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La Sombra que Fui - Capítulo 23

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  4. Capítulo 23 - 23 La pista de los inversores
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23: La pista de los inversores 23: La pista de los inversores La euforia es un combustible que se quema rápido.

Dos días después de la celebración, lo único que quedaba en Camila eran las cenizas de la cautela y el humo de una paranoia creciente.

La advertencia de Lucía resonaba en su cabeza como un eco incesante: La próxima vez, irá a la yugular.

Sabía que Julián no era un hombre que aceptara la derrota.

La vería como una lección, una que le enseñaría a ser más cruel y eficiente en su siguiente ataque.

Por eso, cuando su teléfono vibró con un mensaje de Sofía, sintió una descarga de adrenalina helada.

—Necesito verte.

Trae las fotos de los documentos.

He encontrado algo.

El mensaje era escueto, urgente.

Descartaron la biblioteca, ahora demasiado asociada con su grupo.

Descartaron cualquier cafetería.

Por sugerencia de Sofía, acordaron encontrarse en el jardín de esculturas de un pequeño museo de arte moderno en las afueras del campus, un lugar de quietud y concreto, frecuentado solo por artistas y pensadores solitarios.

Camila llegó primero, el aire frío de la tarde pellizcaba sus mejillas.

Se paseó entre las extrañas formas de metal oxidado y piedra pulida.

Las esculturas eran figuras abstractas y silenciosas que parecían guardar secretos, testigos impasibles de las conversaciones que el viento se llevaba.

Se sentía observada, no por una persona, sino por el peso de la historia y el arte que la rodeaba.

Cada sombra parecía un espía, cada coche que pasaba por la calle contigua, una amenaza potencial.

Sofía llegó cinco minutos después.

Había algo diferente en ella.

Su habitual postura defensiva, con los hombros ligeramente encorvados como si esperara un golpe, había desaparecido.

Caminaba más erguida, con una determinación en la mirada que Camila no le había visto antes.

Llevaba una carpeta de dibujo bajo el brazo.

—Gracias por venir a un lugar tan extraño —dijo Sofía a modo de saludo.

—Me gusta.

Es tranquilo —respondió Camila, estudiando el cambio en su nueva aliada—.

Pareces… diferente.

Sofía esbozó una media sonrisa, un gesto que todavía parecía ensayado.

—Ver lo que hiciste por Teo me hizo pensar.

Pasé años enfadada con el mundo, con tu familia, con el recuerdo de mi padre.

Pero era una rabia pasiva.

Me escondía detrás de ella.

Tú no te escondes.

Luchas.

Y ganas.

Me di cuenta de que si quiero respuestas, no puedo seguir sentada esperando que aparezcan.

Tengo que buscarlas.

Abrió la carpeta.

Dentro no había dibujos, sino una colección de viejas fotografías familiares y un sobre amarillento.

—Anoche hice algo que no había hecho en años —continuó, su voz bajando un tono, volviéndose más íntima—.

Abrí las viejas cajas de mi madre.

Los álbumes de fotos de cuando mi padre aún vivía.

Fue… difícil.

Verlo sonreír, sabiendo cómo terminó todo.

Era como ver a un fantasma feliz.

Camila escuchaba en silencio, dándole el espacio que necesitaba.

Entendía ese dolor, el de mirar el pasado sabiendo la tragedia que le esperaba en el futuro.

—La mayoría eran fotos familiares.

Cumpleaños, vacaciones.

Pero luego encontré un sobre con fotos de eventos de la empresa.

Cenas de gala, inauguraciones.

Y entre ellas, estaba esta.

Sacó una fotografía de 8×10, ligeramente descolorida por el tiempo.

La imagen mostraba una cena benéfica.

En el centro, radiantes, estaban su padre, Alejandro de la Torre, y un joven Rafael Montalbán, ambos sonriendo a la cámara, con copas de champán en la mano.

A un lado, con una expresión más sombría, estaba Alberto Montalbán.

Pero no era a ellos a quienes Sofía señalaba.

—Mira, en esta otra —dijo, sacando una segunda foto, una toma más cándida, menos posada—.

Es de la misma noche.

Mi padre está hablando con este hombre.

La foto mostraba a Alejandro en una conversación intensa con un hombre de mediana edad, de cabello oscuro peinado hacia atrás y un traje caro que no lograba ocultar una complexión robusta.

No sonreían.

La postura de ambos era tensa, casi conflictiva.

—No sé quién es —dijo Sofía—.

Pero mientras miraba la foto, un recuerdo vino a mí.

Muy vago, como un sueño.

Yo estaba allí esa noche, aunque era muy pequeña.

Y recuerdo a mi madre llevándome de la mano, pasando junto a ellos.

Recuerdo a mi padre diciendo un nombre.

Lo dijo con… frustración.

O con rabia.

Hizo una pausa, sus ojos fijos en los de Camila, la importancia del momento flotando entre ellas.

—Dijo el apellido «Ferrer».

Camila sintió como si una pieza de un mecanismo complejo acabara de encajar en su sitio con un clic audible.

Sacó su teléfono a toda prisa, buscó en su galería las imágenes que había tomado de los documentos de la caja y encontró la lista de «Inversores Fantasma» .

Y allí estaba.

El segundo nombre de la lista.

Ferrer.

—No es solo un recuerdo, Sofía —dijo Camila, mostrándole la pantalla del teléfono—.

Es una prueba.

Estaba en la lista.

Es uno de ellos.

Por primera vez, tenían un rostro que ponerle a un nombre.

Un fantasma del pasado había adquirido forma.

Ya no era una palabra abstracta en un papel polvoriento; era un hombre de carne y hueso que había estado en la misma habitación que sus padres, en una noche cargada de tensión.

—Hay más —dijo Sofía, su voz temblando ligeramente por la emoción del descubrimiento—.

Después de que mi padre hablara con él, se reunió con el tuyo.

Discutieron.

No a gritos, pero sí con esa intensidad que los adultos usan cuando no quieren que los niños se den cuenta.

Oí a mi padre decir:   —”No podemos confiar en él, Rafa.

Su dinero no está limpio”.

Y tu padre… él solo parecía cansado.

Derrotado.

La imagen que Sofía pintaba era la de un hombre bueno, Rafael, atrapado entre la codicia de su hermano y la integridad de su mejor amigo, incapaz de elegir un bando.

—Esto lo cambia todo —dijo Camila, su mente ya trazando cien escenarios posibles—.

Si podemos encontrar a este Ferrer, si sigue vivo… podría ser el primer hilo del que tirar para deshacer todo el entramado de mi tío.

Podría ser el testigo que necesitamos.

—¿Pero cómo lo encontramos?

—preguntó Sofía—.

Han pasado muchos años.

El nombre «Ferrer» es común.

—Pero un hombre con el dinero suficiente para ser un inversor fantasma en un proyecto como San Carmelo no es un don nadie.

Dejó un rastro.

Empresas, propiedades, registros públicos.

Será difícil, pero no imposible —Camila miró a su alrededor, la sensación de ser observada regresando con más fuerza—.

Pero tenemos que ser increíblemente cuidadosas.

Julián me ha declarado la guerra.

Después de lo de Teo, sé que ha puesto su atención sobre mí y sobre la gente que me rodea.

Es posible que nos estén vigilando ahora mismo.

Sofía siguió su mirada, escudriñando las sombras entre las esculturas.

El miedo, que había sido reemplazado por la determinación, volvió a asomar en sus ojos.

—¿Qué hacemos?

—Por ahora, nos separamos —dijo Camila, tomando una decisión rápida—.

Dame la fotografía.

La guardaré en un lugar seguro.

Tú vuelve a tu vida normal.

Céntrate en tu arte.

No le des a nadie ninguna razón para sospechar que estás involucrada en esto.

La investigación sobre Ferrer la llevaré yo, con mi equipo.

Son expertos en buscar agujas en pajares.

Entregar la foto era un acto de fe.

Sofía la miró un largo segundo y luego se la entregó.

—Confío en ti, Camila.

Las palabras, dichas con una sinceridad sin adornos, golpearon a Camila con una fuerza inesperada.

La confianza era un regalo que no había recibido en mucho tiempo, y sentía el peso de su responsabilidad.

—No te fallaré —prometió.

Se separaron, tomando caminos opuestos para salir del jardín.

Mientras Camila se alejaba, apretando la vieja fotografía en el bolsillo de su abrigo, la sensación de ser observada se intensificó.

Se detuvo y miró hacia atrás.

No vio a nadie.

Solo las esculturas de metal, inmóviles y silenciosas.

Pero sabía, con la certeza helada que le habían dado sus recuerdos del futuro, que no estaba sola.

La partida de ajedrez se había movido a un nuevo tablero, uno mucho más grande y peligroso que el campus universitario.

Y acababa de encontrar una de las piezas clave de su oponente.

Ahora, solo tenía que averiguar cómo capturarla sin caer en una trampa.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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