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LA SEGUNDA VIDA DEL ODIO - Capítulo 82

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Capítulo 82: Capitulo 82 — La mirada del anciano

El lunes amaneció bajo un manto de calor intenso que se filtraba entre las copas de los árboles, mientras el sol de la mañana teñía de naranja el horizonte del Amazonas. Adán despertó con el primer rayo de luz. Paula ya lo esperaba, impaciente por mostrarle su mundo.

—¡Ven, Adán! ¡Te enseñaré todo! —exclamó la niña, tirando de su mano con una energía contagiosa.

Los padres observaban desde la entrada de su casa, asombrados por la rapidez con la que su hija había creado un vínculo con aquel extraño. Paula saltaba por el sendero, señalando cada rincón con orgullo.

—¡Mira! De ese pozo sacamos el agua —dijo, señalando una estructura de piedra antigua—. Es muy, muy profundo, ¿verdad?

—Lo es —respondió Adán, observando el reflejo del cielo en el fondo del agua cristalina.

Poco después, el aroma a leña y comida fresca los llamó de regreso. Durante el desayuno, el silencio se volvió pesado, hasta que el padre de Paula, con el rostro marcado por la preocupación, se dirigió al joven.

—Por favor, vete hoy mismo. No queremos que quedes enredado en nuestra guerra.

Adán dejó de tragar y lo miró con una serenidad inquebrantable.

—Me niego, respetuosamente —dijo.

A lo que el padre, muy preocupado, respondió:

—Pero puedes morir. Esto no es un juego, Adán.

Paula sujetó la mano de su padre y le dijo:

—Adán sabe lo que hace, papá. Por favor, confía en él.

El padre, sin más remedio, aceptó que se quedara.

Tras la comida, Adán salió a caminar solo. Necesitaba sentir el pulso del bosque antes de que llegara el conflicto. Se internó por un sendero poco transitado hasta que, entre la maleza espesa, divisó una estructura diferente. No era una casa común de la aldea; era una construcción vieja, que parecía sostenerse por la voluntad de los espíritus, desordenada y cubierta de musgo.

En el lugar, una figura encorvada lo esperaba. Era un hombre cuya piel parecía la corteza de un árbol antiguo, apoyado sobre un bastón de madera tallada. El anciano alzó una mano temblorosa y le hizo una señal.

—Ven, muchacho. Acércate.

Adán obedeció sin dudarlo. Al entrar, el caos del interior olía a hierbas secas y a tiempo detenido.

—Toma asiento —dijo el viejo con una voz que sonaba como el crujir de las hojas secas—. Eres nuevo, ¿verdad?

—Llegué ayer —respondió Adán, acomodándose en un taburete de madera.

El anciano lo escrutó con unos ojos nublados por la edad, pero que conservaban una lucidez aterradora.

—Veo que pasaste por mucho —sentenció el viejo, clavando su mirada en las pupilas de Adán—. Puedo verlo en tus ojos. Hay un peso en tu alma que no pertenece a este tiempo.

Sin esperar respuesta, el anciano comenzó a apilar astillas de madera para encender un pequeño fuego.

—Te prepararé un té. La paciencia es la primera lección de la guerra, y tú pareces tener mucha —añadió, mientras el primer humo del fuego empezaba a subir hacia el techo de paja.

Adán esperó en silencio, observando al viejito, producto de su curiosidad.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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