LA SEGUNDA VIDA DEL ODIO - Capítulo 89
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Capítulo 89: Capitulo 89 — Conquistador del Amazonas
Adán se lanzó contra los generales. Los cuatro se dispersaron, ocultándose tras los troncos milenarios en un intento desesperado por flanquearlo. Pero para Adán, el bosque no era un obstáculo: era maleza. Recordando las lecciones de su maestro, soltó una patada lateral con una potencia sísmica; el árbol que servía de escudo al cuarto general estalló en astillas de madera y savia, desintegrándose al contacto.
—¿Qué demonios es esto…? No puede ser… —balbuceó el hombre entre la polvareda.
Antes de que pudiera retroceder, la mano de Adán se cerró en su garganta como una prensa hidráulica. Lo alzó en el aire, usándolo como un cebo sangriento para atraer a los demás.
—¡NO VENGAAAAN! —logró aullar el general con el último hilo de voz que le quedaba.
El aviso fue inútil. El sonido de las vértebras rompiéndose bajo los dedos de Adán marcó el inicio del fin.
—Llegaron tarde —soltó Adán con una carcajada maníaca que erizó el vello de los supervivientes.
Cegados por la furia, los tres generales restantes cargaron al unísono. Fue un error. En un abrir y cerrar de ojos, la silueta de Adán desapareció del suelo para materializarse sobre sus cabezas. El aire se comprimió. Era su técnica registrada: una volea descendente con la fuerza de un meteorito. El impacto no solo mandó a volar a los generales como muñecos de trapo, sino que la onda expansiva segó los árboles circundantes en un radio de veinte metros.
—No es un humano —susurraban los aldeanos, aterrados desde la distancia—. Es un dios. O un demonio.
En el centro del cráter, los generales gemían sobre el barro, bañados en su propia sangre.
—Mierda… mierda… —tosió uno de ellos, intentando inútilmente levantarse—. Somos tres… ¿cómo es posible que un chico…?
Adán caminó hacia ellos con una calma aterradora, su risa aún resonando entre los troncos caídos.
—¿Por qué se creen tan fuertes, siendo tan patéticamente débiles?
El primer general, impulsado por un último destello de orgullo suicida, intentó una carga final. Apenas dio el primer paso, Adán ya estaba frente a él. La mera presencia del chico emanaba una presión tan pesada que el equilibrio del general colapsó, obligándolo a caer de rodillas.
Adán le sujetó la mandíbula con una fuerza descomunal. El sonido de los dientes estallando y cayendo al suelo como granizo fue lo único que se escuchó.
—Mira esta cara —susurró Adán, con los ojos brillando de forma salvaje—. Es lo último que vas a ver en tu vida. Patético.
El golpe final no fue un puñetazo, fue una ejecución. El impacto levantó una columna de polvo que pudo verse desde ciudades vecinas. El ejército brasileño, apostado a kilómetros de distancia, observaba con horror cómo el horizonte de la Amazonía se hundía y los árboles caían en cadena. No era una guerra: era la ferocidad de un solo hombre. Adán conquistando el Amazonas.
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