La Sombra que Fui - Capítulo 2
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2: Una decisión distinta 2: Una decisión distinta El despertador sonó con un timbre agudo a las seis en punto.
Camila abrió los ojos de golpe, como si hubiese pasado toda la noche en alerta.
El techo blanco, la lámpara y los pósteres juveniles en las paredes confirmaban que, efectivamente, había retrocedido en el tiempo.
Se sentó en la cama, respirando hondo.
Su cuerpo se sentía liviano, sin la carga de las noches de insomnio que recordaba haber acumulado en su vida adulta.
Al mirarse las manos, vio dedos delgados, suaves, sin las marcas que los años de trabajo en la empresa le había dejado.
Se permitió sonreir un instante.
Luego, la armagura regresó.
«No estoy aquí para soñar, estoy aquí para recuperar lo que me arrebataron».
Al bajar a la cocina, el olor a café recién hecho la envolvió.
La mesa de desayuno estaba servida con panqueques, jugo de naranja y mermelada.
Su madre, impecablemente vestida como siempre, leía una revista de modas sin prestarle atención.
En la otra punta, Esteban, su primo, se abalanzaba sobre la comida como si no hubiera un mañana.
—Camila —dijo su madre sin levantar la vista—.
Hoy vas a acompañar a Esteban a inscribirse en la facultad.
Él no entiende bien como funciona el sistema, y tú siempre has sido más aplicada.
Camila se detuvo en seco.
Esa escena la conocía de memoria.
En su vida pasada, había aceptado obedientemente.
Recorría oficinas, hacía filas, resolvía papeles, mientras Esteban se dedicaba a bromear con las secretarias.
Al final, todos lo alababan por «haber cumplido», y a ella nadie le agradecía nada.
Esa mañana, sin embargo, algo dentro de Camila ardía distinto.
Dejó la taza de café sobre el plato con calma, aunque por dentro sentía que estaba rompiendo cadenas invisibles.
—No podré, mamá —dijo, mirando a su madre directamente a los ojos—.
Tengo mis propios trámites que hacer.
Esteban ya tiene edad para ocuparse solo.
El silencio fue inmediato.
Esteban levantó la vista con la boca llena, sorprendido.
Su madre bajó lentamente la revista, arqueando una ceja como si no reconociera a su hija.
—¿Qué dijiste?
—preguntó con un tono helado.
—Lo que escuchaste —respondió Camila, sin bajar la mirada.
La incomodidad llenó la mesa.
Esteban dejó los cubiertos a un lado, fingiendo indignación.
—¡Vamos, Camila!
No seas mala onda.
¿Qué te cuesta ayudarme un rato?
Camila lo miró, y por primera vez, no vio al primo «ingenuo» al que debía proteger, sino al hombre que años después, en la junta directiva de la empresa, levantaría la mano para declararla incapaz y sacarla del consejo.
Recordó claramente sus palabras, dichas con burla: —La empresa necesita gente competente, no una niña caprichosa.
Ese recuerdo la endureció.
—No soy tu secretaria, Esteban.
Si no entiendes los trámites, pide ayuda en la universidad.
Seguro alguien te explicará —contestó, con voz serena.
Su madre golpeó la mesa con la palma, irritada.
—¡Camila!
No entiendo este cambio de actitud.
Siempre has sido responsable.
¿Desde cuándo le das la espalda a la familia?
Camila respiró hondo.
En su vida pasada, esa frase la había doblegado incontables veces: tienes que ceder, eres la mayor, piensa en la familia.
Pero ahora comprendía lo que significaba en realidad: un permiso disfrazado para que todos se aprovecharan de ella.
—Ser responsable no significa dejar que me usen, mamá —dijo al fin—.
Yo también tengo derecho a mi vida.
El rostro de su madre se endureció, incapaz de replicar de inmediato.
Esteban masculló una grosería entre dientes.
La tensión flotó en el aire.
Camila se levantó con tranquilidad, tomó su mochila y se dirigió a la puerta.
—Voy a la universidad, nos vemos luego.
El golpe suave de la puerta al cerrarse marcó el final de una era.
Camila respiró el aire fresco de la mañana, como si cada bocanada la liberara un poco más del peso del pasado.
Caminó con paso firme por la acera, sintiendo que, con esa negativa, había dado el primer golpe contra el destino que antes la había destruido.
Un recuerdo fugaz la detuvo a mitad de camino: Julián.
La imagen de él, impecable en su traje oscuro, entregando los documentos falsos ante todos, sellando su ruina con esa sonrisa de hielo.
En ese presente, todavía no era el poderoso abogado que usaría su caída para ascender.
Aún era solo un estudiante más.
Camila apretó los puños.
«Esta vez no seré tu escalón y tampoco me enamoraré de ti».
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