La Sombra que Fui - Capítulo 27
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- Capítulo 27 - 27 La trampa del Caballo de Troya
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27: La trampa del Caballo de Troya 27: La trampa del Caballo de Troya La primera reacción de Camila fue una oleada de rabia tan pura que la dejó sin aliento.
La violación de su espacio, de su único santuario, era más personal que cualquier artículo o acusación.
Alguien había cruzado una línea física, entrando en su vida de una forma tangible y aterradora.
Con el corazón latiendo desbocado, hizo una revisión metódica y silenciosa de toda la habitación.
No buscaba huellas; la persona que había hecho esto era demasiado profesional para dejar alguna.
Buscaba lo que faltaba o lo que había cambiado.
El resto de las fotos de los documentos estaban intactas.
Sus notas sobre Ronaldo Ferrer seguían ocultas.
Su portátil no parecía haber sido manipulado.
Solo esa única fotografía, dejada como una tarjeta de visita.
«¿Julián?» Era la respuesta más obvia, pero la táctica le parecía demasiado…
directa para él.
Julián prefería la manipulación psicológica, los ataques a la reputación.
Esto era diferente.
Esto era una amenaza física velada, una demostración de poder crudo.
¿Podría ser obra de su tío Alberto, usando a sus propios matones para enviarle una advertencia?
Se obligó a respirar hondo, a apartar el miedo y a pensar con la frialdad que la situación requería.
Llamar a la policía era inútil.
No había pruebas de que hubieran forzado la entrada.
La tomarían por una estudiante paranoica.
Estaba sola en esto.
Con manos temblorosas pero firmes, recogió todas las pruebas de su investigación –las fotos, las notas, todo– y las guardó en una pequeña caja.
No podía seguir guardándolas en su apartamento.
Ya no era un lugar seguro.
Solo había una persona en la que podía confiar para custodiarlas.
Una hora después, en mitad de la noche, llamó a la puerta del apartamento de Lucía.
Lucía abrió, despeinada y con una camiseta de un grupo de rock que le quedaba enorme.
Al ver el rostro pálido y la caja en las manos de Camila, su expresión soñolienta se desvaneció.
—Pasa —dijo, sin hacer preguntas.
Dentro, con las luces bajas, Camila le explicó lo que había pasado.
No le mostró el contenido de la caja, solo le dijo que eran documentos de una investigación personal y muy peligrosa.
—Alguien entró en mi apartamento.
No robaron nada.
Solo movieron esto para demostrar que podían —dijo Camila, su voz apenas un susurro—.
Necesito que lo guardes por mí.
En un lugar donde nadie pensaría en buscar.
Nadie sabe de nuestra amistad a este nivel.
Nadie sospechará de ti.
Lucía miró la caja y luego a los ojos de su amiga.
Vio la determinación, pero también un miedo profundo que Camila intentaba ocultar.
—Mierda, Cami —dijo en voz baja—.
Te has metido en algo muy gordo, ¿verdad?
Más gordo que una simple venganza contra tu ex.
Camila asintió, sin palabras.
Lucía tomó la caja sin dudar.
—La guardaré.
La esconderé donde ni yo misma pueda encontrarla si me emborracho.
Pero tienes que prometerme una cosa.
—¿Qué?
—Que no harás esto sola.
Que si las cosas se ponen realmente feas, me lo dirás.
No soy una abogada estratega, pero sé cómo dar un puñetazo y cómo correr rápido.
Una pequeña sonrisa tiró de los labios de Camila.
—Lo prometo.
Se sintió un poco más ligera al salir del apartamento de Lucía, pero la sensación de vulnerabilidad no la abandonó.
La guerra ya no se limitaba a las aulas o a los archivos.
Se había filtrado en su vida, en su hogar.
Al día siguiente, en la universidad, se puso la máscara de la calma.
Nadie podía notar su miedo.
Especialmente Julián.
Fiel a su plan, le pidió a Teo que empezara a esparcir el nuevo rumor.
Con un dramatismo digno de un actor, Teo contó a un par de «fuentes fiables» (los estudiantes más chismosos de la facultad) que la noticia del liderazgo incompetente de Camila había llegado a oídos del «caballero blanco» europeo, y que la empresa alemana estaba «reconsiderando seriamente» su oferta amistosa.
La noticia se extendió a la velocidad del rayo.
El equipo de Camila pasó de ser el ingenioso defensor a ser un grupo en plena crisis.
Los mismos que los habían felicitado por su astucia ahora los miraban con lástima.
Julián, por su parte, se deleitaba con la situación.
Camila lo vio reír con su equipo en la cafetería, confiado, victorioso.
Su ataque había funcionado, o eso creía él.
Había recuperado el control de la narrativa.
Era exactamente lo que Camila quería.
Mientras Julián y el resto de la clase estaban distraídos por el drama de la retirada del caballero blanco, el Equipo de Defensa se reunió en secreto para ejecutar la verdadera contraofensiva.
—Bien, es hora —dijo Camila, de pie frente a la pizarra en su sala de estudio—.
La estrategia Pac-Man.
Julián cree que estamos lamiéndonos las heridas.
En realidad, estamos a punto de tragarnos una pieza de su tablero.
La estrategia era audaz y compleja.
Mientras todos esperaban que TechCore (su empresa) se defendiera de la OPA de Apex (la de Julián), ellos iban a lanzar su propia OPA, una mucho más pequeña, sobre una empresa de software de nicho llamada «Innovatech».
—Innovatech es pequeña, casi insignificante —explicó Camila, señalando un diagrama—.
Pero posee una patente clave de encriptación que es vital para la futura tecnología en la que trabaja Apex.
Julián no lo sabe, o no le ha dado importancia.
Si la adquirimos, no solo nos hacemos más grandes y caros de comprar, sino que nos apoderamos de una pieza tecnológica que él necesita.
Le cortamos el paso a su propio plan de expansión a cinco años.
—Es un movimiento de caballo de Troya —dijo David, sus ojos brillando de admiración—.
Parecemos débiles y en crisis, pero en secreto estamos infiltrando una pieza clave en nuestro propio sistema que se convierte en un arma contra él.
—Pero, ¿tenemos el capital simulado para hacerlo?
—preguntó Ana.
—Apenas —respondió Camila—.
Tendremos que endeudarnos hasta las cejas.
Será una apuesta de «todo o nada».
Si el profesor Márquez no lo aprueba, quedaremos como idiotas y estaremos en bancarrota.
Era un riesgo enorme.
Una jugada digna de un jugador desesperado.
Y eso era exactamente lo que quería que Julián pensara.
Esa tarde, presentaron formalmente la propuesta de adquisición de Innovatech ante el profesor Márquez.
Lo hicieron en silencio, sin alardes, mientras el resto del campus todavía comentaba su aparente fracaso.
Márquez leyó la propuesta, sus cejas arqueándose cada vez más.
Cuando terminó, se recostó en su silla y observó a Camila por un largo rato, su rostro una máscara de póker.
—Una defensa Pac-Man —dijo finalmente, reconociendo la estrategia clásica—.
Arriesgada.
Temeraria, incluso.
Podría arruinar a su compañía si sale mal.
—La supervivencia a veces requiere tomar riesgos temerarios, profesor —respondió Camila, su voz firme.
Márquez sonrió, una sonrisa genuina y casi imperceptible.
—Ortega cree que está jugando al ajedrez, señorita Montalbán.
Pero usted…
usted ha decidido empezar a jugar al póker en mitad de la partida.
Y acaba de apostarlo todo.
Se levantó y selló el documento.
—Propuesta aprobada.
Procedan.
Camila salió de la oficina sintiendo un vértigo aterrador y emocionante.
Acababa de poner todas sus fichas sobre la mesa.
Ahora solo podía esperar a ver si Julián caía en la trampa.
Pero mientras caminaba por el pasillo, un pensamiento inquietante se apoderó de ella, eclipsando la emoción de su jugada.
La fotografía.
El mensaje.
«Estamos mucho más cerca de lo que crees».
¿Y si su arriesgado movimiento en el juego era exactamente lo que «ellos» esperaban?
¿Y si, como Julián, ella también estaba siendo conducida a una trampa, una mucho más real y peligrosa?
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