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LA SEGUNDA VIDA DEL ODIO - Capítulo 77

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Capítulo 77: Capitulo 77 — El nido de víboras

El domingo nació con un cielo de cristal. Adán y Albert llegaron al aeropuerto cuando la ciudad aún dormía, camuflados entre los viajeros del primer vuelo hacia Brasil. En la cabina del avión, los dos mundos se separaban: Albert, pegado a la ventanilla, contemplaba el océano de nubes bañadas por el sol.

—Es hermoso —susurró Albert, maravillado por la inmensidad del cielo.

Adán, en cambio, no buscaba paisajes. Permanecía inmóvil, con los ojos cerrados y la respiración pausada. No estaba durmiendo; estaba calculando. Para él, ese vuelo no era un viaje, era un puente hacia una oportunidad que podía salvarlos a todos o ser, simplemente, una elegante trampa de falsa esperanza.

El Nido de Víboras

Mientras ellos surcaban las nubes, en lo más profundo del corazón del gobierno, exactamente en la casa presidencial, el aire se sentía viciado. Seis hombres rodeaban una mesa de cristal tan pulida que reflejaba sus rostros severos y hambrientos de poder. Allí estaban los generales de más alto rango: el general de brigada, el general de división, el teniente general y, por encima de todos, el general de ejército, el más condecorado y el que mayor poder ostentaba en el país.

Entre ellos sobresalía Aurelio, el hermano de Albert. Sus ojos, fríos y desprovistos de afecto fraternal, se clavaron en el mapa extendido sobre la mesa.

—Estoy convencido —dijo Aurelio, rompiendo el silencio con una voz que cortaba como el acero—. Mi hermano tiene las manos manchadas con lo ocurrido en esa ciudad. Él es el nexo con todas esas muertes. Quiero venganza por todo lo que me hizo. Quiero vengarme cueste lo que cueste… y claro, tengo mucho dinero —añadió, mirando a todos, mientras los demás reaccionaban con sonrisas cómplices.

El general de ejército asintió, tamborileando sus dedos sobre el cristal.

—Tienes razón. Desde que Albert se instaló allí, el orden se ha desmoronado. Se ha convertido en un cáncer para nuestra estructura.

El presidente, recostado en su silla de cuero, dejó escapar una risa seca y carente de humor. Una sonrisa burlona se dibujó en su rostro mientras entrelazaba los dedos.

—El derramamiento de sangre es un negocio sucio… pero a veces es necesario para limpiar el camino —sentenció el mandatario—. No podemos permitir que una figura como Albert amenace el sistema que tanto nos ha costado construir.

La decisión cayó como una guillotina sobre la mesa.

—Tenemos que acorralarlo. Y cuando no tenga salida, matarlo.

Todos asintieron. No eran líderes preocupados por la justicia; eran piezas de un engranaje corrupto que veía en Albert una amenaza para su reinado de sombras. La orden estaba dada: Albert debía morir.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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