos esperaban: ¡falta muy poco para que terminen las clases!
El salón estalló. Gritos de júbilo, carpetas golpeando las mesas y un coro de “¡Por fin!” llenaron el aire.
—¿Qué harás en vacaciones? —se preguntaban unos a otros, mientras el profesor reía entre dientes.
—Chicos, tranquilos, que sigo aquí y lo escucho todo —bromeó Gustavo, tratando de recuperar un orden que ya se había perdido en los sueños de libertad de sus alumnos.
Mientras tanto, en el edificio que antes pertenecía a la Santa Iglesia…
El sol entraba por las ventanas. Los hermanos despertaron al unísono, compartiendo el mismo sobresalto de quien teme estar todavía en una pesadilla. La hermana se giró de inmediato hacia él.
—¿Estás bien, hermano? —preguntó con la voz suave, examinando las heridas de su rostro.
—Estoy bien… mucho mejor —respondió él, con una chispa de vida que ayer no tenía.
Con un esfuerzo gruñido y la ayuda de su hermana, el joven se puso en pie. La curiosidad los guió hacia el piso inferior, de donde provenía un estruendo rítmico de impactos y jadeos. Al asomarse, se quedaron sin aliento: los seis alumnos de la noche anterior entrenaban con una ferocidad incansable. Eran borrones de movimiento bajo la mirada de acero de Tadeo, quien corregía cada postura con precisión quirúrgica.
Al verlos, Tadeo hizo una señal para que el entrenamiento continuara y se acercó a los hermanos.
—¿Cómo se sienten hoy? —preguntó con una amabilidad que contrastaba con su imponente físico.
—¡Mucho mejor! —respondieron ambos.
En los asientos que había en ese lugar, Tadeo se sentó al lado de los hermanos. El joven, incapaz de contener la pregunta que le quemaba la lengua, soltó:
—El chico de ayer… se llama Adán, ¿verdad? ¿Quién es él realmente?
Tadeo miró hacia el suelo un momento, como buscando las palabras para describir algo inabarcable.
—Es nuestro líder —dijo finalmente—. Adán es una persona con una moral inquebrantable. Nos protege a todos, sin importar quién sea el rival o qué tan alto sea el precio. Ese es él.
—¿Qué tan fuerte es? —insistió el joven, recordando cómo los mercenarios temblaron ante su presencia.
Tadeo sonrió, una sonrisa cargada de un respeto absoluto.
—Si tuviera que medir el poder de Adán, diría que no tiene límites. Es como si un dios hubiera decidido habitar un cuerpo humano. Cuando lo veas pelear de verdad, entenderás por qué lo digo.
El chico apretó los puños, sintiendo una llama nueva arder en su pecho. Miró a Tadeo a los ojos, con una determinación que no tenía el día anterior.
—Entréname. Yo también quiero pelear.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com