LA SEGUNDA VIDA DEL ODIO - Capítulo 79
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Capítulo 79: Capitulo 79 — La mirada que no teme
Albert no perdió el tiempo. Las palabras empezaron a brotar de él con la urgencia de un hombre que carga el peso del mundo.
—Necesitamos tu ayuda financiera, Rafael. Una inversión sin precedentes.
Rafael se reclinó en su silla, entornando los ojos.
—¿A qué se debe tanta prisa? —preguntó—. Para mover el capital que tú pides, el motivo debe ser extraordinario.
—Haremos algo grande —respondió Albert, su voz vibrando con una convicción casi religiosa—. Algo que cambiará el destino de la humanidad. Necesitamos barcos, Rafael. Buques de gran calado.
Rafael abrió los ojos de par en par. Sus manos, antes quietas, empezaron a moverse sobre el escritorio, traicionando la ansiedad de su curiosidad.
—¿Barcos? ¿Para qué exactamente?
—Este país necesita líderes que lo lleven por el camino correcto —continuó Albert—. Pero no nos detendremos aquí. El mundo se está desmoronando. En Alemania, en Japón, en China… en cada rincón la gente sufre bajo la bota de la corrupción y el horror. Queremos salvarlos de ese sufrimiento. Queremos pelear por los que no pueden.
Rafael dejó escapar una risa seca, incrédula.
—Lo que dices es una locura, Albert. Hablas de una guerra global contra sistemas establecidos y ni siquiera tienes un ejército visible. Es suicida.
—Parece una locura —admitió Albert—, pero te aseguro que ganaremos esta guerra.
Rafael guardó silencio, escrutando al empresario. La desconfianza empezó a nublar su rostro.
—¿De dónde viene esa confianza ciega? Nadie cree en milagros sin tener una prueba.
Entonces señaló con un gesto brusco a Adán, que permanecía como una estatua de hielo en su asiento.
—Ese chico es interesante, ¿no crees, Albert?
Adán no parpadeó. Su rostro era un lienzo en blanco, carente de cualquier emoción humana. Rafael se puso en pie lentamente, sin apartar la mirada del joven.
—Estás demasiado tranquilo. Sé que han pasado cosas brutales en tu ciudad. Empiezo a sospechar que él es la razón por la que estás tan seguro de la victoria.
En un abrir y cerrar de ojos, el aire silbó. Rafael lanzó una patada lateral con una velocidad fulminante, deteniéndola a escasos milímetros del rostro de Adán. El viento del golpe sacudió el cabello del chico, pero él ni siquiera cerró los ojos. No hubo un espasmo de miedo ni un intento de defensa. Solo una indiferencia absoluta ante la posibilidad de la muerte.
Rafael retiró la pierna lentamente, respirando con dificultad, asombrado.
—Ahora entiendo… —susurró Rafael, mirando de cerca el abismo en los ojos de Adán—. Entiendo tus palabras, Albert.
Adán se puso en pie con una elegancia gélida. No dijo nada sobre el ataque. Simplemente miró a su socio.
—Te veré en unos días, Albert —sentenció.
Albert asintió, comprendiendo que Adán necesitaba espacio.
En cuanto la puerta se cerró tras el joven, el silencio en la oficina se volvió pesado. Rafael miró el lugar donde Adán había estado sentado y luego miró a Albert.
—Estoy adentro —dijo Rafael con voz firme—. Cuentas con mi capital.
Albert dejó escapar un suspiro de alivio, una sonrisa iluminando su rostro por primera vez.
—Bienvenido al equipo, Rafael.
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