La Sombra que Fui - Capítulo 17
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- Capítulo 17 - 17 La trivialidad de la guerra
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17: La trivialidad de la guerra 17: La trivialidad de la guerra El bar «El Búho Lector» era exactamente lo que su nombre sugería: un local de paredes forradas de estanterías con libros de segunda mano, mesas de madera gastada marcadas por cientos de vasos y una iluminación tan tenue que fomentaba la conspiración o la confesión.
Era el cuartel general no oficial de los estudiantes de Humanidades, y el equipo de defensa de Camila desentonaba maravillosamente.
Cuando llegó, ya estaban todos allí, apiñados en una mesa redonda.
Teo presidía el caos con una jarra de cerveza en la mano, mientras Lucía discutía apasionadamente con el chico de las gafas, cuyo nombre era David, sobre la ética de la vigilancia en la era digital.
La experta en patentes, Ana, escuchaba con una pequeña sonrisa, como si estuviera catalogando los argumentos.
Camila se detuvo un segundo en la entrada.
Esta escena era ajena a ella.
En su vida anterior, sus noches se dividían entre cenas de negocios con Julián y horas extras en la oficina.
La camaradería despreocupada era un idioma que había olvidado cómo hablar.
—¡Nuestra intrépida líder ha llegado!
—gritó Teo al verla, levantando su jarra—.
¡Un brindis por la mujer que hace temblar a los tiburones con un simple rumor!
Las miradas se volvieron hacia ella.
Camila sintió una oleada de incomodidad, pero la forzó a bajar.
Se acercó a la mesa y se sentó en el único hueco libre, junto a Lucía.
—Solo soy tan buena como mi equipo —dijo, intentando sonar relajada.
La noche de trivial comenzó.
Las preguntas abarcaban desde historia antigua hasta cultura pop.
Al principio, Camila se mantuvo en silencio, observando.
Vio cómo Teo respondía con una confianza pasmosa a preguntas de filosofía y literatura, cómo David conocía fechas y datos oscuros, y cómo Ana sorprendía a todos con un conocimiento enciclopédico sobre ciencia ficción.
Lucía, fiel a su estilo, respondía solo a las preguntas sobre revoluciones y movimientos contraculturales.
Eran un mosaico de conocimientos extraños y maravillosos.
—Vamos, Cami, tu turno —dijo Teo, señalando la pantalla donde apareció la nueva pregunta: «¿Qué corporación del siglo XX fue desmantelada por el gobierno de EE.UU.
bajo la Ley Sherman Antitrust?
—Standard Oil —respondió Camila al instante, sin dudar.
Todos se giraron a mirarla.
—Correcto —dijo Teo, impresionado—.
¿Cómo sabías eso tan rápido?
—Mi padre me hacía leer historias de magnates y monopolios en lugar de cuentos de hadas —respondió Camila, y por primera vez, una pizca de su verdadero yo se filtró.
No hubo amargura en su voz, solo el eco de un recuerdo lejano y agridulce.
Poco a poco, empezó a relajarse.
Contribuyó con respuestas sobre economía, derecho e historia corporativa.
Se encontró riendo de los chistes malos de Teo y participando en los debates absurdos que surgían entre preguntas.
Por un par de horas, no fue la heredera vengativa ni la estratega calculadora.
Fue solo una estudiante, rodeada de gente que, por alguna razón, había decidido confiar en ella.
—Sabes —le dijo Lucía en voz baja, mientras Teo y David discutían si Blade Runner era o no un western futurista—, pensé que no vendrías.
No pareces del tipo que va a bares.
—Estoy intentando cambiar eso —admitió Camila.
—Bien.
Porque esta gente te sigue.
No solo porque eres inteligente.
Te siguen porque les plantaste cara a Ortega y a su club de fans —Lucía la miró con seriedad—.
Pero necesitan saber que no eres como él.
Que no los ves como peones.
Las palabras de Lucía dieron en el clavo.
¿Era eso lo que estaba haciendo?
¿Usarlos?
La línea entre el liderazgo y la manipulación era peligrosamente delgada, y Camila caminaba sobre ella cada día.
Mientras el juego terminaba (quedaron en un honroso segundo lugar), Camila observó a su equipo.
Vio a Ana riendo, su habitual timidez disuelta por la cerveza.
Vio a David gesticulando apasionadamente.
Vio a Teo, el pegamento social que los unía a todos.
Eran más que recursos para su guerra.
Empezaban a ser… amigos.
Y eso la asustaba más que cualquier amenaza de Julián.
Porque los amigos te hacen vulnerable.
La noche terminó con una promesa de repetir la experiencia.
Mientras se despedían en la calle, Teo le dio un golpecito amistoso en el hombro.
—Buen trabajo esta noche, Capi.
No solo con las respuestas.
Con esto —dijo, señalando al grupo que se dispersaba entre risas.
Camila asintió, sintiendo una calidez extraña.
Mientras caminaba sola hacia su apartamento, la sensación de bienestar se desvaneció lentamente, reemplazada por la fría realidad.
Había sido una tregua, no la paz.
Y no sabía que desde el otro lado de la calle, sentado en un coche oscuro, alguien la había estado observando.
No a ella, sino a las personas con las que había estado.
Tomando nota de las interacciones, de las sonrisas, de los gestos de camaradería.
El hombre al volante no era Julián.
Era un investigador privado, un profesional discreto que trabajaba con eficacia.
Levantó su teléfono y envió un mensaje a su cliente.
—El objetivo Herrera parece ser el nexo social.
La chica, de la Torre, no estaba presente.
Pero la conexión de Montalbán con el grupo es más fuerte de lo que se esperaba.
No son solo compañeros de clase.
Parecen leales a ella.
Procedo con la siguiente fase.
Julián recibió el mensaje mientras revisaba los últimos movimientos de la bolsa en su tablet.
Leyó las palabras y una sonrisa glacial se dibujó en su rostro.
«Lealtad.
Qué concepto tan pintoresco.
Y tan fácil de romper».
Apagó la tablet.
Era hora de dejar de observar y empezar a actuar.
Y sabía exactamente qué hilo tirar primero para empezar a descoser la pequeña y feliz red de Camila Montalbán.
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