La Sombra que Fui - Capítulo 21
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- Capítulo 21 - 21 La celebración y la advertencia
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21: La celebración y la advertencia 21: La celebración y la advertencia La victoria de Teo se celebró en el mismo bar donde se habían reunido para la noche de trivial, pero el ambiente esta vez era completamente diferente.
No había tensión ni incertidumbre, solo una euforia pura y contagiosa.
«El Búho Lector» se convirtió en el escenario de un pequeño triunfo rebelde.
Camila, sentada en medio de su equipo, se sentía extrañamente fuera y dentro a la vez.
Escuchaba a Teo relatar con dramatismo exagerado cómo ella había «desmembrado filosóficamente» al Decano Alarcón, mientras David corregía los detalles con precisión de historiador y Ana reía, su timidez olvidada.
—¡A la Capitana Montalbán!
—brindó Teo, levantando su vaso—.
¡La única estudiante de primer año que hace sudar a los decanos!
Todos levantaron sus vasos, chocándolos con los de Camila.
Ella sonrió, una sonrisa genuina y cálida que se sentía extraña en su rostro.
Aceptó las felicitaciones, pero una parte de su mente, la parte que nunca descansaba, ya estaba calculando el siguiente movimiento del enemigo.
Lucía, que había estado observándola en silencio desde el otro lado de la mesa, se acercó a su oído entre el bullicio.
—Disfruta esto —dijo en voz baja—.
Te lo has ganado.
Pero no bajes la guardia.
—Nunca lo hago —respondió Camila, su sonrisa desvaneciéndose un poco.
—Hablo en serio, Cami —insistió Lucía, su tono perdiendo toda ligereza—.
Esto no fue solo una victoria.
Fue una humillación pública para quienquiera que estuviera detrás de la denuncia.
Y sé que tú sabes quién fue.
Camila asintió, su mirada encontrando la de su amiga.
—Gente como Julián Ortega no se toma bien que los dejen en evidencia —continuó Lucía—.
Creen que el mundo es su tablero de ajedrez personal.
Has tirado sus piezas al suelo.
No va a perdonártelo.
La próxima vez, no intentará una acusación velada.
Irá a la yugular.
La advertencia de Lucía era un eco de sus propios pensamientos, pero oírla en voz alta le dio un peso tangible.
El ataque a Teo había sido una prueba, un disparo de advertencia.
Ahora que había fallado, Julián escalaría la agresión.
—Lo sé —dijo Camila—.
Pero hoy no.
Hoy celebramos.
E intentó hacerlo.
Se forzó a participar en las conversaciones, a reír de los chistes, a sentir que pertenecía a ese pequeño grupo de inadaptados que la habían aceptado como su líder.
Por un par de horas, la pesada capa de su venganza pareció un poco más ligera.
Vio la lealtad en los ojos de Teo, el respeto en los de David y Ana, la amistad incondicional en los de Lucía.
Esto era lo que no había tenido en su vida anterior.
Con Julián, cada relación era transaccional.
Con su familia, era condicional.
Aquí, por primera vez, se sentía… valorada por ser quien era, no por el apellido que llevaba.
Y ese sentimiento, más que cualquier otra cosa, la aterrorizaba.
Porque le daba algo que perder.
Algo más allá del legado de su padre.
Cuando la celebración terminó y caminaba sola de vuelta a su apartamento bajo las farolas de la ciudad, el frío de la noche pareció colarse de nuevo en sus huesos.
La euforia se había disipado, dejando solo la cruda realidad.
Había ganado una batalla, sí.
Pero al hacerlo, le había declarado la guerra a un hombre que no tenía escrúpulos.
Y ahora, él sabía que ella no era una presa fácil.
Sabía que era una oponente.
Lucía tenía razón.
Julián no se detendría.
Y Camila sabía que, para sobrevivir a lo que vendría, tendría que volverse aún más fría, aún más calculadora.
Tendría que proteger a su nuevo equipo, incluso si eso significaba mantenerlos a distancia, no dejar que se acercaran demasiado.
La sombra que fue, la mujer rota y traicionada, le susurró una advertencia desde el fondo de su memoria: la lealtad es un arma que el enemigo siempre intentará usar en tu contra.
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