La Sombra que Fui - Capítulo 12
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12: Un eco en el desván 12: Un eco en el desván Sofía se enfrentó a la puerta de la casa de su madre como si fuera la entrada a una tumba.
Era un pequeño bungalow en un barrio tranquilo, un lugar lleno de flores bien cuidadas y de un silencio que pesaba.
Su madre, Elena de la Torre, era una mujer frágil que había construido un santuario alrededor de su dolor, y cualquier mención al pasado era como tirar una piedra contra un vitral.
La encontró en el jardín trasero, podando unas rosas con una precisión meticulosa.
—Mamá —dijo Sofía, su voz más suave de lo habitual.
Elena se giró, una sonrisa cansada en su rostro.
—¿Sofía, cariño?
Qué sorpresa.
¿No deberías estar en la universidad?
—Tenía un hueco.
Quería preguntarte algo.
La sonrisa de su madre vaciló.
—¿Algo grave?
—No, no.
Es… sobre papá.
La tensión fue inmediata.
Elena dejó las tijeras de podar en un banco, su cuerpo repentinamente rígido.
—Ya hemos hablado de esto, Sofía.
Remover el pasado no le hace bien a nadie.
—Lo sé, mamá.
Pero es para un proyecto de arte.
Una exposición.
Quiero hacer una pieza inspirada en sus primeros trabajos, en sus diseños.
Necesito ver sus cuadernos antiguos.
Recuerdo que guardó todo en una caja de madera, antes de que nos mudáramos.
¿Todavía la tienes?
La excusa era plausible.
El arte era el único idioma en el que madre e hija aún podían comunicarse sin discutir.
Elena la miró, sus ojos buscando cualquier rastro de engaño.
—Esa caja… —murmuró, desviando la mirada hacia la casa—.
Ha estado en el desván durante veinte años.
No creo que haya nada de valor allí, solo viejos papeles.
—Para mí tienen valor —insistió Sofía, con suavidad—.
Por favor, mamá.
Es importante para mi carrera.
Elena suspiró, una rendición agotada.
—Está bien.
Pero no quiero ver nada de eso por aquí.
Lo que encuentres, te lo llevas.
No quiero esos fantasmas en mi casa.
Media hora después, Sofía estaba en el desván, un espacio bajo y polvoriento que olía a tiempo estancado.
La luz que se filtraba por un pequeño tragaluz iluminaba montañas de objetos olvidados, cubiertos con sábanas blancas.
La encontró en una esquina, debajo de una pila de viejos álbumes de fotos.
Era una caja de madera oscura, pesada, sin cerradura.
Con el corazón latiéndole con fuerza, la arrastró hacia la luz y levantó la tapa.
El olor a papel viejo y tinta la golpeó.
Dentro, perfectamente ordenados, había docenas de cuadernos de bocetos, planos enrollados y carpetas llenas de documentos.
Eran los restos de una vida profesional, los huesos del sueño que había sido Montalbán & De la Torre.
Sofía se sentó en el suelo polvoriento y abrió el primer cuaderno.
Las páginas estaban llenas de los trazos rápidos y seguros de su padre.
Vio diseños de edificios que nunca se construyeron, ideas para parques urbanos, bocetos de logos.
Pero entre los dibujos, encontró anotaciones.
Frases sueltas, cálculos, nombres.
En una de las últimas páginas de un cuaderno fechado justo antes de su partida, encontró algo que la heló.
Era una lista de nombres bajo el título «Inversores Fantasma – Proyecto San Carmelo».
El primer nombre de la lista era Alberto Montalbán.
A su lado, entre paréntesis, una anotación escrita con una letra enfadada y temblorosa: «Desvío de fondos.
A.M.
lo sabe y no hace nada.
R.M.
se niega a escucharme».
R.M.
Rafael Montalbán.
Debajo, había más nombres que no reconocía, pero la última línea era un garabato casi ilegible, como si lo hubiera escrito con rabia.
«Me amenazaron.
Mi familia.
Sofía».
Sofía sintió que el aire se le escapaba de los pulmones.
No era una disputa de negocios.
Era una amenaza.
Habían usado su nombre, el de una niña pequeña, para silenciar a su padre.
Con manos temblorosas, sacó su teléfono y le envió un mensaje a Camila.
No explicó nada.
Solo escribió tres palabras.
—La he encontrado.
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