LA SEGUNDA VIDA DEL ODIO - Capítulo 99
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Capítulo 99: Capitulo 99 — La verdad que condena
En los límites de la ciudad, cerca de la ciudad central, un ejército silencioso aguardaba. Desde los jóvenes alumnos de la Iglesia hasta los guerreros del Amazonas, permanecían inmóviles como estatuas de guerra. Los ciudadanos en los edificios cercanos observaban desde sus balcones, confundidos y aterrorizados por la masa de gente que había aparecido de la nada.
Tadeo caminaba entre las filas, con una calma que infundía respeto.
—Escuchen bien —ordenó con voz firme—. Adán vendrá pronto. Hasta que él no dé la orden, nadie se mueve. Mantengan la posición.
A lo lejos, el horizonte empezó a llenarse de figuras militares. Soldados de élite, con el pecho cubierto de medallas, se posicionaban creando una barrera de muerte. Aren y Selene se miraron; la emoción de la batalla hacía que sus nuevas habilidades vibraran bajo su piel. Al lado de Tadeo, Rafael revisaba sus guantes blancos con una tranquilidad gélida, como si estuviera esperando un simple trámite.
Mientras tanto, en la pantalla nacional, el tiempo se detuvo.
Albert se inclinó hacia la cámara, sus ojos brillando con una determinación feroz.
—¡HOY TOMAREMOS EL PAÍS! —gritó, y su voz retumbó en cada rincón del país.
En su oficina del monolito de cristal, su padre observaba la transmisión. Una lágrima de orgullo rodó por su mejilla al ver que su hijo finalmente se había convertido en el rey. El león de la familia Reyes había aparecido.
—¡Escuchen con atención! —continuó Albert—. ¡Que nadie salga de sus hogares! ¡Los que están en la calle, busquen refugio ahora mismo! ¡Vamos a pelear! ¿No están cansados de la corrupción? ¿No están hartos de que nos roben la vida? ¡Les diré la verdad: el Presidente acaba de dar la orden de matarme! ¡Va a enviar un ejército entero contra su propio gobernador para callar la verdad!
El caos estalló en las calles. La gente se miraba entre sí, el miedo luchando contra la indignación. La confianza en Albert era absoluta; si él lo decía, era una verdad de sangre.
En la Gran Asamblea, el estallido fue inmediato. El Presidente se puso en pie de un salto, con el rostro deformado por la furia. A su alrededor, la mayoría de los diputados y senadores gritaban insultos hacia la pantalla, temiendo por sus propios privilegios. Sin embargo, en los rincones de la sala, una pequeña minoría guardaba silencio, mirándose con esperanza.
—Esto puede salvar al país… Albert, rezaremos por ti —susurraban.
—¡VETE A LA MIERDA, ALBERT! —rugió el Presidente, golpeando la mesa—. ¡Mientes! ¡Yo lo doy todo por esta nación y tú vienes a manchar mi nombre!
El mandatario volvió a sentarse, tratando de controlar el temblor de sus manos. Se giró hacia su asistente y dio la orden:
—No me importan los métodos. No me importa si tienen que destruir el edificio de televisión. Mátenlo a toda costa. ¡YA!
—Entendido, señor —respondió el asistente—. Le llevaré este mensaje al general.
En ese preciso instante, el mundo empezó a moverse más lento. La orden de fuego había sido dada. Pero a lo lejos, una silueta negra comenzaba a verse: un traje oscuro como si robara el color mismo del abismo. Pronto, la máxima oscuridad llegará al lugar… y no será nada bueno.
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