La Sombra que Fui - Capítulo 20
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20: La sala del juicio 20: La sala del juicio La sala de reuniones del comité de disciplina académica tenía el aire solemne de un tribunal en miniatura.
Tres profesores, incluido el Decano de Humanidades, un hombre de aspecto severo llamado Dr.
Alarcón, estaban sentados detrás de una larga mesa de roble.
El ambiente era pesado, cargado de la presunción de culpabilidad.
Teo entró con Camila a su lado.
Su presencia era inesperada, y los miembros del comité intercambiaron miradas de sorpresa.
—Señor Herrera, esta es una reunión privada —dijo el Decano Alarcón, su voz grave resonando en la sala.
—Lo sé, señor —intervino Camila, con una calma impecable—.
Soy Camila Montalbán, estudiante de Derecho.
El señor Herrera me ha pedido que lo asista como su representante estudiantil.
Es su derecho, según el reglamento universitario, capítulo 7, sección 3B.
Dejó una copia del reglamento, con el artículo relevante subrayado, sobre la mesa.
El Decano frunció el ceño, visiblemente molesto por la preparación de la joven.
No tuvo más remedio que asentir.
—Como deseen.
Señorita Montalbán, su papel aquí es de observadora.
No de abogada.
—Entendido —respondió Camila, aunque ambos sabían que era una mentira.
Se sentaron, y el Decano comenzó el proceso, leyendo la denuncia anónima.
La acusación era vaga pero maliciosa, citando «patrones de fraseo y estructura argumental» sospechosamente similares al trabajo de un Dr.
Farrow de la Universidad de Oxford.
Cuando terminó, se dirigió a Teo.
—¿Tiene algo que decir en su defensa, señor Herrera?
Teo respiró hondo, miró a Camila, quien le dio un casi imperceptible asentimiento de cabeza, y comenzó a hablar.
Siguiendo el guion que habían preparado, no se mostró a la defensiva, sino colaborativo.
—Entiendo la seriedad de la acusación, y les agradezco la oportunidad de aclarar este malentendido —dijo, su voz firme—.
Mi ensayo es un trabajo del que estoy muy orgulloso, fruto de meses de investigación.
Para demostrarlo, he traído mis notas preliminares, múltiples borradores y la bibliografía completa que utilicé.
Dejó una carpeta perfectamente ordenada sobre la mesa.
El comité la miró con cierto desinterés, como si fuera una formalidad.
—Muy bien —dijo el Decano, con impaciencia—.
Pero vayamos al grano.
El artículo del Dr.
Farrow.
¿Niega usted las similitudes?
Aquí era donde entraba Camila.
Antes de que Teo pudiera responder, ella se aclaró la garganta.
—Disculpen mi interrupción, señores —dijo, con una cortesía desarmante—.
Pero para facilitar el proceso, nos hemos tomado la libertad de realizar un análisis comparativo exhaustivo entre ambos textos.
Sacó una segunda carpeta, mucho más gruesa, y la deslizó sobre la mesa.
—En esta carpeta encontrarán el ensayo del señor Herrera y el artículo del Dr.
Farrow desglosados párrafo por párrafo.
Como verán, hemos identificado 14 puntos de posible «convergencia temática».
Sin embargo —hizo una pausa, asegurándose de tener la atención de todos—, también hemos incluido un análisis de las fuentes primarias utilizadas por ambos autores.
Abrió la carpeta en una página marcada.
—Por ejemplo, en la página 5, ambos discuten el concepto de la «otredad».
La denuncia anónima sugiere que esto es una similitud sospechosa.
Pero, como demostramos aquí, tanto el señor Herrera como el Dr.
Farrow están citando directamente de la obra de Simone de Beauvoir, El segundo sexo.
La similitud no es entre ellos, sino en su interpretación de la fuente original.
No es plagio, es erudición.
Pasó a la siguiente página marcada.
—Aquí, en la página 9, ambos utilizan una estructura similar para desmontar un argumento de Hegel.
De nuevo, no es que el señor Herrera copie al Dr.
Farrow.
Es que ambos están aplicando un método de deconstrucción filosófica estándar, aprendido de Jacques Derrida.
Uno por uno, con una precisión quirúrgica, Camila desmanteló cada punto implícito en la acusación.
No levantó la voz.
No acusó a nadie.
Simplemente presentó hechos, datos y análisis con una lógica aplastante.
Convirtió su defensa en una lección magistral de metodología de la investigación.
Los miembros del comité, que habían empezado con una actitud de superioridad, ahora la escuchaban con una mezcla de asombro y creciente incomodidad.
El caso, que parecía simple, se había vuelto complejo, denso y, francamente, aburrido.
Estaban siendo ahogados en datos, tal y como Camila había planeado.
Después de veinte minutos, el Decano Alarcón levantó una mano.
—Suficiente, señorita Montalbán.
Entendemos el punto.
Camila cerró la carpeta.
—Solo una última cosa —dijo, su tono cambiando sutilmente, volviéndose más afilado—.
El señor Herrera es uno de los estudiantes más respetados del departamento de Filosofía, presidente del club de debate y ganador de varios premios de oratoria.
Una acusación anónima y sin fundamento como esta no solo daña su reputación, sino que trivializa el proceso disciplinario de esta universidad, usándolo como un arma para rencillas personales.
Esperamos que el comité investigue también el origen de esta denuncia maliciosa con el mismo rigor que ha demostrado en este caso.
La amenaza estaba implícita.
Había invertido la carga de la prueba.
Ahora el comité no solo tenía que exonerar a Teo, sino que quedaba en entredicho por haber dado crédito a una calumnia.
El Decano Alarcón se recostó en su silla, observando a la joven que tenía delante.
Vio una inteligencia y una audacia que rara vez se encontraban en un estudiante de primer año.
—Gracias por su tiempo —dijo, su tono ahora completamente neutro—.
Deliberaremos y le comunicaremos nuestra decisión al señor Herrera por escrito.
Al salir de la sala, Teo sintió que podía volver a respirar.
—Camila, eso ha sido… increíble.
Los has destruido.
Con cortesía.
—Aún no hemos ganado —dijo ella, aunque una pequeña sonrisa se dibujó en su rostro—.
Pero hemos cambiado el juego.
No tuvieron que esperar mucho.
Esa misma tarde, Teo recibió otro correo electrónico.
«Estimado Sr.
Herrera, tras una revisión exhaustiva, el comité ha determinado que la denuncia de plagio carece de fundamento.
Consideramos el caso cerrado.
Le ofrecemos nuestras más sinceras disculpas por las molestias que este proceso le haya podido ocasionar.» Teo leyó el correo tres veces antes de empezar a reír.
Era una risa de alivio, de victoria, de pura euforia.
Mientras tanto, en su lujoso apartamento fuera del campus, Julián recibió una llamada.
—El comité ha desestimado el caso contra Herrera —le informó su contacto dentro de la administración universitaria—.
Y, por lo que me cuentan, la chica, Montalbán, lo defendió personalmente.
Hizo un trabajo tan minucioso que dejó en ridículo al Decano.
Julián se quedó en silencio, mirando por la ventana el horizonte de la ciudad.
Su primer ataque no solo había fallado.
Había sido contraproducente.
No había debilitado a Camila.
La había fortalecido.
Le había dado la oportunidad de demostrar su valía y cimentar la lealtad de su equipo.
Cometió un error.
Subestimó no solo a Camila, sino a la gente que la rodeaba.
Pensó que podría romper su red con un simple tirón, pero el hilo no se rompió.
Se tensó y le devolvió el latigazo.
Una lenta y fría furia comenzó a arder en su interior.
La partida se estaba volviendo mucho más interesante.
Y mucho más personal.
La próxima vez, no atacaría a un peón.
Iría directamente a por la reina.
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