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La Sombra que Fui - Capítulo 25

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  4. Capítulo 25 - 25 Un callejón sin salida
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25: Un callejón sin salida 25: Un callejón sin salida Los días siguientes se convirtieron en una cacería frustrante.

Ronaldo, el hombre que había sido un magnate de la construcción, parecía haberse evaporado de la faz de la tierra.

David pasó horas incontables sumergido en bases de datos públicas y archivos digitales.

Encontró el rastro de Ferrer hasta el año 2002.

Después de la bancarrota, había vendido todas sus propiedades restantes para pagar una mínima parte de sus deudas.

Su última dirección conocida era un modesto apartamento de alquiler en un barrio obrero.

Luego, nada.

Su rastro digital se cortaba abruptamente.

No había nuevos registros de crédito, ni propiedades a su nombre, ni declaraciones de impuestos.

Era como si, después de esa fecha, hubiera dejado de existir oficialmente.

—Es imposible —dijo David, exasperado, durante una de sus reuniones en el búnker de la biblioteca—.

Una persona no puede simplemente desaparecer sin dejar rastro en la era digital.

A menos que viva completamente fuera del sistema, pagando todo en efectivo, sin un contrato a su nombre…

o esté muerto.

La palabra «muerto» flotó en el aire, cargada de implicaciones siniestras.

—¿Has buscado certificados de defunción?

—preguntó Camila, aunque temía la respuesta.

—Por supuesto.

En todos los estados.

No hay ningún registro de defunción a nombre de Ronaldo Ferrer.

Ni de nadie con un perfil similar en la misma franja de edad.

El callejón sin salida era total.

Tenían un nombre, un rostro, una historia… pero el hombre en sí era un fantasma.

La pieza clave de su investigación, la primera ficha de dominó que esperaban derribar, se había desvanecido.

La frustración comenzó a hacer mella en Camila.

Cada día que pasaba sin avances era un día más en que su tío Alberto y Julián consolidaban su poder.

La ventana de oportunidad que le había dado su regreso en el tiempo no era infinita.

Sentía que el reloj corría en su contra, y ella estaba atrapada, persiguiendo a una sombra.

Para empeorar las cosas, la sensación de ser observada se había vuelto casi constante.

No era una paranoia, sino una certeza fría.

A veces, al salir de clase, veía un coche discreto estacionado al final de la calle que no estaba allí antes.

O notaba a la misma persona «leyendo» un periódico en la cafetería en días diferentes.

Eran profesionales.

Sabían cómo mezclarse.

Eran los ojos de Julián.

Una tarde, mientras salía del edificio de Derecho, lo vio.

Julián estaba de pie al otro lado de la plaza, hablando con uno de sus profesores.

No la miró, pero su postura era demasiado casual, demasiado calculada.

Cuando Camila pasó, él giró la cabeza ligeramente, y sus miradas se encontraron por una fracción de segundo.

En los ojos de Julián no había hostilidad, sino una curiosidad analítica, como un científico observando a un espécimen bajo el microscopio.

Esa mirada la heló.

Julián no solo la estaba vigilando.

La estaba estudiando.

Estaba recopilando datos, buscando patrones, esperando a que ella cometiera un error que le revelara su juego.

Esa noche, la frustración de Camila llegó a su punto de ebullición.

Sentada en su habitación, rodeada de las fotos de los documentos de Alejandro, sintió por primera vez desde su regreso una punzada de desesperanza.

Estaba jugando a la defensiva, reaccionando a los movimientos de Julián en el Proyecto Centurión y persiguiendo pistas frías de un crimen de hace veinte años.

Estaba perdiendo la iniciativa.

La advertencia de Lucía volvió a ella: «La próxima vez, irá a la yugular».

Se dio cuenta de que no podía seguir así.

Esperar a encontrar a Ferrer podría llevar meses, si es que lo encontraban.

Mientras tanto, Julián la desarmaría pieza por pieza.

Necesitaba ser más audaz.

Necesitaba cambiar el tablero de juego.

Tomó una decisión.

El riesgo era inmenso, pero la inacción era un suicidio lento.

Sacó su teléfono y buscó el nombre que había estado guardando en la recámara.

Adrián Soto, Periodista de Investigación.

Encontró su blog personal, un sitio web de diseño simple y anticuado llamado «La Verdad Desnuda».

No tenía un formulario de contacto, ni un número de teléfono.

Solo una dirección de correo electrónico encriptada y una advertencia: «No contactar para trivialidades.

El tiempo es el único recurso que no se recupera».

Camila se quedó mirando el cursor parpadeante en la pantalla.

Contactar a un periodista como Soto era como lanzar una bengala en la noche.

Atraería la atención, no solo la de él, sino la de cualquiera que estuviera mirando.

Sería una declaración de intenciones, un acto de agresión que no podría deshacer.

Pero quizás eso era exactamente lo que necesitaba.

Recordó las palabras de su padre en una de sus pocas conversaciones profundas sobre negocios:  —A veces, la mejor defensa no es un muro, sino un ataque tan inesperado que el enemigo no tiene tiempo de reaccionar.

Con una determinación renovada, comenzó a escribir el correo electrónico.

No usaría su nombre.

No revelaría su conexión con Montalbán.

Sería una fuente anónima.

Asunto: Una historia que dejaste sin terminar.

Sr.

Soto, Hace veinte años, usted escribió un artículo sobre la caída de Ronaldo Ferrer.

Se titulaba «El Castillo de Naipes».

En él, se preguntaba si su bancarrota fue mala gestión o sabotaje.

La respuesta es la segunda.

Usted solo rascó la superficie.

La ruina de Ferrer no fue un hecho aislado.

Fue una de las primeras víctimas de una guerra corporativa silenciosa que se libró para asegurar la fundación de lo que hoy es un imperio.

Ferrer no fue la única víctima.

Si todavía le interesa saber quién sostenía los hilos que movieron ese castillo de naipes, y por qué, quizás podamos ayudarnos mutuamente.

Disponga una forma segura de comunicación si está interesado en la verdad.

No en una historia.

En la verdad.

Releyó el mensaje.

Era audaz, misterioso y, lo más importante, apelaba a su ego de periodista: la promesa de terminar una historia inconclusa.

Con el corazón latiéndole con fuerza, presionó «Enviar».

El correo electrónico desapareció en el ciberespacio, un misil lanzado hacia un objetivo desconocido.

Camila no sabía si Adrián Soto respondería.

Pero había hecho su movimiento.

Había dejado de perseguir fantasmas y había empezado a invocar demonios.

La partida de ajedrez acababa de volverse mucho más peligrosa.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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