La Sombra que Fui - Capítulo 10
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10: La grieta en el muro 10: La grieta en el muro El resto de la tarde, Camila se sintió expuesta, como si cada mirada en el campus fuera la de Julián, analizándola, desarmándola.
Su advertencia no había sido una amenaza vacía; era una demostración de poder.
Él no solo la estaba observando, sino que estaba investigando sus movimientos, conectando hilos que ella creía ocultos.
¿Cómo sabía de su reunión con Ricardo Vargas?
¿Tenía a alguien siguiéndola?
La paranoia era un veneno que se extendía rápido.
Decidió refugiarse en el único lugar donde podía pensar con claridad: la biblioteca.
Se sentó en su rincón habitual de la última fila, pero los libros de Derecho Romano parecían escritos en un idioma alienígena.
Las palabras de Julián resonaban en su cabeza: «Hay arañas mucho más grandes que tú».
¿Se refería a su tío?
¿O había alguien más en la sombra, alguien que incluso Julián temía o respetaba?
Un ligero golpe en su mesa la sacó de su espiral.
Lucía estaba de pie, con una expresión inusualmente seria.
Dejó caer una botella de agua frente a Camila.
—Pareces un fantasma —dijo en voz baja—.
¿Todo bien?
Vi tu encontronazo con Traje Caro.
Parecía que te estaba proponiendo matrimonio o amenazándote de muerte.
Con él, nunca se sabe.
Camila forzó una sonrisa que no llegó a sus ojos.
—Un poco de ambas cosas, probablemente.
—Sea lo que sea, no dejes que te afecte —Lucía se sentó a su lado—.
Ese tipo se alimenta del miedo de los demás.
Lo mejor que puedes hacer es ignorarlo.
«Ignorarlo ya no es una opción», pensó Camila.
Él había revelado su mano.
Quería que ella supiera que él sabía.
Quería desestabilizarla.
—Tienes razón —mintió Camila—.
No vale la pena.
Pero mientras Lucía empezaba a hablar sobre el próximo tema del club de debate, la mente de Camila estaba en otra parte.
Julián la había subestimado antes, viéndola como un juego.
Ahora, la veía como una amenaza.
Y eso lo hacía infinitamente más peligroso.
Al día siguiente, mientras caminaba hacia su clase, una voz la detuvo.
—Montalbán.
Camila se giró.
Era Sofía de la Torre.
Estaba parada a unos metros de distancia, con los brazos cruzados, luciendo tan incómoda como la última vez que hablaron.
Pero hoy, la hostilidad en su mirada había sido reemplazada por una cautelosa curiosidad.
—Hola, Sofía —dijo Camila, manteniendo una distancia respetuosa.
Sofía vaciló un momento, como si las palabras se le atascaran en la garganta.
—Ayer… después de que el galerista se fuera… busqué su nombre en internet.
Marcio Rivas.
Es legítimo.
Respaldado por críticos importantes.
Pero hay algo que no encaja.
Camila esperó, sin decir nada.
—Sus colecciones —continuó Sofía, dando un paso tentativo hacia ella—, se centran en el arte abstracto de posguerra.
No en escultores novatos.
Su interés en mi pieza es… improbable.
Anoche llamé a la galería para confirmar, como me dijo.
La asistente fue muy amable, pero cuando pregunté cómo el señor Rivas había oído hablar de mi trabajo, se puso nerviosa.
Dijo que fue a través de una «recomendación anónima».
El silencio se extendió entre ellas.
Sofía la miraba fijamente, sus ojos oscuros buscando una verdad que parecía temer y necesitar al mismo tiempo.
—No sé de dónde sacaste el dinero, ni por qué lo hiciste —dijo Sofía, su voz apenas un susurro—.
Pero fuiste tú, ¿verdad?
Camila no lo negó.
Mentir ahora sería un insulto a la inteligencia de Sofía y destruiría cualquier posibilidad de confianza.
—Sí —admitió con calma—.
Fui yo.
Sofía cerró los ojos un instante, procesando la confirmación.
No parecía enfadada.
Parecía… confundida.
—¿Por qué?
¿Es una especie de caridad?
¿Una forma de limpiar la conciencia de tu familia?
—No —dijo Camila, con una sinceridad que resonó en el pasillo vacío—.
No es caridad.
Y mi conciencia no tiene nada que ver con la de mi familia.
Lo hice porque tu trabajo es extraordinario.
Porque merecía ser visto y valorado por lo que es: el testimonio de algo real.
Y porque… —dudó un segundo—, porque creo que tenemos un enemigo en común.
La palabra «enemigo» flotó entre ellas.
Sofía abrió los ojos, su expresión endureciéndose de nuevo, pero esta vez era una dureza defensiva, no agresiva.
—No tengo nada que ver con tus batallas familiares, Montalbán.
—Esto va más allá de mi familia —insistió Camila—.
Se trata de nuestros padres.
De lo que realmente le pasó a Alejandro de la Torre.
Creo que no se fue.
Creo que lo obligaron a irse.
Y creo que mi tío tuvo algo que ver.
Sofía desvió la mirada, el conflicto evidente en su rostro.
Una parte de ella quería rechazar a Camila, mantener ese muro de resentimiento que la había protegido durante años.
Pero otra parte, la parte que siempre había sospechado que la historia oficial era una mentira, estaba escuchando.
—Mi madre nunca habla de ello —dijo Sofía, con la voz quebrada—.
Cada vez que mencionaba a tu padre o a la empresa, se encerraba en un silencio de hielo.
Todo lo que sé es que un día mi padre lo tenía todo, y al siguiente, éramos solo nosotros dos, en un apartamento diminuto, y él era un hombre roto.
Murió un par de años después.
Dijeron que fue el corazón.
El dolor en su voz era una herida abierta.
Camila sintió una punzada de empatía tan fuerte que casi dio un paso para consolarla, pero se contuvo.
No era el momento.
—Lo siento mucho, Sofía.
—No quiero tu lástima —replicó ella, aunque sin la fuerza de antes—.
Quiero saber por qué haces esto ahora.
¿Qué quieres de mí?
—Quiero la verdad —dijo Camila—.
Y para encontrarla, necesito tu ayuda.
No te pido que confíes en mí.
Te pido que confíes en tu instinto.
Sabes que hay algo mal en esa historia, lo has sabido siempre.
Tu escultura lo grita.
No hubo respuesta inmediata.
El timbre sonó, llamando a los estudiantes a clase.
El pasillo comenzó a llenarse de gente, rompiendo la burbuja de intensidad que las rodeaba.
—Tengo que irme —dijo Sofía, dando un paso atrás, como si despertara de un trance.
—Piénsalo —dijo Camila—.
No tienes que darme una respuesta ahora.
Pero si decides escuchar, estaré en la cafetería del centro esta noche, a las ocho.
Sofía la miró una última vez, una mezcla indescifrable de duda, dolor y una diminuta chispa de esperanza en sus ojos.
Luego se dio la vuelta y se perdió entre la multitud.
Camila se quedó inmóvil, sintiendo el peso de la conversación.
No sabía si Sofía acudiría a la cita.
Había abierto una grieta en el muro, pero el muro aún podía derrumbarse sobre ella.
Mientras se dirigía a su propia clase, sintió de nuevo esa mirada invisible.
En la distancia, apoyado contra una pared, Julián la observaba.
No sonreía.
Su expresión era pensativa, casi sombría.
Acababa de presenciar el encuentro.
Acababa de ver a Camila forjar una posible alianza.
Y en su mente calculadora, la mariposa a la que había subestimado estaba empezando a tejer una red propia.
Una que él no controlaba.
Y eso, Julián Ortega no lo podía permitir.
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